Bora, que había releído una y otra vez la nota de suicidio de Marina Fonseca buscando en vano mensajes ocultos que diesen una pista sobre su veracidad, había llegado a la triste conclusión de que no había nada que leer entre líneas. Sin embargo, se mantuvo impasible al oír las palabras de Borromeo.
– Es interesante que acepte sin crítica alguna que el cardenal Hohmann murió tal como le han dicho.
– ¿Por qué? ¿Acaso usted no lo cree? Que Dios me libre de la curiosidad por conocer los detalles desagradables, pero la verdad es que he visto el informe policial. Es muy gráfico. Probablemente podrá usted añadir algo, ya que fue de los primeros en llegar al escenario del crimen.
– Cardenal Borromeo, espero que su pesimismo se deba a la consternación que le ha provocado la muerte de Hohmann. Seguramente tuvo usted la oportunidad de apreciar que era un buen hombre.
– Sí, desde luego, desde luego. La pregunta es: ¿cuánto le apreciaba usted?
A pesar de su dolor, Bora se puso en guardia al oír las palabras de Borromeo. La franqueza de Hohmann en las cuestiones políticas había hecho que le relegaran dentro del Vaticano, igual que la suya lo había situado entre el personal de Westphal. Ignoraba cuánto sabían allí. Borromeo le vio removerse incómodo y dijo:
– Algún día ambos expresaremos nuestro aprecio, cada uno a su manera. -Era una afirmación intrigante, pero Borromeo no hizo ningún comentario más-. En cualquier caso, debería ustedsaber que el cardenal Hohmann tenía mucha relación con Marina Fonseca… por asuntos caritativos, desde luego. Se les veía juntos a menudo, últimamente más que nunca.
A pesar de todas las pruebas, Bora estuvo tentado de retirarse, indignado.
– Tenía casi ochenta años. ¿Qué relaciones íntimas podía mantener?
– ¡Ah! Es usted muy ingenuo para ser soldado, además de doctor en filosofía. -De pronto el cardenal soltó una risita-. Hablemos de cosas más ligeras y agradables. Nuestra querida señora Murphy me ha dicho que le vio el otro día.
Bora se sintió de repente aliviado de la tensión del momento. En una reacción puramente física, inefable y grata, sintió un escalofrío al oír el nombre de la mujer y saber que había hablado de él al cardenal. Se cuidó de hacer comentario alguno, pero Borromeo no pensaba dejarle ir sin decir nada. Hizo sonar una campanita y el ubicuo clérigo bajito apareció en el umbral con una segunda bandeja de café.
– Su marido volverá a Roma esta tarde y Nora (una mujer muy culta, que vivió en Florencia de pequeña) tendrá que reducir su trabajo voluntario. El joven Murphy irá en coche a buscar a su padre a la estación.
– ¿En coche? -Bora no pudo reprimir la pregunta-. La señora Murphy es muy joven para tener un hijo adulto.
– La señora Murphy se casó con un viudo. El tiene edad suficiente para tener hijos ya mayores… y no desear más. -Borromeo se bebió la segunda taza de café de la misma forma que la primera, sorbiendo el líquido sin hacer ruido-. Creo que eso a ella le disgusta. Le encantan los niños. -Miró a Bora con expresión cordial-. En fin, todos llevamos nuestra cruz, ¿verdad?
Aquella tarde, Dollmann llamó a Bora a la oficina.
– ¿Ha leído el Unione de hoy, mayor?
– No suelo leer los periódicos comunistas, coronel Dollmann.
– Tendría que leer éste. Lo de su amado profesor ocupa toda la primera plana, junto con una enumeración de las fechorías del Vaticano en el último siglo… ¿Sigue ahí, Bora?
– Sí.
– Me quedé sin habla al verlo. He tratado de averiguar quién filtró la información a un periodicucho clandestino, pero no he conseguido nada. Lo hiciera quien lo hiciese, ya ha saltado la liebre, y ni siquiera el Papa sería capaz de volver a meterla en el saco sin resultar malparado. He oído en las noticias que la hermana de Marina se niega a comentar nada, y hace bien.
