Array Array - Lituma en los Andes

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Lituma en los Andes: краткое содержание, описание и аннотация

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— A éstos no creo que los hayan matado, Tomasito–comentó por fin Lituma-. Se los habrán llevado, más bien, a su milicia. A lo mejor hasta los tres eran terrucos. ¿Acaso Sendero desaparece a la gente? La mata, nomás, y deja sus carteles para que se sepa.

— ¿Pedrito Tinoco un terrorista? No, pues, mi cabo, eso se lo garantizo–dijo el guardia-. Quiere decir que Sendero ya está tocándonos la puerta. A nosotros los terrucos no nos van a enrolar en su milicia. Nos harán picadillo, más bien. A veces pienso si a usted y a mí no nos han mandado aquí al puro sacrificio.

— Basta de hacernos mala sangre–se incorporó Lituma-. Prepárate un café, para este tiempo de mierda. Después nos ocuparemos del fulano. ¿Cómo se llama este último?

— Demetrio Chanca, mi cabo. Capataz de barreneros.

— ¿No dicen que a la tercera es la vencida? A lo mejor, gracias a éste resolvemos el misterio de los tres.

El guardia fue a descolgar las tazas de latón y a encender el primus.

— Cuando el teniente Pancorvo me dijo allá en Andahuaylas que me destinaban a este fin del mundo, pensé «Qué bien, en Naccos los terrucos acabarán contigo, Carreñito, y cuanto antes, mejor» — murmuró Tomás-. Estaba cansado de la vida. Por lo menos, eso era lo que creía, mi cabo. Pero, teniendo en cuenta el miedo que siento ahora, está visto que no me gustaría morir.

— Sólo un cojudo quiere irse antes de que le toque–afirmó Lituma-. Hay en la vida cosas bestiales, aunque no se encuentren por esta vecindad. ¿De veras querías morir? ¿Se puede saber por qué, siendo tan joven?

— Por qué iba a ser, pues–se rió el guardia, colocando la tetera sobre la llamita rojiazul del primus.

Era un muchacho flaco y huesudo, pero fortachón, con unos ojos hondos y vivos, una piel cetrina y unos dientes blancos y protuberantes, a los que, en sus noches de desvelo, Lituma veía brillar en la oscuridad de la choza.

— Tendrías penas de amor por alguna hembrita–aventuró el cabo, relamiéndose.

— Por quién va a tener uno penas de amor si no–se enterneció Tomasito-. Y, además, póngase orgulloso, ella era también piurana.

— Una paisanita–aprobó Lituma, sonriendo-. Nada menos.

A la petite Michèle la altura le sentaba mal–se había quejado de una presión en las sienes semejante a la que le producían esas películas de terror que le encantaban, y de un malestar general e indeterminado–pero, a pesar de ello, estaba impresionada con la desolación y la crudeza del paisaje. Albert, en cambio, se sentía magníficamente bien. Como si se hubiera pasado la vida a tres o cuatro mil metros de altura, entre esas cumbres filudas manchadas de nieve y los rebaños de llamas que, de tanto en tanto, cruzaban la trocha. El zangoloteo del viejo ómnibus era tal que a ratos parecía desmoronarse en esos baches, en esos huecos, en esas piedras que salían a desafiar su ruinosa carrocería a cada instante. Eran los únicos extranjeros, pero a sus compañeros de viaje la parejita de franceses no parecía llamarles la atención. Ni siquiera cuando los oían hablar en una lengua extranjera se volvían a mirarlos. Iban envueltos en chalinas, ponchos y uno que otro chullo, arropados para la noche ya inminente, y cargados de atados, paquetes y maletas de hojalata. Hasta gallinas cacareantes traía consigo una señora. Pero ni la incomodidad del asiento, ni el zamaqueo ni la apretura importaban lo más mínimo a Albert y a la petite Michèle.

— Ça va mieux? — preguntó él.

— Oui, un peu mieux.

Y, un momento después, la petite Michèle dijo en voz alta lo que Albert también pensaba: él había tenido razón, cuando discutieron en la pensión El Milagro, de Lima, sobre si hacer el viaje al Cusco por tierra o en avión. Ella se había empeñado en el avión, por los consejos del señor de la embajada, pero él insistió tanto en el ómnibus que la petite Michèle cedió. No lo lamentaba, al contrario. Hubiera sido una lástima perderse esto.

