Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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– La misma…

Alice estaba de espaldas, sentada a una mesa colocada delante de la ventana. Se dio la vuelta tendiéndoles una caja.

– ¡Mirad todos los botones que he encontrado en el mercadillo! Mirad qué bonito es éste… Es de mosaico… Y este de aquí… Es un pececito de nácar… Es para Nedra… Le voy a hacer un colgante con él para celebrar la llegada del Señor Blop…

– ¿Se puede saber quién es el Señor Blop?

Charles se alegró de no ser el único que hacía preguntas tontas.

Nedra les señaló una esquina de la mesa.

– Pero… -dijo Kate- ¡¿lo habéis puesto en el precioso jarrón de Granny?!

– Pues sí… Te lo íbamos a decir… Es que no hemos encontrado ningún acuario…

– Porque no habéis buscado bien… Habéis ganado ya un montón de pececitos, y, dicho sea de paso, nunca habéis sido capaces de conseguir que os duraran más de un verano, y yo os he comprado montones de peceras…

– Peceras -corrigió la artista.

– Gracias, bowls. So… apañáoslas…

– Sí, pero es que son muy pequeñas…

– ¡Pues entonces no tenéis más que construirle vosotras una! ¡Como Gastón!

Cerró la puerta y se volvió hacia Charles gimiendo.

– Nunca debería haber dicho esta frase: «No tenéis más que…», siempre anuncia consecuencias horrorosas… Bueno, venga… vamos a terminar nuestra ronda pasando por las cuadras y así no olvidará nunca esta visita. Sígame…

Se dirigieron a otro patio.

– Kate, ¿puedo hacerle una última pregunta?

– Lo escucho.

– ¿Quién demonios es Gastón?

– ¿No conoce a Gastón Lagaffe, el personaje de los tebeos? -preguntó, fingiendo una tristeza exagerada-. ¿Gastón y su pez Bubullé?

– Ah, sí, sí, claro que sí…

– Yo me puse otra vez a estudiar francés en serio, cuando tenía diez años, para poder entender bien los tebeos de Gastón Lagaffe. Anda que no sudé sangre… Por culpa de todas esas onomatopeyas…

– Pero… ¿qué edad tiene? Si no es demasiada indiscreción… No se preocupe, le he confirmado a Yacine que es verdad que tiene usted veinticinco años, pero…

– Pensaba que había dicho que era la última pregunta -le dijo, sonriendo.

– Me equivocaba. Nunca habrá una última pregunta. No es culpa mía, sino suya, porque usted…

– Yo ¿qué?

– Me siento un poco bobo, pero es como si estuviera descubriendo el… el Nuevo Mundo… así que, qué le vamos a hacer, me surgen muchas preguntas…

– Vamos… ¿es que nunca ha estado en el campo?

– Lo que me impresiona no es el lugar en sí, sino lo que ha hecho de él…

– ¿Ah, sí? ¿Y qué he hecho de él, según usted?

– No sé… Una especie de paraíso, ¿no?

– Dice usted eso porque es verano, porque hay una luz muy bonita y han acabado las clases…

– No. Lo digo porque veo a unos niños divertidos, inteligentes y felices.

Kate se quedó muy quieta.

– ¿De… de verdad piensa lo que acaba de decir?

Su voz se había vuelto tan seria de repente…

– No lo pienso, estoy seguro de ello.

Kate se apoyó en su brazo para quitarse una chinita de la bota.

– Gracias -murmuró, haciendo una mueca horrible-, yo… ¿Nos vamos?

Bobo era una palabra muy floja, Charles se sentía totalmente estúpido, sí…

¿Por qué acababa de hacer llorar a esa chica tan adorable?

