Nadie excepto Abuela.
En los últimos meses de la anciana, cuando había regresado como una osa herida a Blackhurst y se había retirado a su cuarto de la torre para morir, había tenido momentos de lucidez en los que hablaba cada tanto sobre un par de niños llamados Linus y Georgiana.
Rose sabía que Linus era su padre, por lo que dedujo que Georgiana debía de ser su hermana. La que había desaparecido antes de nacer Rose.
Había sucedido una mañana veraniega, Rose estaba descansando en el sillón junto a la ventana de la torre mientras una tibia brisa marina le cosquilleaba la nuca. Le gustaba sentarse junto a Abuela, estudiar su perfil mientras dormía, cada respiración quizá la última, la había estado observando con curiosidad mientras las gotas de sudor surcaban la frente de la anciana.
De pronto los ojos de Abuela parpadearon y se abrieron: eran grandes y pálidos, desgastados por toda una vida de amargura. Miró a Rose por un momento pero su mirada permaneció inmune al reconocimiento y la desvió a un lado, hipnotizada, o al menos eso parecía, por el gentil movimiento de las cortinas. El primer instinto de Rose fue llamar a su madre -habían pasado horas desde la última vez que despertara-, pero justo cuando estaba a punto de hacer sonar la campana, la anciana exhaló un suspiro. Un largo y cansado suspiro, tan completo que la delgada piel se hundió en los huecos de sus huesos.
Después, como surgida de la nada, una mano consumida tomó la muñeca de Rose.
– Una niña tan hermosa -dijo, en voz tan baja que Rose tuvo que inclinarse para escucharla-. Demasiado hermosa, una maldición. Todos los jóvenes se volvían para mirarla. Él no fue una excepción, la siguió a todas partes, pensó que no lo sabíamos. Ella escapó y no regresó, ni una palabra de mi Georgiana…
Ahora bien, Rose Mountrachet era una buena niña que conocía las reglas. ¿Cómo podía ser de otra manera? Toda su vida, confinada en el lecho de enferma, había sido el blanco de las charlas de su madre sobre las normas y la naturaleza de la buena sociedad. Sabía demasiado bien que una dama jamás debe usar perlas o diamantes por la mañana; nunca debe «cortar» socialmente a alguien; jamás debe, bajo ninguna circunstancia, reunirse a solas con un caballero. Pero, lo más importante de todo, sabía que debía evitar el escándalo a cualquier precio, ése era un mal cuya mera apariencia podía dañar a una dama allí donde se encontrara. Dañar, cuando menos, su buen nombre.
Y sin embargo, la mención de su errante tía, el seductor aroma a escándalo familiar, no alteró a Rose. Por el contrario, le brindó un delicioso escalofrío por la espalda. Por primera vez en años sintió que las puntas de los dedos le ardían de excitación. Se inclinó aún más cerca, deseando que Abuela continuara, ansiosa por seguir la conversación mientras entraba en aguas desconocidas.
– ¿Quién, Abuela? -preguntó Rose-. ¿Quién la siguió? ¿Con quién se escapó?
Pero Abuela no respondió. Cualesquiera que fueran los escenarios que aparecían en su mente, rechazaban ser manipulados. Rose persistió sin éxito. Y al final tuvo que contentarse con examinar una y otra vez la pregunta en su mente, el nombre de su tía convirtiéndose en símbolo de un tiempo oscuro y peligroso. De todo lo que era injusto y malévolo en el mundo…
– ¿Rose? -Las cejas de mamá estaban unidas en un leve frunce, un gesto habitual que trataba de disimular pero que Rose se había vuelto experta en reconocer-. ¿Has dicho algo, mi niña? Estabas susurrando. -Extendió una mano para tomar la temperatura de Rose.
– Estoy bien, mamá, sólo un poco distraída con mis pensamientos.
– Pareces agitada.
Rose apretó su mano contra su frente. ¿Estaba agitada? No sabría decirlo.
– Enviaré nuevamente al doctor Matthews antes de que se vaya -dijo mamá-. Prefiero ser escrupulosa antes que tener que lamentarlo.
