– Gracias a Dios, el cardenal Borromeo es un buen amigo y un excelente guía turístico. Si no fuera por él, mi mujer me obligaría a ver sólo cosas culturales, desde el capitel de una columna hasta una representación operística. En fin. ¿Y usted qué hace en la vida real, mayor Martin Bora?
«Cuántas cosas tenemos en común ella y yo», pensó el alemán. Respondió con frialdad:
– No cuelgo tesis religiosas en las puertas de las catedrales.
En el hospital, Bora no esperaba encontrarse con Treib, el médico de Aprilia de rostro cansado, quien, habiéndole reconocido al verlo desde su despacho, salió al vestíbulo para saludarlo.
– Así que volvió entero, mayor -dijo-. Sí, nos retiramos de allí también, con los prisioneros supervivientes y todo. Me alegro de estar en un sitio donde hay algodón suficiente para taponar heridas. ¿Ve esto? -Le enseñó una cicatriz de bala en la mano-. Estuvieron a punto de hacernos prisioneros a mí y a dos enfermeros cerca de Albano.
– No me diga. ¿Quién fue?
– La resistencia, supongo… bueno, no llevaban uniformes. Nos libramos por los pelos y dos americanos que tenían heridas leves consiguieron acabar con ellos. ¿Qué tal la pierna?
– Bien. Estoy aquí por otro motivo. -Bora se puso muy serio- Tengo que hacerme una prueba de Wassermann.
Treib le miró con expresión también seria.
– ¿El primer análisis fue negativo?
– Sí.
– Bien, vamos a ver.
Después el médico le entregó el resultado en la sala de espera, donde Bora llevaba una hora, sentado o paseándose arriba y abajo.
– Felicidades. La prueba de Wassermann también es negativa. La repetiremos dentro de dos semanas para estar completamente seguros. Parece que no ha cogido nada. Ha tenido mucha suerte, las mujeres están fatal. ¿Puedo recomendarle que tome precauciones si frecuenta a las prostitutas?
– No lo hago -repuso Bora secamente.
Los ojos soñolientos de Treib fijaron la mirada en la alianza de matrimonio de Bora.
– Entonces, ¿quién era la mujer?
– Probablemente una prostituta que encontré en el hotel. Si no le hubiese pagado, ella habría aparecido y yo sabría quién es. Fue la noche siguiente al lío de las Fosas, yo no pensaba en nada. Y ya no estoy casado. -Bora creyó necesario señalarlo-. Pero quiero ser capaz de tener hijos en el futuro próximo.
– ¿Le gustaría echar un vistazo a alguna muestra de sangre infectada?
– No, gracias.
– Es muy interesante ver cómo se mueven esos bichitos del demonio.
– Me lo imagino, capitán.
16 DE ABRIL
– He considerado que debía disculparme por negarme a recibirle. Estos últimos días han sido muy duros y todavía intento evitar que mi madre se entere de lo que le ocurrió a Marina.
Por su edad y aspecto, Gemma Fonseca recordaba a su hermana. Rubia, de ojos grises. La discreta elegancia de su casa (un interior art déco de líneas suaves y lacadas) era muy parecida a la que irradiaba su persona, pero faltaba algo de chispa en ambas y había una severidad monjil en su semblante cuando le invitó a entrar.
– Debería haber sabido por lo que escribió en su tarjeta que sus intenciones eran buenas. ¿En qué puedo ayudarle?
Bora se quitó la gorra, que la criada se llevó después de hacer una reverencia. El le informó de su pesar al conocer los acontecimientos, aunque la mañana de domingo era tan resplandeciente que todo dentro y fuera de él invitaba a hablar de temas más alegres.
– Mi respeto por el cardenal me ha traído aquí -concluyó-. Podría decirse que era mi padre espiritual, de modo que es especialmente doloroso para mí enfrentarme a estos hechos.
