– Busqué a la más sosa ratoncilla que pude encontrar, lo más pía posible, con esperanza de que algo de ella se le pegara a mi hija. No sospeché ni por un momento que mi exótica ave levantaría el vuelo y que el ratón usurparía su lugar. Supongo que debería felicitarte. Al final has ganado. ¿No es así, lady Mountrachet?
Y así había sido. De orígenes humildes, con fuerza de voluntad y determinación, Adeline había ascendido en el mundo, más alto de lo que sus padres hubieran imaginado jamás, cuando permitieron su partida hacia una desconocida localidad en Cornualles.
Y había continuado trabajando duramente, incluso después de su casamiento y de asumir el título de lady Mountrachet. Conducía con mano de hierro para que, por mucho barro que lanzaran en su dirección, nada se adhiriera a su familia, a su gran casa. Y eso no iba a cambiar. La niña de Georgiana estaba ahora allí, eso no podía evitarse. Pero estaba en sus manos asegurarse de que la vida en la mansión Blackhurst continuara como siempre.
Sólo necesitaba deshacerse del persistente temor de que, con la llegada de Eliza a Blackhurst, Rose se convirtiera, de alguna manera, en la perdedora…
Adeline hizo a un lado las dudas que le aguijoneaban la piel y se concentró en recuperar su compostura. Siempre había sido muy sensible en lo referente a Rose, como consecuencia de tener una niña delicada. A su lado, el perro, Askrigg, se quejó. También él había estado inquieto todo el día. Adeline se agachó y acarició la cuadrada cabeza.
– Shhh -dijo-. Todo saldrá bien. -Rascó sus enarcadas cejas-. Yo me aseguraré de ello.
No había nada que temer, porque ¿qué riesgo podía presentar esa intrusa, esa niña delgaducha de cabellos mal cortados y piel descolorida a causa de una vida de pobreza en Londres, para Adeline y su familia? Uno sólo tenía que ver a Eliza para darse cuenta de que no era Georgiana, gracias a Dios. Tal vez esos sentimientos inquietantes no eran miedo, después de todo, sino alivio. Alivio al haberse enfrentado a sus peores temores para verlos disiparse. Porque con la llegada de Eliza también había recibido el confort adicional de saber a ciencia cierta que Georgiana había partido para siempre, para no volver nunca más. Y en su lugar sólo había una niña abandonada, sin el genuino poder de su madre para subyugar a todos a hacer su voluntad sin ni siquiera esforzarse.
La puerta se abrió, permitiendo que una ráfaga de viento agitara las llamas.
– La cena está servida, milady.
Cómo despreciaba Adeline a Thomas, los despreciaba a todos. A pesar de sus «sí, milady» y «no, milady», «la cena está servida, milady», etcétera, sabía lo que en el fondo todos pensaban de ella, lo que siempre habían pensado.
– ¿El señor? -Su voz más fría y autoritaria.
– Lord Mountrachet viene de camino del cuarto oscuro, milady.
El maldito cuarto oscuro, por supuesto que estaba allí. Había escuchado la llegada de su carruaje mientras soportaba el té junto al doctor Matthews. Había mantenido un oído atento en el vestíbulo esperando los familiares pasos de su esposo -pesado, liviano, pesado, liviano- pero nada. Debería haber adivinado que iría derecho a su endemoniado cuarto oscuro.
Thomas seguía mirándola, por lo que Adeline reacomodó su compostura. Antes sufriría en manos de Lucifer que permitir que Thomas tuviera la satisfacción de percibir una discordia matrimonial.
– Vaya a asegurarse personalmente -indicó con la mano- de que las botas del señor estén limpias de ese espantoso barro escocés.
* * *
Linus ya estaba sentado cuando Adeline llegó a la mesa. Había comenzado con la sopa y no alzó la vista cuando ella entró. Estaba demasiado ocupado estudiando las fotografías en blanco y negro que yacían en su extremo de la larga mesa: musgo, mariposas y ladrillos, los despojos de su reciente viaje.