Kate dio unos cuantos pasos y añadió en un tono más alegre:

– Pues sí… casi veinticinco años… Bueno, no del todo… Treinta y seis, para ser más exactos…

»Bueno, como ya se habrá dado usted cuenta, la gran avenida bordeada de robles no era para esta modesta granja, sino para un castillo que pertenecía a dos hermanos… Pues bien, sepa usted que le prendieron fuego ellos mismos durante la época del Terror… Estaba recién construido, habían puesto en él todo su entusiasmo y todos sus ahorros, bueno… los de sus antepasados… y cuando los revolucionarios empezaron a querer ahorcar también a los aristócratas de por aquí, según cuenta la leyenda, pero es una leyenda que me encanta, nuestros queridos hermanos se tomaron el tiempo de pimplarse una por una todas las botellas de vino de su bodega antes de prenderle fuego al castillo entero, y luego se ahorcaron ellos mismos.

»Esto me lo contó un tipo de lo más excéntrico que apareció un día por aquí porque buscaba… No, es una historia demasiado larga… Ya se la contaré en otra ocasión… Volviendo a estos dos hermanos… Eran dos solterones que sólo vivían para la caza… Cuando digo caza me refiero a monterías, y por lo tanto a caballos, y ningún lujo era excesivo para sus caballos. Y si no, juzgue usted mismo…

Acababan de doblar la esquina del último silo.

– Mire qué maravilla…

– ¿Cómo?

– No, nada, maldecía porque no me he traído mi cuaderno de dibujo.

– Bah… Ya volverá usted otro día… Es aún más bonito por la mañana…

– Es aquí donde deberían vivir…

– Los niños viven aquí durante el verano… Ya verá, hay un montón de pequeñas habitaciones para los mozos de cuadra…

Con la boca abierta y las manos en jarras, Charles admiraba el trabajo de su lejano colega.

Un edificio rectangular con un revestimiento ocre y deslucido que sólo dejaba ver los machones y los linteles de piedra tallada, tejados en mansarda cubiertos de tejas finas y planas, una alternancia rigurosa de lucernas de volutas y de ojos de buey, y una gran puerta en forma de arco enmarcada por dos larguísimos abrevaderos…

Esa cuadra, sencilla, elegante, construida en un rincón perdido del mundo y por dos hidalgos que no habían tenido la paciencia de esperar su turno para la horca, resumía en sí misma todo el espíritu del Gran Siglo.

– Esos dos tenían delirios de grandeza…

– Pues parece ser que no. Una vez más según ese tipo excéntrico del que le hablaba, al parecer los planos del castillo, al contrario, eran bastante decepcionantes… Su delirio eran los caballos, más bien… Y ahora -añadió Kate, riéndose-, el que disfruta todo esto es el gordinflón de Ramón… Venga por aquí… Mire el suelo… Son piedrecitas de río…

– El suelo del puente también es así…

– Sí… Para que no resbalaran los cascos de los caballos…

El interior era muy oscuro. Más que en ningún otro sitio, las vigas y las viguetas estaban atestadas de nidos de golondrina. El lugar debía de medir unos diez metros por treinta y estaba formado por seis boxes separados por paneles de madera muy oscura fijados a unos postes rematados por bolas de latón.

Pegaso, Valiente, Húngara… Más de dos siglos, tres guerras y cinco repúblicas aún no habían conseguido borrar esos nombres…

El frescor de las piedras, los numerosos cuernos de ciervo cubiertos de telarañas, la luz, que entraba por las aperturas redondas de los ojos de buey y proyectaba grandes haces de polvo fosforescente, y ese silencio, repentino, únicamente alterado por el eco de sus pasosvacilantes, tropezando sobre el relieve de las piedrecitas de río, todo ello era… Charles, que siempre había tenido pánico a los caballos, se sentía como si acabara de entrar en una catedral y no se atrevía a aventurarse más allá de la nave.

Kate soltó un taco que lo sacó de su ensimismamiento.

– Mire este jersey… Ya está… Se lo han comido los ratones… Fuck… Venga por aquí, Charles… Le voy a contar todo lo que me dijo ese señor del Patrimonio histórico cuando vino a mi casa… Quizá no salte a la vista, pero ésta es una cuadra ultramoderna… La piedra de los comederos está pulida, para comodidad del ¿pecho? ¿Se dice pecho también cuando es el de los caballos?

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