Array Array - La sombra del Águila

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O sea, que nos caen encima doscientos y pico jinetes cosacos haciendo molinetes con los sables y las lanzas, y el capitán García se da cuenta de que no hay espacio para formar el cuadro. Entonces nos ordena hacer fuego por secciones porque aquí no hay tovarich que valga, hijos míos, así que ya nos rendiremos otro día. Y tenemos el tiempo justo de escalonarnos la mitad del 326 en la calle, mientras la otra mitad se reagrupa detrás con la lengua fuera, y ya tenemos a los cosacos a treinta varas mientras García se planta a la derecha, sable en mano, y el teniente Arregui a la izquierda. Y cuando lo cosacos están a quince varas, García va y ordena primera descarga a los caballos, hijos míos, endiñársela por lo bajini para taponarles la calle a esos hijoputas. Y los de la primera fila, arrodillados, nos llevamos el fusil a la cara diciendo madre santísima, de esta no salimos ni hartos de sopa.

— Primera sección, ¡fuego!

García los tiene bien puestos, las cosas como son. Y es un profesional. La primera descarga abate una veintena de caballos, formando un obstáculo para los jinetes que vienen detrás.

— Segunda sección, ¡fuego!

Ahí va eso. La segunda sección dispara sobre nuestros chacós mientras los de la primera seguimos las órdenes del teniente Arregui: primera sección, rodilla en tierra, carguen. Y tú vas, muerdes el cartucho igual que muerdes el miedo, lo metes en el cañón caliente, ahora la bala, golpe de baqueta y otra vez el fusil a la cara mientras los de la segunda, ya arrodillados también a tu espalda, cargan a su vez. Ahora son los de la tercera fila los que apuntan sobre nuestras cabezas.

— Tercera sección, ¡fuego!

Toma candela, Iván. Tres descargas en quince segundos, plomo barriendo la calle principal, patas y relinchos por el aire, cosacos por el suelo a un palmo de nosotros, angelitos al cielo. Pero siguen llegando más y más cuyos caballos tropiezan, se encabritan sobre los caídos. A nuestra espalda, Luisillo redobla sobre su parcheado tambor para darnos ánimos. Y la voz ronca del capitán García, no es para menos lo de ronca, con la mañana que lleva, se alterna con la del teniente Arregui mientras seguimos soltando descarga tras descarga:

— ¡Tercera sección, carguen armas!

— ¡Primera sección en pie! ¡Apunten! ¡Fuego!

El humo de pólvora negra empieza a cubrir la calle y las andanadas parten a ciegas, hacia el lugar de donde vienen los alaridos y los relinchos, fusilando a los cosacos a bocajarro.

— ¡Primera sección, rodilla en tierra, carguen armas!

— ¡Segunda sección, en pie! ¡Fuego!

— ¡Segunda sección, rodilla en tierra! ¡Carguen armas!

— ¡Tercera sección, en pie! ¡Fuego!

Así cinco minutos. Ahora ya no se ve nada de nada, y todos estamos dentro de una humareda oscura y acre, disparando contra un muro de niebla del que brotan alaridos, lamentos,

detonaciones. La pólvora negra quemada se mete por las narices y aturde los sentidos, y ya no sabes dónde diablos estás, y tu único contacto con la realidad son las voces que te llegan, el capitán García de la derecha, el teniente Arregui de la izquierda, diciéndote que cargues y dispares, que cargues y dispares, que cargues y dispares. Y el otro contacto real es la culata, el gatillo, la baqueta del fusil que te quema las manos al tocar el cañón donde hasta la bayoneta parece al rojo. Y entonces, de pronto, unos jinetes cosacos consiguen llegar hasta nuestra izquierda, hay fogonazos y alaridos y chas–chas de sablazos que dan en blando, la fila parece estremecerse por ese lado y el teniente Arregui ya no dice nada y no vuelves a oírlo más, el tambor de Luisillo deja de pronto de redoblar, y es García quien te dice ahora que cargues y dispares, en pie o rodilla en tierra, que cargues y dispares. Y después oyes su voz, un grito desgarrado y brutal ordenando al ataque a la bayoneta, vamos de una vez a terminar con esos ruskis de mierda. Y a tu lado notas que los compañeros, a los que tampoco ves, se mueven contigo, adelante, y aúllan vamos a por ellos a masticarles los hígados, cagüentodo, rediós y la Virgen santa, y aprietas fuerte el fusil con la bayoneta y corres entre la niebla oscura de la pólvora hasta tropezar con cuerpos de caballos y de hombres, unos inmóviles y otros agitándose cuando trepas por encima de ellos, cuando escalas el montón y distingues brillos de acero entre la humareda espesa, y percibes sombras que también gritan en otra lengua, y tú empiezas a clavar la bayoneta en todo cuanto se pone delante, ¡Vaspaña!, ¡Vaspaña!, y nuevos fogonazos de pólvora te chamuscan la cara mientras sigues adelante entre patas de caballos y cuerpos de hombres que se debaten ante ti, íVaspaña!, ¡Vaspaña!, y entre golpe y golpe de bayoneta tienes la visión fugaz de la cara de un crío que te espera en alguna parte, de una silueta de mujer que llora mientras te vas del pueblo camino abajo, o el rostro de tu madre junto al fuego, cuando eras zagalico. ¡Vaspaña! O a lo mejor esas imágenes no son tuyas, no te pertenecen a ti sino a la memoria de los hombres que tienes enfrente, y tú se las vas arrancando a tajos de bayoneta.

