– Me permito señalar a vuestra eminencia que siete civiles italianos murieron junto con nuestros soldados, y algunos de ellos eran niños. Un chico quedó partido en dos a causa de la explosión.
– No me ponga enfermo, mayor. Como si a ustedes les importase. Así es como respetan nuestra situación de ciudad abierta…
– Eso no significa que puedan derribarnos sin una compensación, eminencia.
– ¿Diez a uno? ¿A eso llama «compensación»? -Hohmann abrió los ojos detrás de las gafas y fue como si unas puntas de metal afilado practicasen un par de agujeros en su rostro viejo y ajado.
– Lo único que queremos es que el Osservatore presente unas declaraciones ecuánimes en relación con el ejército.
Hohmann cerró de nuevo los ojos. Aquella mañana, la espléndida luz del sol sólo conseguía acentuar las arrugas de su rostro.
– Dollmann ya ha venido a pedirlo.
– Dollmann es de las SS. El ejército quiere distanciarse de lo ocurrido y por eso debemos asegurarnos de que no habrá críticas abiertas contra nosotros en su prensa. El rencor alienta acciones desaconsejables, que a su vez alientan medidas duras.
– No estoy para sofismas, mayor Bora. Vamos, suéltelo de una vez: ¿qué ofrecen a cambio?
– Retiraremos algunas tropas el miércoles -respondió Bora entre dientes.
– ¿Qué clase de tropas? ¿Aquellas de las que pueden prescindir?
– Nadie es imprescindible a estas alturas.
– ¿Cuántos?
Bora le entregó un papel mecanografiado y Hohmann lo leyó.
– ¿Conque también usted se dedica ahora al chantaje, mayor Bora?
– Tanto usted como yo hacemos lo que es nuestro deber. ¿Tengo la palabra de vuestra eminencia?
Con un gesto de repugnancia Hohmann dejó el papel en su regazo.
– Lo único que tiene es la palabra de un viejo alemán muy abatido. Es vergonzoso que esté usted aquí, y también es una vergüenza que yo le escuche. Esperaba más de mis alumnos. -Cuando Bora golpeó los tacones, Hohmann dejó escapar un profundo suspiro-. Dígame, ¿de qué trataba su tesis al final?
– Se titulaba: «El averroísmo latino y la Inquisición.»
– ¿Y cuál es su postura acerca de la no eternidad del mundo?
– Estoy de acuerdo con Tomás de Aquino, eminencia: Sola fide tenetur .
– No es sólo la fe lo que consigue mantenernos, mayor. -Hohmann le indicó que se retirara con un gesto de la mano-. Me decepciona usted mucho más de lo que puedo expresar.
Bora salió por la puerta ornamentada sin mirar atrás.
Cruzó la sala de espera de la residencia del cardenal, inundada por la brillante luz matinal de Roma, y le dio un vuelco el corazón al ver allí a la señora Murphy. Vestía de negro, y Bora se sorprendió a sí mismo esperando que hubiese enviudado, pero sencillamente llevaba el atuendo requerido para una recepción papal. La mujer le vio y respondió a su saludo con un movimiento de la cabeza. Boraestaba todavía vuelto hacia ella cuando cruzó el umbral y se topó con un grupo de monjas japonesas que esperaban para ver a Hohmann; se deshizo en disculpas, a pesar de que no comprendían una sola palabra de lo que les decía.
27 DE MARZO
Guidi volvió al trabajo el lunes y se enteró de que tres de sus hombres habían sido arrestados por el ejército alemán.
– ¿Quiere decir por las SS? -preguntó a Danza.
– No, por el ejército. El mayor Bora se los llevó.
Guidi telefoneó inmediatamente al ayudante de campo. Cualquier muestra de gratitud estaba tan sepultada en su interior por la indignación y el odio que se limitó a hablar de la liberación de sus hombres.
A cambio, la frialdad de Bora era como el agua de un manantial.
– El día del ataque hubo disparos desde la comisaría. Dieron a mi coche.
– Los hombres estaban desconcertados, como todo el mundo. Bora se dirigió en alemán a alguien, secamente. Luego dijo:
– Me importan un comino sus hombres. De quien tengo que saber algo es de usted.
