Array Array - La sombra del Águila
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ahora pónganse ustedes en el lugar de los rusos. Tres o cuatro regimientos formados en perfecto orden a las puertas del pueblo, inactivos durante toda la mañana porque ya se habían encargado las baterías artilleras y la caballería cosaca de pulverizar el flanco derecho francés. Unos cuatro o cinco mil hombres tumbados en la hierba viendo los toros desde la barrera, fíjate, Vladimir, la que les está cayendo a los herejes, eso para que aprendan a invadir lo que no deben, Dios salve al zar y todo eso. Dame cartas. A ver, la sota de copas. Vaya día llevas, tovarich. Acabas de ganarme otro rublo. ¿A qué hora dices que sirven el rancho?… Y los oficiales tres cuartos de lo mismo: cómo lo lleva, conde Nicolai, bien, gracias. Estaba yo acordándome de aquella velada en San Petersburgo, en casa de Ana Pavlovna, junto a al princesa Bolkonskaia. Exquisito caviar, vive Dios. Lástima de inactividad, Boris, aquí toda la mañana con nuestros artilleros haciendo el trabajo y nosotros mano sobre mano, sin poder cubrirnos de gloria. A ver cómo diantre vuelvo yo a San Petersburgo sin un brazo en cabestrillo, o un heroico vendaje en torno a la cabeza para lucir en el palacio de la gran duquesa Catalina. Así no hay quien se coma una rosca por muy bien que uno baile el vals.
ese era el panorama a las puertas de Sbodonovo, con el pueblo ardiendo un poco al otro lado, hacia el vado del Vorosik, pero en esa parte estaba tranquilo, todo bajo control de los Iván. Hasta el príncipe Rudolfkovski, que mandaba la división, se había bajado del caballo y echaba una siestecita bajo un abedul. Ese era el panorama, repito, cuando de pronto empezó a oírse algo de barullo por la parte de los cañones. Entonces el príncipe Rudolfkovski, que por cierto era primo segundo del zar Alejandro, abrió un ojo y requirió a su ordenanza, el fiel Igor:
— Igor, ¿qué ocurre?
— No lo sé, padrecito–respondió el leal subalterno.
— Pues echa un vistazo, imbécil.
Quizá si el príncipe Rudolfkovski hubiese echado el vistazo personalmente habría cambiado el curso de los acontecimientos, pero vaya usted a saber. De hecho, Rudolfkovski dormía la siesta porque la noche anterior había estado despierto hasta altas horas beneficiándose a una robusta campesina a la que sus dragones habían descubierto oculta en un pajar de Sbodonovo. Además, al príncipe se le había ido un poco la mano con el vodka, cuyo consumo excesivo solía producirle una espantosa jaqueca. El caso es que el fiel Igor Igorovich pasó junto a los oficiales del estado mayor de Rudolfkovski, que charlaban en un grupito, y se acercó a echar un vistazo por la parte de los cañones. La familia del fiel Igor había servido a la familia Rudolfkovskaia desde tiempo inmemorial, y cada vez que un Rudolfkovski defendió a sus zares en un campo de batalla, hubo
junto a él un Igorovich para limpiarle las botas y echarle agua caliente en la bañera. Lo cierto es que el príncipe no era demasiado duro con su leal siervo, y sólo lo azotaba por faltas muy graves como plancharle mal el cuello de una camisa, no bruñirle la hoja del sable de modo conveniente, o retrasarse en las marchas en vez de correr junto a su estribo derecho con una botella de champaña razonablemente frío a mano. Por lo demás, el príncipe Rudolfkovski era un amo justo y cabal. Quizá por eso, cuando el fiel Igor anduvo un cuarto de versta más y le echó un vistazo a lo que ocurría donde los cañones rusos, se detuvo un momento, miró hacia el lejano abedul donde el príncipe Rudolfkovski dormía la mona, y soltando una extraña risita entre dientes puso pies en polvorosa.
Así que las primeras señales de lo que iba a ocurrir llegaron un poco más tarde, cuando los cuatro o cinco mil rusos que holgazaneaban sobre la hierba vieron aparecer, de pronto, una compacta fila de uniformes azules que se dirigía hacia ellos a la carrera y pegando unos gritos que helaban la sangre. Mucho se ha discutido después la reacción de los ruskis, pero en esencia fue del tipo anda, Vladimir, qué cosa más rara, por ese lado debían estar nuestros artilleros y resulta que aparecen otros con uniforme azul, yo creía que iban de verde los nuestros, te vas a reír pero por un momento he creído que eran franceses, fíjate, si hasta la bandera parece francesa, estoy de lo más tonto esta mañana, cómo van a ser franceses si están hechos polvo en el flanco derecho. El caso es que, bien mirado, esa bandera no parece nuestra, ¿verdad? Oye, pues ahora que lo dices, tampoco eso que gritan me suena a ruso. Vaspaña, algo así como Vaspaña, pero francés tampoco es. A ver. Espera. Trae el catalejo. Hostia, Vladimir. Los franceses.