Enmarcada por los ángulos de la puerta del salón, la mujer lo miró como preguntándose hasta qué punto podía confiar en él. La piel de sus mejillas, delicada, casi frágil, se tensaba sobre los huesos, y sus muñecas eran muy delgadas, con venas azules. Tenía un ligero estrabismo en el ojo izquierdo, que se desviaba un poco, lo suficiente para que su mirada resultase extrañamente fija, como la de un icono. Todo su cuerpo parecía sustentarse por pura fuerza de voluntad u orgullo.
– Gracias por sus condolencias. Marina y yo estábamos muy unidas.
Su tensión era tanta que Bora deseó que se sentase y se relajase.
– La falta de una autopsia completa no facilitará las cosas -dijo él con cautela para evaluar a la mujer.
Era evidente que Gemma Fonseca se sentía tentada de tomar asiento, pero no lo hizo.
– ¿Por qué?
– Porque confirma el motivo aparente de las muertes.
De inmediato, en el rostro sin maquillar de la mujer apareció una expresión desesperada, casi frenética. Buscó con la mano el sofá y se sentó en una esquina. Sólo la rigidez de sus hombros daba la apariencia de control. Empezó a llorar sin bajar la cabeza, con las manos entrelazadas en el regazo.
– Esperaba que dijera eso, mayor. Le agradezco que lo haya dicho.
«Si las monjas lloran, lloran como ella. Como un cielo que llueve y se limpia a sí mismo.» Bora, sentado frente a ella, no se sintió violento por su reacción, porque era silenciosa y carente de rabia.
– Espero que pueda ofrecerme pistas contrarias a lo que todo apunta y yo no creo.
– No sé si puedo. Hasta hoy he eludido a las autoridades, pero tendré que responder a sus preguntas tarde o temprano.
Bora tenía la nota de suicidio en el bolsillo, pero se abstuvo de mencionarla. En cambio, inquirió:
– ¿Sería tan amable de enseñarme alguna muestra de la caligrafía de su hermana?
Pensara lo que pensase de aquella petición, sin hacer ninguna pregunta Gemma cogió una elegante caja de plata que había en la mesita baja, sacó un sobre azul pálido y se lo tendió.
– La envió el viernes por la mañana y llegó a la mañana siguiente de su muerte.
Era el mismo papel fino de la nota de suicidio, y con un breve examen del contenido -una amable e inocua carta familiar- vio que estaba escrita por la misma mano. Se transparentara o no su profunda decepción, el caso es que Gemma Fonseca finalmente preguntó:
– ¿Me dirá la razón de su petición, mayor?
– Con su permiso, ahora no. -Conocía bien las altas letras mayúsculas, los rasgos redondeados, la ligera inclinación hacia abajo de las lineas, ya que había examinado a fondo la nota en los días pasados. Sin embargo, preguntó-: ¿Puedo quedármela?
– Si lo desea. Como ve, no hace referencia a problemas de ninguna clase. Aunque nunca vivimos a más de cincuenta kilómetros de distancia la una de la otra, Marina y yo nos escribíamos cada semana. Era una costumbre que empezamos de adolescentes y desde entonces la mantuvimos, incluso durante su matrimonio.
«Dollmann tiene razón, y Borromeo también. Debo aceptar lo ocurrido.» Bora miró más allá de la acongojada figura de Gemma, hacia una iluminada puerta de aluminio y cristal.
– ¿Conserva usted todas sus cartas?
– Lo hacía, mayor, pero previendo la posibilidad de que la policía me las pidiera he eliminado unas cuantas, por el único motivo de que eran privadas y no estaban destinadas a otros ojos que los míos. Quiero que lo sepa.
Bora no solía sentirse derrotado, pero en aquel momento fue como si todos los implicados en aquel sórdido asunto (Hohmann, Borromeo, las hermanas) le hubiesen traicionado y no pudiese confiar en nada ni en nadie. Gemma Fonseca debió de notar su disgusto.
– Estuve a punto de destruirlas todas, pero las guardo como un tesoro. De no haber recibido su visita hoy, probablemente lo habría hecho.
«Sí, y habría sido lo más sensato», pensó Bora, y a continuación habló automáticamente, porque al fin y al cabo había ido allí con un objetivo concreto.
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