Almudena Grandes - EL CORAZÓN HELADO
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naranjos y de los olivos, del olor del mar y de los barcos del puerto, de las tapias encaladas y de las casas blancas, de las ventanas florecidas y la sombra de las parras, del oro del aceite, de la plata de las sardinas, de los sutiles misterios del azafrán y de la canela, de su propio idioma y del color, del [33] sol, de la luz, del azul, porque para ellos volver no era regresar a casa, porque sólo se podía volver a España, aunque nadie se atreviera nunca a decir esa palabra.
Por eso, cuando llegaban a París, los padres de papá, los que no volvían, les invitaban a cenar, y la abuela Anita les hacía muchas preguntas, contádmelo todo, dónde habéis estado, qué habéis comido, cómo está el país, qué dice la gente, qué música escuchan, ¿hacía mucho calor?, ¿había muchos turistas?, ¿lo habéis pasado bien?, ¿y los precios, cómo están?, ¿me habéis traído lo que os encargué? Sí, se lo habían traído, una caja enorme llena de pimentón dulce y picante, de latas de atún y de anchoas, de ñoras y de guindillas, de ajos morados, de orzas de lomo, de queso manchego, y un jamón entero, y chorizos de Salamanca, y morcillas de Burgos, y judías blancas, y garbanzos, y tocino, y dos garrafas inmensas de aceite de oliva que siempre compraban a la vuelta, en un pueblo de Jaén. Qué bien, decía ella entonces, qué bien, y se le llenaban los ojos de lágrimas, y berenjenas, os habéis acordado, qué alegría, y qué hermosas son, aquí no se encuentran así, claro, como no saben hacerlas… Por supuesto que saben, Anita, la cortaba entonces el abuelo Ignacio, por supuesto que saben. Lo único que pasa es que no las hacen como a ti te gusta. Bueno, pues eso, aceptaba ella, y luego, con un poco de miedo porque le quería mucho, los dos le querían mucho, se quedaba mirando a mamá y le preguntaba, y tu padre, ¿qué tal está? Pues bien, contestaba ella, muy bien, la verdad, es increíble, parece que el cambio le ha sentado estupendamente, a lo mejor es el clima o… , bueno, ya sabes. La abuela asentía con la cabeza y concluía al final, claro está, para que su marido se volviera a mirarla como si acabara de pincharle con una aguja muy larga, un arma certera, dolorosa, afilada. Eso es una tontería, Anita, una tontería. Y no vuelvas a decirlo porque no tengo ganas de volver a escucharlo.
Después, la abuela se encerraba en la cocina y se tiraba tres días guisando, preparando la fiesta de todos los segundos fines de semana de septiembre, cuando su marido y ella invitaban a cenar a todos sus amigos españoles y a algunos franceses que disfrutaban igual de la comida, menos su yerno, Hervé, el marido de la tía Olga, que era encantador, muy simpático, muy buena persona, muy progresista pero muy normando, tanto que decía que el aceite de oliva le sentaba fatal. La abuela se ofendía muchísimo, aunque siempre preparaba algo especial para él, una ensalada de endibias con nueces picadas y el aliño de queso azul que más le gustaba, menuda porquería, ya ves, decía entre dientes, o cualquier carne guisada con mantequilla, el menú alternativo que cada año pesaba más, porque cada año había más franceses y menos españoles [34] en la fiesta anual de los abuelos. El verbo volver aceleraba sus tiempos, se desplazaba deprisa desde el futuro hasta el presente, iba conquistando el pasado por un camino inverso pero constante que no les llevaba hacia atrás, sino adelante. Después de tantos años de inmovilidad, el perpetuo letargo de una siesta dormida en cueva ajena, todo había empezado a cambiar muy deprisa para
ellos, los españoles. Raquel era pequeña, pero se daba cuenta. Se vuelven, se vuelven, se vuelven, se vuelven, ya se han vuelto.
Nos volvemos, dijo también su padre, y aunque él había nacido en Toulouse, y su mujer en Nimes, no podría haber utilizado otro verbo, decirlo de otra manera. Nosotros también nos volvemos. Era septiembre del 75, habían pasado el mes de agosto en Torre del Mar, y su padre había encontrado trabajo en España, no en Málaga, la ciudad del abuelo Aurelio, sino en Madrid, la ciudad del abuelo Ignacio. Me voy la semana que viene, papá, yo solo. Los demás se quedan hasta Navidad, mientras encuentro un piso, y le busco un colegio a la niña y eso. Como Raquel se queda sola con los críos y el trabajo le pilla tan lejos, y mamá va todos los días a Aubervilliers a trabajar, en cambio, he pensado que, si no os importa, se podrían quedar con vosotros estos meses, y así tampoco tendríamos que esperar hasta el final para hacer la mudanza, porque a ti no te importa dejar a los niños en el cole y recogerlos luego, ¿verdad, mamá…?