Unos dicen que gritábamos Viva España y otros que Vámonos a España, pero el caso es que los cuatrocientos, o lo que quedaba de nosotros, desembocamos en la llanura frente a Sbodonovo a la carrera, con las bayonetas por delante y la furiosa energía que te proporciona la desesperación. Mucho se discutió después el asunto, y la mayor parte coincidimos en afirmar que pretendíamos caer prisioneros para terminar de una vez, antes de que los húsares y los coraceros de Murat volviesen a cargar a nuestro lado creyendo ayudarnos contra los ruskis. Es cierto que los cañones de los Iván nos había hecho sufrir mucho y todavía íbamos calientes a pesar de haber empitonado a los artilleros; pero la verdad es que al llegar a la llanura nuestra intención era seguir hasta las filas rusas y allí adentro, una vez a salvo de nuestra propia caballería, arrojar las armas. El problema fue que los Iván se lo tomaron por la tremenda y mantuvieron el equívoco, o sea, nadie ataca así, en línea recta y a la bayoneta, a puro huevo, si no lo tiene muy claro. Así que espérame un momento, Vladimir, que ahora vuelvo. Sí, a retaguardia voy. A por tabaco.
Cuatro mil hombres saliendo por pies ante cuatrocientos es un espectáculo que no se dio con frecuencia en la campaña de Rusia. El movimiento de pánico se propagó como una ola, y las primeras filas ruskis echaron a correr. Las segundas hicieron lo mismo al pasar junto a ellas las primeras, y los de las últimas, que vieron a toda la vanguardia dar la vuelta y venírseles encima, se volvieron atropellándose unos a otros, desbordados los oficiales, y salieron zumbando hacia Sbodonovo, maricón el último, metiéndose por las calles del pueblo en dirección al río y al puente de la carretera de Moscú. Y nosotros corriendo detrás, esperad, pringaos, aquí hay un malentendido. Pero claro, en eso que algunos rusos se vuelven y nos descerrajan unos cuantos tiros, y a Manolo el mano y a Paco el sevillano los dejan secos en plena carrera, y empezamos a cabrearnos mientras vemos caer a unos cuantos más, colegas de los tiempos de Dinamarca, tiene guasa escaparte de unos y de otros para que un tovarich te pegue un tiro a última hora. Y en esas que llegamos junto a un abedul para darnos de boca con un ruski lleno de cordones y entorchados, con cara de resaca y pinta de mandar mucho, que no para de preguntar por un tal Igor, vete tú a saber quién coño es el Igor de las narices. Total, que el sargento Ortega intenta explicarle que nos rendimos, pero el otro dice algo de que los Rudolfkovski mueren pero no se rinden. Ortega, que es un buenazo, intenta explicarle pacientemente que no, míster, quienes nos rendimos somos nosotros, aquí, erpañoIrki tovarich, a ver si te enteras. Napoleón kaput, nosotros querer ir a España, ¿ capito? O sea que fin¡ la guerre. Pero el ruski mira alrededor, ve a toda su tropa corriendo como conejos y a nosotros tiznados de humo, con las bayonetas manchadas de sangre de los artilleros
que acabamos de cepillarnos allá atrás, y se cree que le estamos vacilando, o sea, estos hijoputoskis quieren quedarse conmigo. Así que saca una pistola y le descerraja al sargento Ortega un tiro a bocajarro, pumba, que le chamusca las patillas, menos mal que el Iván tenía el pulso fatal aquella mañana. Y claro, Ortega se cabrea y ensarta al ruski en el abedul de un sablazo, para que aprendas, gilipollas, que no se puede ir de buena fe, hay que joderse, chavales, con aquí el capitán general. Y eso que se lo dije bien clarito. A todo esto, los Iván corren por ahí diciendo que nos hemos cargado al príncipe Rudolfnosequé, y todos venga a correr más todavía, y en estas llegamos ya a las primeras casas del pueblo, con los rusos cruzándolo a toda prisa hacia el puente y la carretera de Moscú, entrando por un extremo y saliendo por el otro como si fueran a hacer un recado, a toda leche. Y en todo ese trajín no mantiene la calma más que la reserva de caballería cosaca, a la que alguien ordena que cubra la retirada. Así que, de pronto, cuando los del 326 vamos corriendo tras los rezagados rusos por la calle principal, todavía con intención de encontrar alguien a quien rendirnos, vemos aparecer dos escuadrones cosacos cargándonos de frente, sables en alto, atiza Gorostiza, esos no huyen sino que atacan. Y nos miramos unos a otros para decirnos hasta aquí hemos llegado, compadres, vete a explicarles nada a éstos. Se acabó lo que se daba.
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