Array Array - La sombra del Águila

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Y entonces hay como un trueno largo y sordo que retumba en el flanco derecho, y los doce escuadrones de caballería se extienden por la llanura mientras ganan velocidad, y los artilleros rusos que empiezan a espabilarse, Popof, mira lo que viene por ahí, esa sí que no me la esperaba, tovarich, la virgen santa, nunca imaginé que tantos caballos y jinetes y sables pudieran moverse juntos al mismo tiempo, nosotros tan entretenidos tirando al blanco con ese batallón de mierda cuando lo que se nos venía encima era esto otro, a ver esa pieza, apunta que las cosas van a ponerse serias, mira como grita ahora el capitán Smirnoff, con lo tranquilo y contento que estaba hace sólo cinco minutos, el hijoputa. A ver esas piezas de a doce, apunten, fuego. Dales caña, Popo£ Dales, que mira la que nos cae.

Total. Que los artilleros rusos cambian de objetivo y empiezan a arrimarle candela a Murat y sus muchachos, y el primer cañonazo va y arranca de su caballo al general Fuckermann y lo proyecta en cachitos rojos sobre sus húsares que van detrás, ahí nos las den todas, pero hay muchas más, raaas–zaca, raaas–taca, y ya corren caballos sin jinete adelantándose a las filas cerradas de los

escuadrones, bota con bota y el sable extendido al frente mientras suena el tararí tararí, y los húsares sujetan las riendas con los dientes y empuñan en la mano izquierda la pistola, y los coraceros con destellos metálicos en el pecho y la cabeza, con boquetes redondos que se abren de pronto en mitad de la coraza y todo se vuelve de pronto kilos de chatarra que rueda por el suelo, tiznándose de hollín y barro mientras sigue el tararí tararí y Murat, ciego como un toro, sigue al frente del asunto y está casi a la altura del 326, húsares por la derecha, coraceros por la izquierda y allá en su frente Estambul, o sea, Moscú, o sea, Sbodonovo, o sea los cañones rusos que escupen metralla como por un grifo. Y por fin llega, galopando a lomos de su caballo que va desencajado e imparable como una bala, cubierto de sudor y espuma, junto a las filas del heroico 326, y entre el humo y la velocidad ve fugazmente los rostros de esos valientes que lo miran boquiabiertos, socorridos en el último instante cuando libraban su último y heroico combate sin esperanza. Y a Murat, que en el fondo es tierno como el día de la Madre, se le pone la carne de gallina y grita, enardecido:

— ¡Viva el 326! ¡Viva Francia!

todos sus húsares y coraceros, que ya rebasan al 326 por los flancos cargando contra los cañones rusos, todos esos jinetes rudos y veteranos que acuden a compartir el hartazgo de metralla que se están llevando los bravos camaradas del 326, corean con entusiasmo el grito de Murat y, a pesar de la que está lloviendo, saludan con sus sables a esos héroes bajitos y morenos, los fieles infantes del batallón español, al pasar junto a ellos galopando en línea recta hacia el enemigo. Y los del 326, mudos de agradecimiento, se ve que no encuentran palabras para expresar lo que sienten.

es que no hay palabras, Muñoz, quince minutos aguantando el cañoneo a quemarropa de los ruskis y, a punto de conseguirlo, justo en el momento en que bajas la bandera para sustituirla por la sábana blanca que llevas oculta en la casaca, con todos los compañeros acuciándote, date prisa, mi alférez, espabila que nos caemos con todo el equipo, suenan los trompetazos y Murat y mil doscientos franchutes aparecen cargando a uno y otro lado del batallón y encima pasan vitoreándote, los tíos, hégoes espagnoles, te dicen, camagadas y todo lo demás mientras acuden al encuentro de la metralla rusa, mira, lo positivo es que ahora tocaremos a menos cada uno, al repartir. Y todo el batallón que se queda de piedra viéndose en medio de una carga de caballería, y Murat saludando con el sable y su corneta dale al tararí tararí, de qué van estos fulanos, mi capitán, aquí hay un malentendido. Lo que está claro es que nos han fastidiado la maniobra, los gilipollas. Nos han jodido el invento. A ver quién es el guapo que deserta ahora, rodeado por mil doscientos húsares y coraceros que te dan palmaditas en la espalda.