Viéndolo, Adeline sufrió un golpe de calor. ¿Qué dirían los demás si supieran que la mesa de Blackhurst era testigo de semejante comportamiento? Miró de reojo a Thomas y al criado, cada uno mirando a una pared. Pero Adeline no se engañaba, ella sabía que detrás de sus expresiones vidriosas, sus mentes estaban ocupadas: juzgando, tomando nota, preparándose para contarles a sus colegas de las otras casas la decadencia de costumbres de la mansión Blackhurst.
Adeline se sentó rígidamente en su lugar y esperó a que el criado colocara la sopa frente a ella. Tomó un breve sorbo y se quemó la lengua. Observó cómo Linus, la cabeza inclinada, continuaba su inspección de las fotografías. La pequeña calvicie en el cráneo se estaba expandiendo. Parecía como si un gorrión hubiera estado trabajando, acomodando las primeras hierbas para un nuevo nido.
– ¿Está la niña aquí? -dijo, sin alzar la vista.
Adeline sintió que le quemaba la piel.
– Está.
– ¿La has visto?
– Por supuesto. Ha sido acomodada en el piso superior.
Por fin alzó la cabeza, tomó un sorbo de vino. Luego otro.
– ¿Y es… es como…?
– No. -La voz de Adeline era gélida-. No, no lo es. -Apretó los puños en su regazo.
Linus exhaló un breve suspiro, tomó un trozo de pan y comenzó a masticarlo. Habló con la boca llena, seguramente para irritarla.
– Mansell dijo lo mismo.
Si alguien iba a ser culpado por la llegada de la niña ése era Henry Mansell. Puede que Linus quisiera el regreso de Georgiana, pero era Mansell quien había mantenido viva la esperanza. El detective, con su espeso bigote y sus finos anteojos, había tomado el dinero de Linus y enviado frecuentes informes. Todas las noches Adeline había rezado para que Mansell fracasara, para que Georgiana permaneciera lejos, y Linus se resignara a dejarla partir.
– ¿Tuviste un buen viaje? -preguntó Adeline.
No hubo respuesta. Una vez más, la mirada en las fotografías.
El orgullo de Adeline le impidió echar una mirada de reojo a Thomas. Acomodó sus facciones en una máscara de contenida calma e intentó tomar un nuevo sorbo de sopa, ahora más tibia. El rechazo de Linus hacia ella era una cosa -había comenzado poco después de su matrimonio-, pero la completa negación de Rose era otra. Ella era su hija; su sangre corría por sus venas, la sangre de su noble familia. Que pudiera permanecer tan distante era algo que Adeline no podía concebir.
– El doctor Matthews estuvo hoy otra vez -dijo-. Otra infección.
Linus alzó la vista, los ojos cubiertos por el familiar velo de desinterés. Comió otro trozo de pan.
– Nada demasiado serio, a Dios gracias -continuó Adeline, alentada por su mirada-. No hay motivos para preocuparse.
Linus tragó el pedazo de pan.
– Mañana parto para Francia -anunció inexpresivo-. Hay una puerta en Notre Dame… -Su frase se desvaneció. El compromiso de mantener informada a Adeline sólo llegaba hasta cierto punto.
La ceja izquierda de Adeline se alzó levemente antes de que la controlara y la bajara a su lugar.
– Fantástico -declaró, formando con sus labios una apretada sonrisa, ahogando la imagen, proveniente de ninguna parte, de Linus en el pequeño bote, con la cámara en dirección a una figura vestida toda de blanco.
Allí estaba, la roca negra de la historia de William Martin. Desde la cima del acantilado, Nell observó cómo la espuma blanca del mar se encrespaba en torno a la base antes de entrar en la ensenada y ser aspirada por la marea. No le hizo falta mucho para imaginar la cala como lugar de feroces tormentas, barcos naufragando y ataques nocturnos de contrabandistas.
A lo largo del acantilado, una línea de árboles se alzaba como soldados de infantería, bloqueándole la vista de la casa de Blackhurst, la casa de su madre.
Читать дальше