Por fin la niebla empieza a disiparse y sigues corriendo con la garganta en carne viva de gritar, y el cuerpo destrozado de fatiga, hasta llegar a la otra punta del pueblo. Entonces te apoyas en el pretil de un puente hacia el que convergen por ambos lados muchos jinetes con gran estruendo de cascos y trompetas. Y ya te dispones a levantar la bayoneta para acuchillarlos también y llevarte lo que puedas por delante antes de ir a Dios y descansar de una puñetera vez, cuando te das cuenta de que son coraceros y húsares franceses, de tu bando, si es que a estas alturas puedes todavía sentirte en bando alguno, y que te aclaman entusiasmados porque acabas de cruzar Sbodonovo de punta a punta, haciendo huir a cuatro regimientos rusos y aniquilando a dos escuadrones cosacos.

VIII. Confidencias en Santa Helena

Años más tarde, después de Rusia, Leipzig y Waterloo, en Santa Helena y a punto de palmarla, el Enano le confiaría a su fiel compañero de destierro, Les Cases, que en Sbodonovo se le apareció la Virgen. A ver si no cómo se lo explica uno, Les Cases: un batallón que ni siquiera es francés y cambia el signo de la batalla dándole a los rusos las suyas y las de un bombero, o sea, pasándose por la piedra de amolar toda una batería artillera de piezas de a doce y cuatro o cinco regimientos, príncipe Rudolfkovski incluido. Según sus últimos biógrafos, el Ilustre hacía estas confidencias mientras clavaba agujas en un muñequito de cera representando la efigie de su carcelero sir Hudson Lowe, el malvado inglés a quien el gobierno de Su Majestad Británica encomendó el confinamiento y liquidación, en aquel islote del Atlántico convertido en cárcel, del hombre que había pasado veinte años jugando a los bolos con las coronas de Europa. Allí, en las largas veladas invernales, rodeado por sus últimos fieles, el Petit Cabrón pasaba revista a los recuerdos gloriosos mientras Les Cases y Bertrand tomaban Oporto y notas para la posteridad. Algunos de sus juicios arrojan luz sobre rincones oscuros de la Historia, o revelan facetas desconocidas de los personajes. Que si Wellington no era más que un sargento chusquero con mucha potra. Que si Fouché un trepa y un pelota, Talleyrand una rata de cloaca y Metternich un perfecto gilipollas. También rememoraba el Ilustre cuestiones más íntimas. Las piernas de Desirée, por ejemplo, Les Cases, aquello era gloria bendita, mujer de bandera, se lo dice uno que de banderas entiende un rato. Lástima que tuviese aquel marido, Bernadotte, al final se colocó bien, ¿verdad? Rey de Suecia, y eso que era un completo soplador de vidrio. Los hay con suerte. En cuanto al príncipe Fernando, el hijo de Carlos IV menudo personaje, Bertrand. Mi mayor venganza tras la guerra de España fue devolvérselo a sus paisanos. ¿No queréis Fernando VII? Pues que os aproveche. ¿Sabe usted, Les Cases, que cuando lo tuve preso en Valen~ay tardé algún tiempo en averiguar su estatura real porque siempre entraba en mi despacho de rodillas?… Brillante muchacho, el tal Fernando. Creo que lleva fusilada a media España. ¿No gritaban viva las caenar? Pues toma caenas. La joya de la corona, lo llamaba aquel tipo grande y simpaticote, ¿recuerda, Bertrand? Godoy, creo recordar. El que chuleaba a la madre.

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