Total. Que todos nos paramos un momento, aturdidos y sin saber qué hacer, pendientes de lo que dice el capitán García, y el capitán, pequeñajo y tiznado de pólvora, nos dirige una mirada de tranquila desesperación y después se encoge de hombros y le grita a Muñoz, eso sí lo oímos bien, alférez, levanta otra vez la bandera franchute, levanta el águila de los cojones y esa sábana blanca la haces cachitos y nos la podemos ir metiendo todos por el culo. Y el águila que se levanta de nuevo, y los coraceros y los húsares que siguen pasando a nuestro lado venga a dar vítores a los valegosos espagnoles, y García que nos dice hijos míos, suena la música así que a bailar tocan, echemos a correr hacia adelante y que sea lo que Dios quiera, allá cada cual, y vamos a meternos tanto en las filas de los Iván que al final no tengan más remedio que cogernos prisioneros. Conque levanta el sable, apunta a los artilleros rusos y dice eso de ¡Vivarpaña! que es la única cosa nuestra que nos queda en mitad de toda esta mierda. Y Luisillo, nuestro tambor de quince años, redobla toque de carga, y los fulanos del 326 apretamos fuerte el fusil con la bayoneta y echamos a correr entre los jinetes hacia los cañones rusos, aunque antes de caer prisioneros alguien va a tener que pagar muy cara la mala leche que se nos ha puesto con el patinazo de esta mañana. Si no fuera por tanto cañonazo y tanta murga ya estaríamos trincando vodka en plan tovarich después de habéroslo explicado todo, cretinos. Así que ya puedes darte por jodido, Popof. Cagüentodo. Como llegue hasta ahí, por lo menos a los de las primeras filas os voy a dejar listos de papeles.

Y los artilleros ruskis, que ya tienen a los húsares y los coraceros encima y se defienden como pueden sobre sus cañones, echan un vistazo al frente y ven que por la cuesta suben cuatrocientos energúmenos erizados de bayonetas y gritando como posesos, cuatrocientos tipos con la cara tiznada por el humo y ojos enrojecidos de miedo y rabia, y se dicen: fíjate lo que sube por ahí, camarada, esos no necesitan decir que no hay cuartel, lo llevan pintado en la cara, así que date por jodido, Popof, pero bien. Y el primero que llega hasta ellos es un capitán pequeño y negro de pólvora que grita algo así como; Vaspaña!, ; Vaspaña!, que nadie sabe muy bien lo que quiere decir, y ese capitán se tira encima de los primeros cañones como una mala bestia, y se lía a sablazos, y al capitán Smirnoff, que se ha puesto delante haciendo posturas de esgrima, le patea los huevos y después le abre la cabeza de un sablazo, y ahora llegan todos los demás gritando como salvajes, y a golpe de culata y bayonetazos, desesperados, como si nada tuvieran que perder, empitonan a Popof y a su santa madre, vuelcan los cañones, rematan a todo el que se mueve y, llevados por el impulso, mientras Murat y sus jinetes retroceden para reorganizar las filas desordenadas por la carga, siguen corriendo entre gritos y blasfemias hacia las filas de los regimientos rusos que, formados a la entrada de Sbodonovo, los miran acercarse inmóviles, incapaces de reaccionar, paralizados de estupor ante el espectáculo.

VII. La resaca del príncipe Rudolfkovski

Durante mucho tiempo, los historiadores militares han intentando explicarse lo que ocurrió en Sbodonovo, sin resultado. Sir Mortimer Flanagan, el famoso analista británico, afirma que se trató de una brillante improvisación táctica de Napoleón, la última chispa de su genio militar antes de extinguirse en Moscú y en la desastrosa retirada de Rusia. Por su parte, el francés Gerard de la Soufflebitez plantea las cosas desde otra óptica más limitada, o sea casera, atribuyendo a Murat el exclusivo mérito en la acción de Sbodonovo y evitando mencionar, incluso, la presencia del segundo batallón del 326 de Línea en la batalla. Sólo en la correspondencia privada del mariscal Lafleur–dirigida a su amante, la conocida soprano Mimí la Garce–se encuentra una irrefutable prueba del papel desempeñado por los españoles, cuando el mariscal escribe: «Les sanglots longs des baiónnettes des espagnols blessent les russes d'une langueur monotone… », en clara alusión al asunto. Más explícito se muestra en sus memorias (De Borodino a Pigalle, San Petersburgo 1830) el mariscal Eristof, que reconoce sin rodeos el importante papel jugado por los españoles en los acontecimientos de la jornada, sobre todo cuando el viejo león escribe aquello de: «En Sbodonovo, el 326 de Línea nos puteó bien».

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