25 DE MARZO
Cuando llegó en su coche al lugar donde se oficiaba el funeral, un teniente de las SS intentó impedir que bajase. Bora lo empujó con la portezuela para poder salir y el teniente lo acorraló contra el vehículo.
– ¿Cómo se atreve a presentarse aquí después de lo de ayer? -Era un hombre muy joven y estaba furioso, tenía los ojos enrojecidos por el llanto, la fatiga o ambas cosas, y lo único que permitió a Bora deducir que no había participado en las ejecuciones fue que su aliento no olía a alcohol.
– Hágame el favor. -Bora le dio un codazo y subió a la acera. Al notar que le retenían por la manga montó en cólera. Empujó al SS y notó que volvía a agarrarlo.
Sutor le miraba desde las escaleras de la iglesia. Los parientes de los soldados muertos, que habían viajado en avión desde el Tirol, también observaban la escena. Bora apartó de un empellón al teniente, lo que habría provocado sin duda un incidente de no haber aparecido Dollmann, con su expresión sarcástica, como una quilla apuntando directamente hacia el tumulto.
– Venga, Bora -dijo desde los escalones levantando el guante que sostenía en la mano-. ¿Entra?
A regañadientes, el teniente dio un paso atrás. Bora se acercó al coronel, que lo precedió hacia el interior.
– Empiezo a pensar que ha perdido la patita por acercarse demasiado al tarro de la manteca, mayor, como el gato del refrán italiano.
– Si ése fuera el caso, ya sabe que es manteca humana a la que este gato se ha acercado demasiado.
– Chist. No se ponga impertinente. Ya tengo bastantes problemas. Está usted fatal.
– No lo sabe bien, coronel.
– He oído el informe de Kappler. Es mejor que lo dejemos correr. ¿Adónde ha llevado a Guidi?
Bora se lo dijo. Dollmann asintió.
– Quédese en Roma. Yo iré a buscarlo. Después de todo, nos conocimos en la fiesta, de modo que no creo que se asuste al ver el uniforme.
Durante el funeral, Bora deseó poder llorar por puro cansancio emocional. Se mantuvo alejado de los SS, que formaban un grupo apesadumbrado y tenían los ojos enrojecidos. No podía bajar la guardia porque suponía que habría nuevas provocaciones al final de la ceremonia. Su pena estaba provocada por un conjunto de pérdidas, tanto personales como compartidas. Todos los dolores y muertes eran un reflejo de su propio dolor; nunca acabarían. Le sobrecogía pensar en los cuerpos destrozados dentro de los ataúdes, en el aspecto que debían de tener ahora las montañas de asesinados en las Fosas. En presencia de aquellos que habían llevado a cabo la matanza, le atravesó un frío como si fuese el de su propia muerte.
Cuando salió, no hubo incidentes. Los SS se limitaron a seguir su camino y él se dirigió a su despacho.
De vuelta de Soratte, Westphal se despidió de él temprano. Bora fue a su hotel, donde durmió hasta las ocho de la noche. Entonces se lavó los dientes, se afeitó, se puso un uniforme limpio y bajó a emborracharse.
En cuanto a Guidi, llegó al portal de su casa a pie, ya que Dollmann, por discreción, le había dejado en la esquina. Dio la casualidad de que no había nadie en el apartamento. Fue a su habitación y se tumbó en la cama. Sin pensar, obligando a su mente a quedarse en blanco, como si hubiese extraído un fragmento a modo de autodefensa, el fragmento que contenía las horas transcurridas entre su arresto y el momento en que había subido al coche de Bora, aparcado en la oscura quietud de aquella noche preñada de muerte.
Durmió durante horas, como había hecho en la casa de campo adonde Bora lo había llevado. Se despertó en mitad de la noche, todavía demasiado aturdido para sentir hambre, sed o cualquier otra necesidad física, ya que todo su organismo estaba celosamente cerrado. En la oscuridad de la habitación, las palabras que había pronunciado ante la advertencia de Dollmann volvieron a él, pero recordaba la escena como si otra persona hubiese representado su papel.
– ¿Acaso espera que no hable?
El coronel de las SS no se había inmutado.
