Lo único que Rose nunca había sido capaz de obtener de Eliza era que le contara historias de su hermano, Sammy. Había dejado escapar su nombre sólo una vez, pero se había encerrado en su mutismo de inmediato cuando Rose le preguntó. Fue mamá quien le informó de que Eliza había tenido un mellizo, que una vez tuvo un hermano, cortado por la misma tijera, un niño que había muerto de modo trágico.
A lo largo de los años, cuando yacía sola en su lecho, a Rose le había gustado imaginarse su muerte, ese pequeño cuya pérdida había logrado lo imposible: dejar a Eliza, la narradora, sin palabras. «La muerte de Sammy» había reemplazado a la «Fuga de Georgiana» de las ensoñaciones elegidas por Rose. Se lo imaginaba ahogándose, se lo imaginaba cayendo, y se lo había imaginado desahuciado, el pobre niño que había ocupado antes el afecto de Eliza.
– Quédese quieta -ordenó el señor Sargent, señalando con su pincel en dirección a Eliza-. Deje de retorcerse. Es usted peor que el perrito de lady Asquith.
Rose parpadeó, cuidando que su expresión no se alterara cuando se dio cuenta de que su padre había entrado en el cuarto. Estaba de pie detrás del atril del señor Sargent, mirando intensamente mientras el artista trabajaba. Frunciendo el ceño e inclinando la cabeza, para seguir mejor las pinceladas. Rose se sorprendió: nunca hubiera imaginado que su padre estuviera interesado en las bellas artes. Lo único que le interesaba era la fotografía, pero incluso en ese caso se las ingeniaba para volverla aburrida. Jamás fotografiaba gente, sólo insectos, plantas y ladrillos. Y, sin embargo, allí estaba, extasiado por el retrato de su hija. Rose se sentó, algo más erguida.
Sólo dos veces durante su infancia tuvo la oportunidad de observar de cerca a su padre. La primera había sido cuando se tragó el dedal y su padre había sido llamado para sacar la foto, a petición del doctor Matthews. La segunda vez no había sido tan agradable.
Se había escondido porque esperaban al doctor Matthews; Rose tenía entonces nueve años y se le había metido en la cabeza que no tenía ganas de verlo. Había encontrado el lugar en donde mamá jamás pensaría ir a buscarla: el cuarto oscuro de papá.
Había una cavidad debajo del gran escritorio, y Rose se había llevado una almohada para estar cómoda. Y en general lo habría estado si la habitación no hubiera tenido ese olor espantoso, como el de los productos desinfectantes que los criados usaban durante la limpieza de primavera.
Llevaba allí unos quince minutos cuando se abrió la puerta del cuarto. Un delgado rayo de luz pasó a través de un pequeño agujero en el centro de la mesa del escritorio. Rose contuvo la respiración y miró por el agujero, temiendo encontrarse con la imagen de mamá y el doctor Matthews que llegaban a buscarla.
Pero no eran mamá ni el doctor los que habían abierto la puerta, era su padre, vestido con su largo abrigo de viaje.
Rose sintió que se le cerraba la garganta. Sin que se lo hubieran dicho nunca, sabía que el umbral del cuarto oscuro de su padre no se debía cruzar.
Éste permaneció de pie por un momento, la silueta negra contra el fondo iluminado. Después entró, quitándose el abrigo y dejándolo sobre una silla justo cuando apareció Thomas, el bochorno empalideciendo sus mejillas.
– Señor -dijo Thomas, recuperando el aliento-, no lo esperábamos hasta la próxima…
– Cambio de planes.
– El cocinero está preparando el almuerzo, señor -anunció Thomas, encendiendo la lámpara de gas de la pared-. Pondré la mesa para dos y le diré a lady Mountrachet que ha regresado.
– No.
La celeridad con que fue impartida la orden hizo que Rose contuviera la respiración.
Thomas se volvió de golpe hacia su padre, y la cerilla entre sus dedos enguantados se extinguió, víctima del movimiento repentino.
– No -volvió a decir-. El viaje ha sido largo, Thomas. Necesito descansar.
– ¿Una bandeja, señor?