Su hermano Mateo era todavía tan pequeño que nunca tendría recuerdos de París, pero ella había cumplido ya seis años, y empezó a echarlo todo de menos antes de tiempo.
—Pero, vamos a ver… , ¿por qué no te quieres ir? —la abuela Anita picaba las nueces para la ensalada del tío Hervé y vigilaba con gesto preocupado el silencio huraño de su nieta—. Ya verás lo bien que vais a estar en Madrid, y por el colegio no te preocupes. ¿No te acuerdas de cómo lloraste cuando te conté que ya no ibas a volver a mi guardería? ¿Y qué? Pues nada. Encontraste a Mademoiselle Frangoise, que era tan simpática, y enseguida hiciste un montón de amigos. Pues en España igual, o mejor, porque es tu país, nuestro país. Nosotros somos españoles, ya lo sabes.
Yo no, estuvo a punto de responder ella, vosotros sí pero yo no, yo soy parisina, nací aquí y no me quiero ir, me da miedo irme, dejar a mis amigos, mi colegio, mi barrio, mi casa, el autobús, las calles, los programas de la televisión. Eso pensó, y si se conformó con una queja más modesta no fue porque sus seis años no le consintieran formular sus sentimientos con precisión, sino porque ya sabía, siempre había sabido, que en aquella casa estaba prohibido decir eso en voz alta. [35]
—Si por lo menos fuéramos a Málaga. Allí están los abuelos, y lo conozco de ir en verano.
—¿Y qué? Tu abuelo Ignacio es de Madrid. Pídele que te cuente, anda. Yo no he estado nunca allí y me la sé de memoria…
—¿Y por qué no os venís con nosotros, abuela?
—Pues porque unos llevan la fama y otros cardan la lana, por eso mismo —terminó de picar las nueces, las echó en un cuenco, lavó el cuchillo, lo secó, puso los brazos en jarras y se la quedó mirando—. Porque a tu abuelo no le da la gana, porque es el hombre más cabezón que hay en el mundo, y eso que yo soy aragonesa, ¿eh?, terca como una mula, eso es lo que dice, pero no, el terco es él, y que no, que no, que no, y que no. Cuando quisieron darle la nacionalidad francesa, no la quiso él, cuando pudimos empezar a ahorrar, se negó a comprarse un piso, y ya ves, tu abuelo Aurelio, el negocio que hizo, que con lo que le dieron por la casa de Villeneuve, con lo pequeñísima que era y todo lo que le faltaba por pagar, se compró la de Torre del Mar y le sobró dinero. Pero tu abuelo Ignacio no, él no, él, ¿de qué? Él
tiene que ser siempre el que más… narices tenga. ¿Y para qué, digo yo, para qué? Pues para nada. ¿Dónde está tu abuelo Aurelio, el que tuvo la debilidad de echar raíces en Francia? En España. ¿Dónde está tu abuelo Ignacio, el que se niega a invertir un céntimo en un país donde está de paso? En Francia. Aquí estamos y aquí seguiremos. Nos volveremos los últimos, mira lo que te digo, los últimos.
—Pero a ti te gustaría…
—Claro que me gustaría —la abuela sonrió, se sentó en una silla, la cogió en brazos—. Si me hubiera casado con un francés, como Olga, pues no, pero… Me casé con tu abuelo, tuve esa suerte, porque hemos sido muy felices pero siempre en español, hablando en español, cantando en español, criando hijos españoles, con amigos españoles, comida española, costumbres españolas, comiendo tarde y cenando más tarde todavía, trasnochando y durmiendo la siesta… Aprendí a guisar igual que mi suegra, cocido los sábados, paella los domingos, lo he seguido haciendo todos estos años, y mira que la quería, ¿eh?, que la quise como si fuera mi madre, igual que a mi madre, porque eso fue para mí cuando nació tu padre y ni siquiera sabíamos dónde estaba Ignacio, si estaba vivo o muerto, y yo era soltera y todo eso. En aquella época lo pasamos muy mal, pero todo era lógico, tenía sentido, y sin embargo, ahora… Ahora ya no sé qué hacemos aquí, qué vamos a hacer aquí, sobre todo cuando os volváis vosotros. Si fuera por mí, ya estaríamos en Madrid.
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