Array Array - La sombra del Águila

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Mínguez hacía estas reflexiones mientras nos zurcía los desgarrones de metralla en las casacas. Tenía buena mano para la aguja y el hilo, y le encantaba echarle una mano al cocinero con el rancho. Era de los veteranos del regimiento de Villaviciosa, alistado voluntario para ir a Dinamarca.

— Con ese nombre, me dije, Villaviciosa, tiene que ser un regimiento de lo más guarro.

Mínguez era muy maricón, pero en combate se volvía bravo como una fiera. Amaba en secreto al capitán García, aunque el suyo era un secreto a voces, y en cuando empezaban los tiros procuraba situarse cerca, bayoneta en mano, dispuesto a defenderlo hasta la muerte como un tigre de Bengala, quítese de ahí, mi capitán, que van a darle un tiro, por Dios, al ruso que se acerque le saco los ojos. En Sbodonovo, Mínguez se había multiplicado alrededor del capitán, disparando, cargando el fusil, asestando bayonetazos a diestro y siniestro. Cuidado con ese, mi capitán, toma escopetazo, ruso malvado. Cúbrase, mi capitán, que me lo van a desgraciar. Nada, ni caso. Qué

cruz de hombre. Así, a lo tonto, Mínguez se había cargado él solo a una docena de cosacos. A1 terminar la batalla le chorreaba la sangre por la bayoneta y el cañón del fusil, hasta los codos.

— Lástima de cosacos–se lamentaba después, junto al fuego, mientras zurcía la casaca del capitán-. Ya me hubiera gustado verlos más de cerca, con esas barbazas y tan peludos, los salvajes.

Y le sonreía respetuosamente al capitán, que se dejaba querer, bonachón, porque el fusilero Mínguez era buena persona y nunca se pasaba de la raya. El caso es que aquella noche, a orillas del Vorosik, la guitarra de Pedro el cordobés y el vodka del Petit Cabrón fueron nuestra compañía bajo el cielo de Rusia, mientras los muertos se enfriaban alrededor, descansando por fin en paz, y los vivos rumiábamos en silencio nuestra nostalgia de España y nuestras desgracias. Y al día siguiente, con la casaca zurcida por el fusilero Mínguez, el pequeño y duro capitán García entró en Moscú a la cabeza del 326 de Línea, o sea, nosotros.

La verdad es que fue una entrada con mal pie, sin vítores ni gente mirándonos. El ejército enemigo, mandado por Kutusov, se había retirado con casi toda la población civil, y nuestras botas remendadas sonaban en las calles desiertas, donde sólo el graznar de cientos de cuervos y grajos negros que revoloteaban por los tejados saludó a las victoriosas águilas napoleónicas. Así fuimos adentrándonos en la ciudad, fusil al hombro, preguntándonos adónde iba a llevarnos todo aquello. De momento nos llevó hasta una explanada a orillas del Moskova y junto al Kremlin, entre torres antiguas y cúpulas de iglesias doradas, donde tras las formalidades de rigor el Enano tomó posesión el asunto, muy cabreado porque todos los moscovitas se habían abierto con el ejército ruso y allí dentro no quedaba nadie a quien impresionar con el despliegue, o sea que nos han jorobado el número, Labraguette, ese Kutusov me la ha jugado, esperaba conquistar una ciudad llena de gente y me entregan otra vacía, como si hubiera pasado por aquí la peste negra. Menudos hijoputas, los ruskis.

— Por lo menos la han dejado intacta–apuntó el general Donzet, siempre oportuno-. Imaginaos si le hubieran prendido fuego, Sire.

El caso es que, con moscovitas o sin ellos, el Ilustre no estaba dispuesto a que le chafasen su parada militar. Así que se nos ordenó formar en la explanada del Kremlin, banderas al viento y demás, con los generales franchutes pasándonos revista para comprobar si estábamos en condiciones de comparecer ante el Petit Cabrón, a ver, cepíllense un poco las botas, saquen pecho, esos chacós erguidos, capitán, qué coño de soldados tiene usted aquí. ¿Cómo dice? Ah, sí, los españoles del 326. Ya veo. Pero que sean ustedes los héroes de Sbodonovo no es excusa para que vayan con esa pinta, las casacas desabrochadas y sin afeitar. El Emperador estará muy impresionado con su bravura y todo lo que quieran, pero como no se aseen un poco les vamos a meter un paquete que se van a cagar por la pata abajo. Así que de frente, ar. Uno dos, up aro, uno dos, up aro. Alto. Fiüir–mes. Así me gusta, capitán. Disciplina, eso es lo que ustedes necesitan. Mucha disciplina. A ver qué se han creído, aquí, los héroes.

— A mí me la van a dar estos salvajes, Leclerc. A mí, que perdí un primo segundo en Zaragoza y un cuñado en Bailén.