— Claro que hubiera sido–exclamó Albert, señalando a través del cristal estriado de la ventanilla-. ¿No es formidable?

El sol se estaba ocultando y había una suntuosa cola de pavorreal en el horizonte. Una larga meseta verdioscura, sin árboles, sin viviendas, sin gente ni animales, se extendía a su izquierda, animada por brillos acuosos, como si entre los mechones de paja amarillenta hubiera riachuelos o lagunas. A su derecha, en cambio, se levantaba una hirsuta geografía perpendicular de enhies tasrocas, abismos y quebradas.

— Así debe de ser el Tíbet–murmuró la petite Michèle.

— Te aseguro que esto es más interesante que el Tíbet–repuso Albert-. Te lo anticipé: Le Pérou , ça vaux le Pérou!

Delante del viejo ómnibus era ya de noche y había comenzado a enfriar. Brillaban algunas estrellas en el cielo azul añil.

— Brrr… — se encogió la petite Michèle-. Ahora entiendo por qué viajan todos tan abrigados. Cómo ,cambia el clima, en los Andes. En la mañana un calor que ahoga y, en la noche, hielo.

— Este viaje será lo más importante que nos pasará en la vida, ya verás–dijo Albert.

Alguien había prendido una radio y, luego de una cadena de tartamudeos metálicos, irrumpió una música triste, monótona.

— Charangos y quenas–reconoció Albert-. En Cusco compraremos una quena. Y aprenderemos a bailar los huaynos.

— Daremos una función de gala, allá en el colegio–fantaseó la petite Michèle-. La nuit péruvienne ! Vendrá le tout Cognac.

— Si quieres dormir un poco, seré tu almohada–le propuso Albert.

— Nunca te he visto tan contento–le sonrió ella.

— Es el sueño de dos años–asintió él-. Ahorrando, leyendo sobre los incas y el Perú. Imaginando esto.

— Y no te has decepcionado–se rió su compañera-. Bueno, yo tampoco. Te agradezco que me animaras a venir. Creo que la coramina glucosa ha hecho su efecto. Me molesta menos la altura y respiro mejor.

Un momento después, Albert la sintió bostezar. Le pasó el brazo sobre los hombros y la hizo apoyar su cabeza en él. Al poco rato, a pesar de los barquinazos y brincos del vehículo, la petite Michèle dormía. Él sabia que no iba a pegar los ojos. Estaba demasiado anhelante, demasiado ávido de retenerlo todo en la memoria para recordarlo después, escribirlo en el diario que borroneaba cada noche desde que tomaron el tren en la estación de Cognac, y, más tarde, contárselo todo, con lujo de detalles y alguna que otra exageración, a los copains. A sus alumnos de la escuela les haría una clase con diapositivas, prestándose el proyector del padre de Michèle. Le Pérou! Ahí estaba: inmenso, misterioso, verdegrís, pobrísimo, riquísimo, antiguo, hermético. Era este paisaje lunar y las caras cobrizas, desabridas, de las mujeres y hombres que los rodeaban. Impenetrables, la verdad. Muy diferentes de las que habían visto en Lima, caras de blancos, de negros, de mestizos, con los que, mal que mal, podían comunicarse. Pero de la gente de la sierra lo separaba algo infranqueable. Varias veces había intentado conversar en su mal español con sus vecinos, sin el menor éxito. «No nos distancia una raza sino una cultura», le recordaba la petite Michèle. Éstos eran los verdaderos descendientes de los incas, no la gente de Lima; sus antepasados habían subido hasta los nidos de águila de Machu Picchu esas gigantescas piedras del santuario–fortaleza que, dentro de tres días, él y su amiga iban a recorrer.

Era de noche ya y, pese a su voluntad de seguir despierto, sintió que lo ganaba un dulce vértigo. «Si me duermo, se me va a torcer el cuello», pensó. Ocupaban el tercer asiento de la derecha y, ya hundiéndose en el sueño, Albert escuchó que el chofer se ponía a silbar. Luego, le pareció que nadaba en agua fría. Estrellas fugaces caían en la inmensidad del altiplano. Estaba feliz, aunque lamentaba que le afearan el espectáculo, como un lunar con pelos en una cara bonita, ese dolor en el cuello y la angustia por no poder apoyar la cabeza en algo blando. De pronto, lo sacudían con brusquedad.

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