Array Array - La sombra del Águila
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Mientras los mariscales intercambiaban sotto voce tales muestras de camaradería militar, Murat desmontaba e iba, contoneándose, a cuadrarse ante el Enano.
— Mis ión cumplida, Sire.
— Me alegro, Murat. Buen trabajo. Glorioso hecho de armas. Una carga heroica y todo eso.
— Gracias, Sire.
El Petit se colocó el catalejo bajo la ceja izquierda para echarle otro vistazo a Sbodonovo. Desde la granja del vado del Vorosik la división de Ney avanzaba, por fin, tras el hundimiento del flanco izquierdo ruso. Al otro lado del río, por la carretera de Moscú, las masas de infantería del zar se retiraban en desorden, hostigadas por la caballería ligera francesa, mientras en las afueras del pueblo, junto al puente, se concentraban las minúsculas manchitas azules del 326 de Línea tras su increíble carga a la bayoneta. Aquello era una victoria más imponente que la de Samotracia. Satisfecho, el Ilustre esbozó media sonrisa, le pasó al ma riscal Lafleur el catalejo y, abriéndose el capote de cazadores de la Guardia, introdujo una mano entre los botones del chaleco.
— Cuéntemelo, Murat. Despacito y sin aturullarse, ya sabe. Sujeto, verbo y predicado.
Murat enarcó con dificultad una ceja y se puso a contar. Lo nunca visto, Sire. Toque de carga, mil doscientos jinetes tararí–tararí, o sea, indescriptible, o sea. Y en esto que llegamos junto a los cuatrocientos españoles del 326 justo cuando están a pocas varas de los cañones rusos, o sea, como quien dice, Sire, y resulta de que. Dispuestos a echárseles encima a puro huevo, Sire, supongo que capta el tono del asunto. Bueno, el caso es que cargamos vitoreándolos por su valor, y ellos nos miran con cara de sorpresa, o sea. Parecían incluso indignados, como si mismamente fuéramos a joderles la marrana. No sé si me explico.
— Se explica, Murat. Con cierta dificultad, como de costumbre. Pero se explica. Prosiga.
Y Murat prosigue narrando con su proverbial fluidez, o sea, Sire, los del 326 no esperaban ningún tipo de ayuda, o sea, dispuestos como estaban a hacer todo el trabajo con sus propias bayonetas. Así, tal cual. Por la cara. Mismamente como si fueran autómatas, Sire.
— Autónomos, Murat–corrigió el Enano.
— Bueno, Sire. Autónomos o como se diga. El caso es de que algunos incluso nos insultaban, Sire. «Hijoputas», decían, «qué hacéis aquí. A ver quién os ha dado vela en este entierro».
El Petit hizo un gesto augusto y comprensivo.
— Es lógico, Murat. Ya sabe lo quisquillosos que son los españoles. Honor y demás. Sin duda querían toda la gloria para ellos solos.
— Será eso, Sire–el Rizos fruncía el ceño, no muy convencido-. Porque nos llamaron de todo, o sea, de todo. Y nos hacían cortes de mangas, tal que así, con perdón, Sire. O sea. Algunos mismamente nos apuntaron con sus fusiles, como dudando si pegarnos un tiro.
Nueva sonrisa del Enano, a quien las victorias lo volvían de un indulgente que daba asco:
— Ahí los reconozco, Murat. Sangre fogosa. La furia española.
Murat asintió sin demasiado entusiasmo. Sus recuerdos sobre la furia española databan del 2 de mayo de 1808, jornada que vivió como gobernador militar de Madrid y que con gusto habría cambiado, a ciegas, por una jornada como gobernador militar en Papúa–Nueva Guinea. Por un momento recordó a las majas y chisperos metiéndose entre las patas de los caballos, las viejas tirándole macetas desde los balcones, los chuloputas y los jaques de los barrios bajos convergiendo hacia la Puerta del Sol con aquellas navajas enormes empalmadas, listos para acuchillar a sus mamelucos y coraceros. Fue muy comentado el caso de media docena de granaderos libres de servicio que no se habían enterado del alzamiento ni de nada, los infelices, y seguían tranquilamente sentados a la puerta de una tasca de Lavapiés, bebiendo limonada y diciéndole piropos a la cantinera, cosas del tipo guapa espagnola, si tu quegueg yo te hagué muy feliz y todo eso. Con la que se había liado por la ciudad y ellos allí, practicando idiomas. Hasta que de pronto vieron doblar la esquina a unos quinientos mil paisanos indignados llevando en brazos el cuerpo de una tal Manolita Malasaña. Cuando, un par de horas después, los compañeros de los granaderos fueron en su busca, los trozos más grandes que pudieron localizar consistían en doce criadillas ensartadas con un espetón en la puerta de la tasca. Sí. A Murat iban a contarle lo que era la furia española.
