Kate Morton - El jardín olvidado

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Una niña desaparecida en el siglo XX…
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– Me encantaría verlos.

– Claro que le encantaría, querida. Y por eso los verá. -Julia sonrió a Cassandra-. Estoy esperando a un grupo que debe llegar en la próxima media hora y Robyn me ha llenado la semana con los arreglos del festival. ¿Podríamos cenar el viernes, en mi apartamento? Rick estará en Londres, así que será una noche de mujeres. Podremos examinar los cuadernos de recortes de Rose y llorar a gusto durante un rato. ¿Qué tal suena eso?

– Fantástico -dijo Cassandra, sonriendo dubitativa. Era la primera vez que alguien la invitaba a compartir el llanto.

30

Mansión Blackhurst, 1907

Cuidando de no alterar su posición en el sillón y despertar la ira del artista, Rose se permitió bajar la vista, para poder observar la página más reciente de su cuaderno de recortes. Había estado trabajando en ella toda la semana, cada vez que el señor Sargent le había dado un descanso de su pose. Había un retal de satén rosa pálido que había sido usado para su vestido de cumpleaños, una cinta de su cabello, y en la parte inferior, con su mejor caligrafía, había escrito los versos de un poema de lord Tennyson: Pero ¿quién la ha visto agitar su mano?, ¿o de pie junto a la ventana? ¿Es conocida en toda la comarca, la dama de Shalott?

¡Cómo se identificaba Rose con la dama de Shalott! Condenada a pasar la eternidad en su cuarto, obligada siempre a percibir el mundo a distancia. Porque ¿acaso no había pasado la mayor parte de su vida así, encerrada?

Pero ya no. Rose había tomado una decisión: ya no estaría encadenada por los lúgubres pronósticos del doctor Matthews, por la preocupación constante de su madre. Aunque todavía delicada, Rose había aprendido que la fragilidad genera fragilidad, que nada marea tanto como pasar día tras día en aburrido confinamiento. Abriría la ventana cuando hiciera calor; tal vez se resfriara, pero tal vez no. Iba a vivir con la expectativa de casarse, tener hijos, envejecer. Y por fin, por su decimoctavo cumpleaños, Rose iba a echar una mirada a Camelot. Mejor que eso, iba a caminar por Camelot. Porque tras años de ruegos, mamá por fin había consentido: hoy, por primera vez, Rose iba a acompañar a Eliza a los bosques de Blackhurst.

Desde que Eliza llegara, hacía ya siete años, había traído consigo relatos del bosque. Cuando Rose yacía en su tibio cuarto oscuro, respirando el aire inmóvil de su última enfermedad, Eliza irrumpía por la puerta de modo tal que Rose casi podía oler el océano en su piel. Trepaba junto a Rose en la cama y colocaba una concha, o una polvorienta jibia, o un pequeño trozo de madera en su mano, y luego comenzaba su historia. Y en su mente, Rose veía el mar azul, sentía la cálida brisa en los cabellos, la ardiente arena bajo sus pies.

Algunos relatos eran invenciones de Eliza, otros los había aprendido en alguna parte. Mary, la criada, tenía hermanos que eran pescadores, y Rose sospechaba que disfrutaba conversando con ellos cuando debería estar trabajando. No con Rose, por supuesto, porque Eliza era diferente. Todos los sirvientes la trataban de modo diferente. De forma casi inapropiada, como si les gustara considerarse sus amigos.

Últimamente, Rose había comenzado a sospechar que Eliza se estaba aventurando más allá de la propiedad, que incluso había conversado con uno o dos lugareños, porque sus relatos ahora tenían otro tono. Eran ricos en detalles de embarcaciones y navegantes, sirenas y tesoros, aventuras por el mar, relatados en un lenguaje colorido que Rose saboreaba secretamente: y había una mirada más expansiva en los ojos de la narradora, como si hubiera probado las cosas prohibidas de las que hablaba.

Una cosa era cierta, mamá se pondría lívida de saber que Eliza había estado en el pueblo, que se había mezclado con la gente común. Ya le fastidiaba bastante que Eliza hablara con la servidumbre, y sólo por eso Rose era capaz de tolerar la amistad de Eliza con Mary. Si su madre quisiera preguntarle a Eliza adonde había ido, seguramente ésta no le mentiría, aunque Rose no estaba segura de qué podría hacer su madre al respecto. En todos sus años de intentos, había sido incapaz de encontrar un castigo que detuviera a Eliza.