Rose cerró los ojos. Otra visita del doctor Matthews, dos en una misma tarde. Era más de lo que podía tolerar.
– Hoy estás demasiado débil para recibir a nuestro nuevo proyecto -dijo mamá-. Hablaré con el doctor y, si a él le parece apropiado, conocerás a Eliza mañana. ¡Eliza! ¡Imagina darle el nombre de la familia Mountrachet a la hija de un marinero!
Un marinero, eso era una novedad. Los ojos de Rose se abrieron de golpe.
– ¿Mamá?
Su madre volvió a enrojecer. Había dicho más de lo que debía, un desliz inusual en su armadura de buenos modales.
– El padre de tu prima era un marinero. No hablamos de él.
– ¿Mi tío era marinero?
Mamá tomó aliento y se llevó su delgada mano a la boca.
– Él no era tu tío, Rose, no era nada tuyo o mío. No estaba más casado con tu tía Georgiana que yo.
– ¡Pero mamá! -Era más escandaloso que lo que Rose había sido capaz de inventar por sí misma-. ¿Qué es lo que quieres decir?
La voz de su madre era casi imperceptible.
– Puede que Eliza sea tu prima, Rose, y no nos queda más alternativa que tenerla en casa. Pero es de clase baja, no te equivoques. En verdad ha sido muy afortunada de que la muerte de su madre la haya traído de regreso a Blackhurst. Después de toda la vergüenza que sufrió esta familia en manos de su madre. -Sacudió la cabeza-. Casi mató a tu padre del disgusto cuando huyó. No puedo soportar pensar qué habría sucedido si yo no hubiera estado aquí para apoyarlo durante el escándalo. -Miró directamente a Rose. Su voz temblaba levemente-. Una familia puede soportar sólo una determinada cantidad de vergüenza antes de que su buen nombre quede dañado irreparablemente. Por eso es tan importante que tú y yo llevemos una vida intachable. Tu prima Eliza será un desafío, no me cabe duda al respecto. Ella nunca será una de nosotros, pero con nuestro esfuerzo la sacaremos de las alcantarillas londinenses.
Rose pretendió concentrarse en la arrugada manga de su camisón.
– ¿Puede una niña de baja cuna ser educada para pasar por una dama, mamá?
– No, mi niña.
– ¿Ni siquiera si es recibida por una familia noble? -Rose miró a su madre entre sus pestañas-. ¿Tal vez casándose con un caballero?
Mamá volvió sus ojos agudos sobre Rose y dudó antes de responder cautelosa.
– Es posible, por supuesto, que una niña de orígenes humildes pero honestos, que trabaje incesantemente para mejorar, pueda subir de categoría. -Respiró hondo para recuperar la compostura-. Pero me temo que en el caso de tu prima no es fácil. Debemos moderar nuestras expectativas, Rose.
– Por supuesto, mamá.
El verdadero motivo de la incomodidad de su madre se quedó flotando entre ambas, aunque si su madre hubiera sospechado que Rose lo sabía, se habría sentido mortificada. Era otro secreto de familia que Rose había conseguido extraer de su agonizante abuela. Un secreto que explicaba mucho: la animosidad entre las dos matriarcas, e incluso más aún, la obsesión de su madre por los buenos modales, su devoción a las reglas de sociedad, su esfuerzo por presentarse siempre como un paradigma de corrección.
Lady Adeline Mountrachet podía haber tratado de borrar toda mención de la verdad mucho tiempo atrás -la mayoría de los que la conocían habían sido compelidos a que la borraran de sus memorias, y quienes no lo habían hecho eran demasiado conscientes de su posición como para atreverse a decir una palabra sobre los orígenes de lady Mountrachet-, pero Abuela no había sentido semejantes escrúpulos. Ella había estado más que feliz en recordar a la niña de Yorkshire cuyos piadosos padres, agobiados por los malos tiempos, habían brincado de alegría ante la oportunidad de enviarla a la mansión Blackhurst, en Cornualles, donde podría servir como protegida para la majestuosa Georgiana Mountrachet.
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