Bora se acabó el cigarrillo y se quedó con la colilla entre los dedos, como si no supiera qué hacer con ella.
– ¿Cuánto tiempo cree que llevan muertos?
– La policía dice que seis o siete horas, y el teléfono llevaba descolgado al menos desde las nueve y media, que fue cuando empecé a llamar. Todo apunta a que ella lo mató y luego se suicidó y, dado lo que estaban haciendo, no creo que a nadie le quede ninguna duda de que fue así.
– Vamos, por el amor de Dios. ¡Eso era impropio de él, coronel!
– ¿Y usted cómo lo sabe? ¿Acaso lo sabe? -Dollmann se puso otro cigarrillo entre los labios-. Todos somos como un iceberg en lo que a moral se refiere: sólo asoma la punta, nada más.
– No creo eso del cardenal Hohmann.
Dentro, los policías casi habían terminado su trabajo preliminar. Llegaron unos enfermeros que empezaron a subir las camillas con dificultad por la estrecha escalera. Desoyendo el consejo de Dollmann, Bora les indicó que esperasen abajo y entró de nuevo en la casa de la baronesa Fonseca. Estuvo un rato hablando con los policías (un hombre uniformado que buscaba pistas en el cuarto de baño procurando no pisar unas astillas de cristal, y otro de paisano con una cámara) y, en mitad de la conversación, el SS se unió a ellos de mala gana.
El oficial uniformado decía:
– Dado el flujo de la sangre y la distribución de las manchas, no hay duda de que todo ocurrió aquí, en la cama, y que el anciano sacerdote… -¿se esforzaba por mostrarse discreto, ya que la vestidura púrpura yacía bien visible en la alfombra, junto al lecho, o bien había decidido no sacar conclusiones de ese hecho?- bueno, el anciano sacerdote estaba con ella cuando sucedió. -Era un hombre delgado, con expresión reflexiva y acento lombardo. Miró alrededor y luego añadió-: Si encontramos una nota, tal vez averigüemos el motivo. Según mi experiencia, sin embargo, en los crímenes pasionales puede ocurrir cualquier cosa con poca o ninguna premeditación. La pistola es una Beretta del ejército, de mil novecientos quince, como la que llevaban los oficiales de la Primera Guerra Mundial. Si conseguimos seguirle la pista hasta una de las víctimas, eso podría ayudarnos.
Apartando la vista del cuerpo desnudo que el oficial había vuelto a descubrir, Bora dijo:
– Será mejor que se ponga en contacto de inmediato con el ayudante del subsecretario de Estado Montini. -A continuación se dirigió a Dollmann en alemán-: ¿Cuál será la versión oficial?
Por la cara del coronel se habría dicho que acababa de tomar un brebaje repugnante.
– Probablemente hablarán de enfermedad o trastorno mental y no lo harán público hasta después de Pascua, si pueden. Sería un escándalo tremendo si se destapara ahora, ya que ella era muy querida en los círculos caritativos. La cuestión es que, si la prensa se entera, no habrá forma de detener el alud de lodo.
Los alemanes observaron con expresión adusta a los policías, que llamaron al Vaticano y mencionaron vagamente el espantoso accidente sufrido por un prelado.
– Deje de darle vueltas. Es lo que parece, conque haga el favor de aceptarlo -susurró Dollmann a Bora después, mientras lo conducía fuera del dormitorio. Ya en el rellano, sacó del bolsillo de la pechera un sobre y se lo entregó-. La baronesa escribió una nota de suicidio clara como la luz del día. Estaba en la mesita de noche cuando llegué. Me ocupé de cogerla antes de que llegase la policía, por si pudiera servir. Se lo doy solamente para que no se sienta tentado de buscar una explicación alternativa que, tristemente, no existe.
Bora no leyó la nota hasta que llegó a su hotel. Aunque ya estaba horrorizado por los acontecimientos de aquella noche, su contenido lo empeoraba todo aún más.