El castigo de que se la considerara maleducada no significaba nada para Eliza. El que la enviaran al cuarto de trastos debajo de la escalera sólo le daba tiempo y tranquilidad para inventar más historias. El negarle nuevos vestidos -un auténtico castigo para Rose- apenas si le sacaba un suspiro: Eliza estaba más que contenta vistiendo los vestidos que Rose descartaba. Cuando era cuestión de castigos, era como la heroína en una de sus historias, protegida por un encantamiento.

Observar los inútiles esfuerzos de su madre por disciplinar a Eliza le daba un secreto placer. Cada castigo era recibido con un parpadeo de sus ojos azules, un encogerse de hombros despreocupado y un ingenuo «Sí, tía». Como si Eliza en verdad no se hubiera dado cuenta de que su comportamiento podía resultar ofensivo. El encogerse de hombros en particular enfurecía a mamá. Hacía ya mucho que había descartado cualquier esperanza de que Rose convirtiera a Eliza en una correcta joven dama, se daba por satisfecha con que la hubiera convencido para que se vistiera de modo adecuado. (Rose había aceptado los cumplidos de mamá y silenciado la vocecilla que le susurraba que Eliza había desechado los remendados pantalones sólo cuando se le habían quedado pequeños). Había algo roto dentro de Eliza, decía mamá, como un pedazo de espejo en un telescopio, que le impedía funcionar correctamente. Le impedía sentir la adecuada vergüenza.

Como si leyera los pensamientos de Rose, Eliza se acomodó a su lado en el sofá. Habían estado sentadas sin moverse casi una hora, y el cuerpo de Eliza empezaba a resistirse. En numerosas ocasiones, el señor Sargent había tenido que recordarle que dejara de fruncir el ceño, que mantuviera la pose, mientras él arreglaba una parte del cuadro. Rose le había escuchado decir a su madre el día anterior que ya habría terminado, sólo que la muchacha con el cabello color fuego se negaba a sentarse sin moverse el tiempo suficiente para capturar su expresión.

Su madre se había estremecido de disgusto al oírlo. Hubiera preferido que Rose fuera el único modelo del señor Sargent, pero su hija se había empeñado. Eliza era su prima, su única amiga, por supuesto que tenía que estar en el retrato. Entonces Rose tosió un poco, mirando a mamá por entre sus pestañas, y el asunto quedó concluido.

Y aunque una parte de Rose disfrutó del desagrado de su madre, su insistencia en la inclusión de Eliza había sido sincera. Ella nunca había tenido una amiga. La oportunidad nunca se había presentado, e incluso si hubiera sucedido, ¿qué necesidad tenía de amigos una niña que no viviría mucho tiempo? Como la mayoría de los niños a los que las circunstancias han acostumbrado a sufrir, Rose encontró que tenía muy poco en común con otras niñas de su edad. No tenía interés en hacer rodar aros o en arreglar casas de muñecas, y se aburría con rapidez cuando debía soportar las agotadoras conversaciones respecto a su color, número o canción favorita.

Pero Eliza no era como las otras niñas. Rose lo había advertido desde el primer día, cuando se conocieron. Eliza tenía una manera de ver el mundo que era con frecuencia sorprendente, de hacer cosas completamente inesperadas. Cosas que mamá no podía tolerar.

Lo mejor respecto a Eliza, sin embargo, incluso aún mejor que su habilidad para irritar a su madre, eran sus historias. Sabía muchos relatos maravillosos que Rose nunca había escuchado. Historias aterradoras que hacían que se le erizara la piel y le sudaran los pies. Sobre la Otra Prima, y el río de Londres, y el siniestro Hombre Malo con el brillante puñal. Y por supuesto, la historia del barco negro que acechaba en la cala de Blackhurst. Y aunque Rose supiera que era otra de las fantasías de Eliza, le encantaba escuchar la historia. El barco fantasma que aparecía en el horizonte, el barco que Eliza aseguraba haber visto y por el que había pasado muchos días de verano en la cala esperando volver a verlo.

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