– Y una licorera con jerez.
Thomas asintió y después desapareció por la puerta, los pasos perdiéndose en el pasillo.
Rose notó un golpeteo. Apretó el oído contra el escritorio, preguntándose si alguna cosa en un cajón del escritorio, algún objeto misterioso que pertenecía a su padre, estaba sonando. Después se dio cuenta de que era su propio corazón, como una advertencia, dando saltos en su pecho.
Pero no había escapatoria. No, mientras su padre estuviera sentado en el sillón, bloqueando la puerta.
De modo que continuó sentada, las rodillas apretadas contra el corazón traidor que amenazaba con delatarla.
Fue la única vez que recordaba haber estado a solas con su padre. Observó cómo su presencia llenaba el cuarto de modo que un lugar, antes apacible, parecía ahora cargado de emociones y sentimientos que Rose no comprendía.
Pasos apagados en la alfombra, luego una profunda exhalación masculina que hizo que se le erizaran los pelos en sus brazos.
– ¿Dónde estás? -dijo su padre con suavidad, y luego repitió con los dientes apretados-. ¿Dónde estás?
Rose contuvo la respiración y la mantuvo prisionera entre sus labios bien cerrados. ¿Le estaba hablando a ella? ¿Había su sabelotodo padre adivinado de alguna manera que estaba oculta donde no debía?
Un suspiro de su padre -¿pena? ¿amor? ¿cansancio?- y luego, «poupée». Tan suave, tan sigilosamente, una palabra rota de un hombre roto. Rose había estado aprendiendo francés con la señora Tranton, y sabía que poupée quería decir muñequita.
– Poupée -volvió a decir-. ¿Dónde estás, mi Georgiana?
Rosa dejó escapar el aliento. Aliviada de que no hubiera descubierto su presencia, agraviada de que semejante tono de voz no fuera para describir su nombre.
Y, mientras apretaba su mejilla contra el escritorio, se prometió que un día alguien diría su nombre de ese modo…
– ¡Baje la mano! -El señor Sargent estaba ahora irritado-. Si continúa moviéndose, la pintaré con tres manos y así es como será recordada para siempre.
Eliza dejó escapar un suspiro, entrelazando las manos a la espalda.
Los ojos de Rose estaban vidriosos de mantener la misma postura, por lo que parpadeó varias veces. Su padre se había marchado del cuarto, pero su presencia permanecía, el mismo sentimiento de infelicidad que siempre lo seguía.
Rose dejó que su mirada descansara una vez más en su cuaderno de recortes. La tela era de un hermoso tono rosa, un tono que sabía que acentuaba sus oscuros cabellos.
A través de sus años de enfermedad, siempre hubo una cosa que Rose había deseado, y eso era crecer. Escapar de los confines de la infancia y vivir, como Milly Theale había expuesto tan perfectamente en el libro favorito de Rose, aunque fuera de modo breve y entrecortado. Deseaba enamorarse, casarse, tener hijos. Dejar Blackhurst y comenzar una vida propia. Lejos de esa casa, lejos de ese sofá sobre el que mamá insistía debía reclinarse incluso cuando se sentía bien. «El sofá de Rose», lo llamaba mamá. «Pon otra manta en el sofá de Rose. Algo que resalte la palidez de su piel, que haga que su cabello parezca aún más brillante».
Y el día de su partida se aproximaba. Rose lo sabía. Por fin mamá había admitido que Rose estaba lo suficientemente bien para encontrarse con un pretendiente. En los últimos meses, su madre había arreglado almuerzos con una procesión de jóvenes (¡y no tan jóvenes!) candidatos. Todos habían sido unos estúpidos -Eliza había entretenido a Rose durante horas después de cada visita con sus recreaciones y personificaciones- pero era una buena práctica. Porque el perfecto caballero estaba allá fuera, en alguna parte, esperándola. No sería para nada como su padre, sería un artista, con sentido de la belleza y de su grandeza, a quien le importaran un comino ni las piedras ni los insectos. Sería abierto y fácil de comprender, sus pasiones y sus sueños serían una luz en sus ojos. Y él la amaría a ella, sólo a ella.
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