Queridísima hermana: el cardenal Hohmann y yo estaremos ya ante el juicio divino cuando recibas estas líneas. Debes saber que he sido la ejecutora material de este acto, pero éste, por terrible que pueda parecer, es menor que la vergüenza que hemos experimentado ante Dios y ante los hombres por los meses en los cuales hemos pecado juntos en secreto.
Ruega por nosotros,
Tu hermana Marina.
Era una bendición que entonces, a las cuatro de la madrugada, sólo le quedara a Bora el tiempo justo para lavarse, cambiarse de uniforme e ir directamente a trabajar.
Después de la reunión de la mañana, el general Westphal hizo un tímido intento de minimizar el asunto.
– En fin -dijo junto a la ventana, tras oír a Bora-, la triste verdad de los hechos. Qué forma de librarnos de nuestro difícil contacto con el Vaticano. Borromeo debe de sentir que se ha apuntado un tanto. -Abajo, los trabajadores colocaban un estrado enfrente del cuartel general para la celebración del concierto de Pascua, un «regalo al pueblo romano»-. ¿Y qué tal llevan los fascistas el interrogatorio de los estudiantes del colegio Nazareno?
Con expresión ceñuda, Bora recogió el correo del general. La visión de los cuerpos en el lecho, a pesar de las muchas muertes que había presenciado, le había puesto físicamente enfermo y tenía fiebre. Pensando en sus últimas y furiosas palabras a Hohmann, respondió distraído:
– Ahora los tiene Kappler.
– Pobre Kappler, parece que nadie aprecia sus esfuerzos de las Fosas. Incluso los adolescentes tienen las agallas de criticarleen clase. -Westphal se volvió hacia él, como si le hiciera gracia el comentario-. Menos mal que al final no se lleva a cabo la deportación de los hombres romanos; se le habrían echado encima todas las amas de casa de la ciudad con el rodillo de amasar en la mano.
Bora había empezado a abrir sobres, y se cortó con el abrecartas. Westphal observó cómo sacaba un pañuelo y laboriosamente intentaba enjugarse la palma.
– Mire, Bora, empiezo a preocuparme por usted. ¿Qué dice Chéjov de los hombres sin mujer?, ¿que se vuelven torpes?
– Dice que se vuelven estúpidos.
– Bueno, usted no lo es. Pero no se implicaría emocionalmente tanto en las cosas si tuviese algo más en qué pensar. Incluso el viejo Hohmann se había buscado a alguien, ¿no? Bien, no se lo crea si no quiere, pero el caso es que tenía una amante y ella le voló la cabeza en la cama. Ah, no hay que preocuparse por la sangre en el suelo; para eso tenemos criadas que limpian.
8 DE ABRIL
El sábado, el cardenal Borromeo accedió a ver a Bora después del bautismo anual de conversos en San Juan de Letrán.
– Si viene usted a llorar al cardenal Hohmann, no espere que yo diga nada más que parce sepulto .
– El no necesitaba perdón -replicó Bora, irritado-. No, eminencia, he venido a confirmar que la retirada de tropas que negocié con el cardenal se ha completado.
Borromeo le miró con ceño.
– Así pues, ¿no quiere hablar de Hohmann? Me sorprende. Aunque el pobre era un poco engreído, lo cierto es que decía cosas buenas de usted de vez en cuando. -Se daba cuenta de que Bora estaba tan apenado que resultaba cruel hablarle de aquella forma. Bebió el café de su tacita como un oso hormiguero en un termitero, a sorbitos-. Sé que ha venido a hablar de él. Siéntese, por el amor de Dios. No entiendo por qué los seglares creen que tienen que andarse con rodeos con nosotros. Yo hablo con toda franqueza. -Tras acabarse el café dejó la taza en el platillo, con la vista clavada en la mano vendada de Bora-. Decir que siento que muriese… ahora resulta irrelevante, ¿verdad? Estarnos sólo de paso y todo eso. Lamento la forma en que ocurrió, cosa que repercutirá negativamente en todos nosotros. Pero todos tenemos nuestros defectos. Qué débil es la carne. Es un extraño hecho fisiológico que el cuerpo del hombre es cada vez más débil del estómago hacia abajo.
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