— El caso, Sire–continuó–es que cargamos con ellos contra los cañones, o sea, de aquella manera, y después, cuando yo reagrupaba a mis jinetes, siguieron corriendo a su aire hacia el pueblo, mismamente detrás de los rusos, y lo cruzaron de punta a punta, tal que así, enrollando a dos escuadrones de caballería cosaca.
— Arrollando, Murat.
— Bueno, Sire. Arrollando o enrollando, el caso es de que a los rusos se los pasaron por la piedra. Fue, o sea… — el Rizos frunció de nuevo el entrecejo, buscando una frase que resumiera gráficamente el espectáculo-.Fue osmérico.
— ¿Osmérico?
— Sí. Ya sabeis, Sire: Osmero. Aquel general tuerto que conquistó Troya. El de los elefantes.
IX. Una noche en el Kremlin
El 15 de septiembre de 1812, en la vanguardia de las tropas francesas que entraron en Moscú, íbamos marcando el paso los supervivientes del segundo batallón del 326 de Infantería de Línea, a esas alturas menos de trescientos hombres en razonable estado de salud. El resto se había quedado por el camino, de Dinamarca al campo de prisioneros de Hamburgo, de allí a Vitebsk y Smolensko, y después Valutina y Borodino, con parada y fonda en las baterías rusas y la calle principal de Sbodonovo. La noche anterior la habíamos pasado a orillas del Vorosik, vendando nuestras heridas y enterrando a nuestros muertos, que eran unos cuantos; aproximadamente uno de cada cuatro, pues con tanto raaas–taca y bang–bang, los cañones rusos y luego los cosacos en la calle principal nos habían dado también lo suyo antes de que los mandáramos a criar malvas. Todavía impresionado por el asunto, el Enano nos había hecho enviar un centenar de botellas de vodka de su tren de campaña personal para felicitarnos por la heroica gesta: cuídeme a esos valientes, Lafleur, antes de que los condecore personalmente en la plaza del Kremlin, ya sabe, dígales de mi parte que olé sus cojones y todo eso. Así que el mariscal Lafleur vino personalmente a traernos el vodka — «bgavos espagnoles, el Empegadog y la Patgia están oggullosos de vosotgos »-, mientras nos cachondeábamos entre las filas, aún tiznados de pólvora, la Patria dice aquí, mi primo, a ver a qué patria se refiere.Y a todo esto sin enterarse todavía de que la intención de los bgavos espagnoles era darse el piro, o sea, abrirnos. Así que dígale a la Madre Patria que me agarre de aquí, mi mariscal, silvuplé. Y es que hay que ser gabacho, o sea, gilipollas.
En fin. El caso es que al menos el vodka era vodka y que, como nos dijo el capitán García en cuanto Lafleur se quitó de en medio, al mal tiempo buena cara, hijos míos, de momento parece que somos héroes, así que paciencia y a barajar. Ya desertaremos más adelante. Entonces nos quitamos el gusto a pólvora de la boca despachando las cien botellas del Ilustre a la luz de las fogatas. Al beber nos mirábamos unos a otros el careto en silencio, mientras Pedro el cordobés pulsaba las cuerdas de su guitarra, por bulerías.
— Por lo menos–resumió el capitán, que se atizaba unos lingotazos de vodka horrorosos–seguimos vivos.
Era evidente. Seguíamos vivos todos, menos los muertos. Lo peor era que en Sbodonovo habíamos estado a punto de largarnos, y hubiéramos logrado desertar de no ser por la carga de caballería del Petit Cabrón. Como decía el fusilero Mínguez, un gaditano de San Fernando con más pluma que el sombrero de Murat, el Rizos podía haber ido a socorrer a la madre que lo parió, la muy zorra, con todos sus apuestos húsares y coraceros y toda la parafernalia, a un palmo habíamos estado de librarnos de los franchutes y mira, allí seguíamos pintándola, con más mili por delante que el cabo Machichaco. Nos habían jodido Murat y mayo con las flores.
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