– Espero que pague la deuda que tiene con los vivos. A los muertos no les importa un comino ni usted, ni yo, ni lo que hagamos.
Luego volvió a dormirse.
Por la mañana, la noticia de su regreso se propagó deprisa. Al cabo de unos minutos todos los inquilinos salieron a sus puertas y en el salón de los Maiuli se apiñó una multitud que amenazaba con derribar a los santos en sus urnas de cristal. Las preguntas manaban como el agua de un grifo y, ante aquel torrente, Guidi se limitaba a decir que le habían detenido por error después del «accidente» del que todos habían oído hablar. Todo el mundo deseaba felicitarle. Sólo faltaba Francesca, que había salido con unos amigos. Los comentarios se sucedían.
– Dicen que el Papa pidió a las SS que no lo hicieran. -El portero cree que mataron a su primo.
Pompilia Marasca se puso muy cerca de Guidi, casi metiéndole los pechos bajo la nariz.
– ¿Sabe lo que les ocurrió a los otros prisioneros? ¡Los alemanes se los llevaron y los ataron dentro de una tumba romana y los quemaron vivos! ¡A centenares!
Guidi intentó tragar saliva, pero no podía. Levantó los brazos para apartar a la mujer y a los demás bienintencionados y salió tosiendo del salón, como si se ahogara. Después de escupir en el pañuelo que tenía junto a la cama, por fin pudo respirar, pero no volvió con los demás. Se miró al espejo y eso le proporcionó un consuelo cobarde, hasta que su rostro se tornó borroso: un hombre corriente al que, entre centenares, se le había concedido vivir.
26 DE MARZO
Cuando Bora se incorporó en la cama, la cabeza le daba vueltas. Los rincones de la habitación eran como un balancín allí donde la luz se colaba por la ventana, cegadora, aunque era muy temprano. Se apoyó sobre los codos e intentó estabilizar la vista, si no el resto del mundo.
Al menos estaba en su dormitorio, fuera lo que fuese lo que había ocurrido antes. Lo último que recordaba era que había pedido ginebra inglesa, y mucha. Por fin consiguió sentarse, aunque tuvo que protegerse los ojos de la luz que entraba en la habitación. Las percepciones asomaban a la superficie como boyas que alguien hubiese mantenido a la fuerza debajo del agua: emergían y flotaban. En realidad no recordaba nada.
No acostumbraba dormir desnudo, pero lo estaba. Y había perfume en la habitación, en la almohada. Las náuseas y un fuerte dolor de cabeza lo obligaron a tumbarse de nuevo. Perfume barato. En el colchón había algo que se le clavaba en el omóplato. Cogió una horquilla de mujer. Abrió los ojos de par en par y se quedó un rato mirando el techo, que oscilaba hacia delante y hacia atrás. No tenía la menor idea de quién era la persona a la que se había llevado a la cama la noche anterior. Por una vez había sido incapaz de mantener la cordura y el control. Se incorporó de nuevo apoyándose en los codos. Mirando alrededor comprobó que no había prueba alguna de que hubiese usado un preservativo y pensó que debía de estar muy borracho. Buscó en el cajón de la mesita de noche que había a la derecha, donde guardaba un paquete cerrado…como si no se viera ya, por el estado de la cama, que no había usado ninguno.
Una cosa era sentarse en el borde de la cama con los pies en el suelo y otra levantarse para llegar al cuarto de baño. Las puertas se bamboleaban tanto como las paredes. Bora consiguió inclinarse sobre la bañera y llenarla. Había agua y estaba caliente. Se sentó dentro. Sabía que empezaría a preocuparse en cuanto se despejara lo suficiente para recordar que aquél no era el lugar ni el momento adecuados para tener relaciones sexuales sin protección.
El cardenal Hohmann, pálido y con los ojos cerrados como un muerto, se negaba a escuchar lo que Bora le contaba. Nadie había hecho nunca nada semejante. Nunca. Y nada menos que a la sombra de la tumba de Pedro y Pablo. Podía retirarse. Fuera, fuera. No había mensaje alguno para el general Westphal y el ayudante de campo debía irse. Sin embargo Bora, todavía con su resaca a cuestas, no estaba dispuesto a marcharse.
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