– ¿Y qué quiere que diga? -Guidi rumiaba su amargura-. Yo nunca le dispararía intencionadamente, mayor. Y ahora suelte a mis hombres.
– ¿Que les suelte? Ya están de camino a Alemania. -Dicho esto, Bora colgó.
28 DE MARZO
El martes, cuando Guidi se dirigía hacia el trabajo, Francesca le preguntó:
– Dime la verdad, ¿dónde estuviste?
Con la excusa de que hacía una mañana soleada, le había esperado en la calle, junto a la puerta. Con la torpeza que el embarazo daba a su figura, parecía un joven apuesto al que hubiesen atado una extraña carga. Guidi deseó sentir menos cosas por ella, porque ella no sentía nada por él y lo sabía. De todos modos, ahora le interrogaba con una expresión vehemente y desengañada en el rostro. Como el inspector no decía nada, Francesca le invitó a caminar hacia piazza Verdi, donde Guidi debía coger el tranvía, y fueron despacio.
– Me he enterado por unos amigos. ¿Cómo conseguiste escapar?
– No puedo decírtelo.
Ella le cogió por la muñeca izquierda.
– ¿Te soltaron o te soltaste tú solo?
Guidi retiró la manga de la camisa con el desgarrón que Bora le había hecho al cortar la cuerda.
– No fue gracias a ninguno de los tuyos. Por lo que sé, no sólo se las arreglaron para matar a cuarenta personas, sino que diez veces más fueron asesinadas como resultado.
– Estás equivocado. Estás muy equivocado. Esto demuestra que no tienes ni idea de cómo luchar contra los alemanes. ¿Cómo sabes lo que funciona y lo que no? -Cuando un hombre se cruzó en su camino, ambos se quedaron callados, y Francesca se volvió para ver si los miraba-. Lo que funciona es matar más alemanes, no menos.
– Entonces espero que la próxima vez quienquiera que sea el responsable dé la cara después, para que lo maten.
– ¿Por qué? ¡Como si los alemanes se quedaran satisfechos matando a una o dos personas!
Guidi tenía tan pocas ganas de hablarle de sus confusos sentimientos como de mentir.
– Mira, entré en tu habitación cuando tú no estabas. Encontré cerca de mil ochocientas liras y quiero saber de dónde proceden y qué planeas hacer con ese dinero. Los vecinos hablan; un solo paso en falso y los Maiuli pueden acabar muertos.
Llegaron a la plaza, donde la fachada de la Casa de la Moneda, iluminada por el sol, brillaba como el telón de fondo de un gigantesco teatro. Francesca se detuvo y se llevó las manos al vientre.
– Tú, yo o los Maiuli no somos nada comparados con lo que está en juego. Ya te lo he dicho, delátame o cierra el pico. Además, ¿cómo sé que los alemanes no te pusieron entre los prisioneros para hacerles hablar?
– No digas tonterías. -Guidi notó que la bilis le subía a la garganta al pensar en Caruso, que le había enviado una tarjeta mecanografiada para felicitarle por haber escapado «a un error de lo más desafortunado, del cual nos ha informado de forma oficiosa el aliado alemán».
– Siempre puedes delatarme a tu amigo el alemán tullido. Si me cuelgan, con el peso adicional de la barriga todo será rápido, ¿verdad? -Francesca hablaba en voz baja, provocadora, y si no hubiese sido por el feo bulto que se interponía entre ellos, nunca habría estado más hermosa.
– Basta, Francesca.
– Debes elegir. Ahora que dices que lo sabes todo de mí, o formas parte de todo esto o nos delatas.
Las palabras de Guidi salieron de su boca sin pensar. -Ninguna de las dos cosas. Me voy.
– Bien. Conozco a alguien que busca alojamiento. Puedo decirle que hay un hueco. Francamente, todo iría mucho mejor si no estuvieras en la casa. Adelante, haz las maletas. Dime cuándo te vas para que pueda llamar a mi amigo.
Guidi se sintió idiota. No tenía ninguna intención de irse. Ahora menos que nunca.
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