En eso, trompetas y clarines, vista a la derecha y todo lo demás, y el Enano que aparece pasando revista escoltado por los granaderos de la Vieja Guardia, magnífico día, Murat, a ver dónde tiene a esos valientes muchachos. Y todo el gallinero emplumado del Ilustre y compañía que se acerca al 326, oh, mais oui, son éstos, Sire, quién lo iba a decir, tan bajitos y con esas pintas infames, si no lo veo no lo creo, cuántos rusos dice usted que se cargaron en Sbodonovo. Y el capitán García que nos grita presenten armas y se cuadra saludando con el sable, pequeño y moreno con sus patillas de boca de hacha tapándole media cara, diciéndonos entre dientes poned cara de soldados, hijos míos, que no se os note mucho de qué vais. Más vale ser héroes a la fuerza que fusilados por sorteo, uno de cada dos, como aquellos compañeros a los que les echaron el guante en Vitebsk. Y a todo esto el Enano que se para ante García y lo mira de arriba abajo, con una mano entre los botones del chaleco y otra en la espalda, como en las estampas.

— Dígame su nombre, capitán.

— García, mi general. Ejem. Eminencia. Sire.

— A ver, Labraguette. Acérqueme una de esas legiones de honor que tengo reservadas para los valientes.

Sonaron redobles de tambores y un par de toques de corneta, a ver esas condecoraciones que son para hoy, pero las susodichas no aparecían por ninguna parte. El Enano despachó a Labraguette a hacer averiguaciones, y lo vimos regresar al cabo, más corrido que una mona, deshaciéndose en excusas. Las lelegiones de honor se habían pe–perdido en el campo de batalla de Sbodonovo, Sire. Una caja entera, nu–nuevecitas, en el fondo del río. Imperdonable descuido y de–demás.

El Petit fruncía el imperial ceño.

— No importa. Démela suya.

— ¿Perdón?

— Su legión de honor. Démela para este bravo capitán. A usted ya le buscaré otra cuando volvamos a París–el Petit miró la ciudad desierta a su alrededor y pareció estremecerse bajo el capote gris marengo-… Si volvemos.

Labraguette y los mariscales rieron aquello como si fuera una gracia, jé, jé, Sire, muy bueno el chiste. Siempre tan agudo. Pero el Enano miraba a los ojos del capitán García, y este nunca estuvo muy seguro de si aquella vez, en la plaza del Kremlin, el Enano hablaba en broma o hablaba en serio. El caso es que después de colgarle al cuello la cruz, el Petit pasó entre nuestras filas estrechando algunas manos, bien hecho, muchachos, estoy orgulloso de vosotros. Os vi desde la colina. Algo magnífico. Francia os lo agradece y todo eso.

— ¿De dónde eres, hijo?

— De Lepe, Zire.

Después hubo unos trompetazos más, redoble de tambores, y el Ilustre se retiró a ocuparse de sus cosas, no sin antes volverse a su Estado Mayor, tome nota, Labraguette, paga doble para el 326, déjenlos saquear un rato la ciudad con el resto de la tropa, y esta noche los quiero de guardia de honor en el Kremlin. Viva Francia y rompan filas. Ar.

Así que nos fuimos a dar una vuelta por Moscú y practicar un poco el pillaje, que a esas horas estaba siendo ejercido con entusiasmo por todo el ejército franchute. En la ciudad habían quedado pocos civiles, pero suficientes para que algunos soldados encontrasen rusas a las que violar, con lo que, bueno, se produjeron ciertas escenas poco agradables, de esas que nunca se mencionan en los heroicos partes de guerra militares. En cuanto al 326, después de pasar en Sbodonovo por la máquina de picar carne, no estábamos en condiciones de violar a nadie. Además, seguíamos dispuestos a largarnos a las primeras de cambio, y tampoco era conveniente dejar mal cartel entre los ruskis, que para eso de las violaciones tienen tan buena memoria como el que más. Así que, a renglón seguido de que el capitán García le rompiera la mandíbula de un puñetazo a Emilio el navarro, que intentó propasarse con una mujer en la calle Nikitskaia, todos nos conformamos con vodka, comida y echar mano a vajillas de plata y cosas de esas, incluido un cofre de monedas de oro que descubrimos en casa de un comerciante tras hacerle, durante un rato, cosquillas con las bayonetas. Nos encaminamos al Kremlin al atardecer, cargados de botín, con gorros y abrigos de piel, piezas de seda e iconos de plata. Todos sabíamos que tendríamos que abandonar aquello si lográbamos salir por pies y pasarnos por fin a los rusos, pero hicimos buena provisión, por si acaso. Y durante unas pocas horas, infelices de nosotros, fuimos los soldados más ricos de Europa.

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