El escándalo fue enorme. Aunque la prensa oficial evitó recoger la noticia sin pruebas, cuando llegó el domingo de Pascua ya estaba por todas partes. Bora se encontró con Dollmann en el concierto y le pidió que no tocara el tema aquel día. El SS accedió amablemente y le tendió el ejemplar del Unione .
10 DE ABRIL
El lunes de Pascua, cuando tradicionalmente los romanos iban «fuera de las puertas» para organizar el primer picnic del año, las autoridades alemanas habían prohibido el tráfico civil en las principales carreteras. Así pues, la gente tuvo que comer sus modestos almuerzos en los balcones y los bancos de los jardines de la ciudad todavía no requisados como depósitos de material bélico. Aun así, en el distrito cinematográfico de Cinecittá, donde según Westphal la mayoría de los colegas de Bora tenía a sus amantes, mataron a tres soldados alemanes. Enviaron a Bora a investigar v hacer algunas recomendaciones.
Kappler ya estaba allí. Bora le saludó animosamente y estuvo de acuerdo en que la deportación de los hombres del barrio era la única solución.
– Y procure ponerlos a trabajar. No supone ninguna ventaja mantenerlos apiñados en las celdas.
– Pero necesitaremos mucho personal para vigilarlos mientras trabajan.
– Entonces ordéneles que les disparen sin previo aviso. Los labios de Kappler casi desaparecieron.
– Me decepciona usted, Bora.
– Francamente, coronel, el sentimiento es mutuo. Pensaba que los suyos trabajarían mejor bajo presión.
– A mis hombres les dolió verle llegar como lo hizo. Es imperdonable. Nunca más podré volver a confiar en usted.
– No puedo hacer nada al respecto.
Desde Cinecittà, aunque tenía que dar un rodeo bastante largo para volver a su despacho, Bora fue hasta Cassia. Allí, ante una casa moderna y rodeada de pinos con un jardín cerrado, llamó al timbre y tendió a la doncella su tarjeta de visita, en la que había escrito: «Un antiguo alumno de su eminencia.»
Al cabo de unos minutos la criada regresó sin la tarjeta y le informó de que la baronesa Gemma Fonseca no deseaba ver a nadie en aquellos momentos. Bora no tuvo más remedio que aceptar la negativa, y el único consuelo que se concedió fue volver conduciendo lentamente junto al serpenteante curso septentrional del Tíber.
El agua, amarillenta por el cieno, corría entre unos campos verdes y llenos de flores, cortejados por las golondrinas. El aire proporcionaba un bienestar cálido y sensual, que su cuerpo ansiaba, de modo que detuvo el coche antes de llegar a puente Salario y se sentó fuera para respirar el limpio aire primaveral. Y sintió -mejor dicho, supo- que las cosas irían mucho mejor si se permitía enamorarse de la señora Murphy.
Después del trabajo, como no quería ver las caras de siempre en su hotel, fue a casa de donna Maria. La vieja dama le habló en dialecto.
– Marti, se me vojono magna' igatti -dijo con tono preocupado-. No puedo dejarlos salir, pobres criaturas, porque los echan en el cocido. Ayer perdí a Pallino .
Bora se inclinó para acariciar a uno de los tres supervivientes de donna Maria. Durante años los gatos habían sido parte integrante de la casa y los viejos eran reemplazados por otros nuevos, de modo que aquélla era la segunda generación.
– Pallino confiaba en todo el mundo -explicaba ella-, y ése es el problema. Tendría que haberle enseñado mejor.
Entre ellos, sobre una mesa baja, había un ejemplar doblado del Osservatore , que difundía las primeras noticias oficiales de la muerte de Hohmann en un artículo bien escrito. Era un intento tardío e inútil de frenar el escándalo. Bora, que ya lo había leído, le echó un vistazo con aire taciturno.
– No nos ahorrarán nada, ¿eh? -añadió ella dejando a un lado su labor de encaje.
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