Kate Morton - El jardín olvidado

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Una niña desaparecida en el siglo XX…
En vísperas de la Primera Guerra Mundial, una niña es abandonada en un barco con destino a Australia. Una misteriosa mujer llamada la Autora ha prometido cuidar de ella, pero la Autora desaparece sin dejar rastro…
Un terrible secreto sale a la luz…
En la noche de su veintiún cumpleaños, Nell O’Connor descubre que es adoptada, lo que cambiará su vida para siempre. Décadas más tarde, se embarca en la búsqueda de la verdad de sus antepasados que la lleva a la ventosa costa de Cornualles.
Una misteriosa herencia que llega en el siglo XXI…
A la muerte de Nell, su nieta Casandra recibe una inesperada herencia: una cabaña y su olvidado jardín en las tierras de Cornualles que es conocido por la gente por los secretos que estos esconden. Aquí es donde Casandra descubrirá finalmente la verdad sobre la familia y resolverá el misterio, que se remonta un siglo, de una niña desaparecida.

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– Me pregunto -dijo, mientras el fuego entibiaba su costado, de modo que le escocía agradablemente- si de joven conoció a Eliza Makepeace. Era una escritora. Linus y Adeline Mountrachet eran sus tutores.

Hubo una pausa palpable. La voz de William se oyó, rasposa por el whisky.

– Todos conocían a Eliza Makepeace.

Nell respiró hondo. Por fin.

– ¿Sabe qué sucedió con ella? -inquirió, apresuradamente-. Al final, quiero decir.

Negó con la cabeza.

– Eso no lo sé.

Una nueva reticencia se había apoderado del comportamiento del anciano, una prevención que había estado ausente hasta ese momento. Pese a que su corazón se había llenado de esperanza, Nell sabía que tenía que avanzar con cuidado. No quería que el anciano se encerrara en su caparazón. No ahora.

– ¿Y antes, cuando vivía en Blackhurst? ¿Qué puede contarme?

– Dije que la conocía. No tuve oportunidad de tratarla mucho, no era bienvenido en la gran mansión. Los que estaban a su cargo tuvieron bastante que ver al respecto.

Nell insistió.

– Por lo que pude averiguar, Eliza fue vista por última vez en Londres en 1913. Estaba con una niña pequeña, Ivory Walker, de casi cuatro años de edad. La hija de Rose Mountrachet. ¿Se le ocurre alguna razón, cualquier motivo, por el cual Eliza podría haber estado planeando un viaje a Australia con la hija de otra persona?

– No.

– ¿Alguna idea de por qué la familia Mountrachet pudo haberle dicho a la gente que su nieta había muerto cuando en verdad estaba bien viva?

Se le quebró la voz.

– No.

– ¿Entonces usted sabía que Ivory estaba viva a pesar de los informes en contra?

El fuego chisporroteó.

– Eso no lo sabía, porque no fue así. Esa niña murió de escarlatina.

– Sí, sé que eso fue lo que se dijo en aquel momento. -Nell sentía su rostro caliente, y que le latían las sienes-. También sé que no es verdad.

– ¿Cómo puede saber una cosa así?

– Porque yo era esa niña. -A Nell se le quebró la voz-. Llegué a Australia cuando tenía cuatro años. Eliza Makepeace me puso en un barco cuando todos pensaron que había muerto, y nadie parece poder decirme por qué.

La expresión de William era difícil de interpretar. Dio la sensación de estar a punto de responder pero no lo hizo.

En cambio, se puso de pie, estiró los brazos y sacó la panza.

– Estoy cansado -dijo refunfuñando-. Es hora de que me vaya a acostar. -Llamó-: ¿Robyn? -Y otra vez más, más fuerte-: ¡Robyn!

– ¿Gump? -Robyn llegó de la cocina, con el trapo en la mano-. ¿Qué sucede?

– Me voy a dormir. -Comenzó a dirigirse hacia las estrechas escaleras en curva.

– ¿No quieres otra taza de té? Lo estábamos pasando tan bien.

William apoyó su mano en el hombro de Robyn al pasar a su lado.

– Pon la madera en el agujero cuando salgas, ¿de acuerdo? No querernos que se nos meta la niebla.

Mientras la sorpresa desorbitaba los ojos de Robyn, Nell recogió su abrigo.

– Debo marcharme.

– Lo siento mucho -se excusó Robyn-. No sé qué ha podido pasar. Está viejo, se cansa…

– Claro. -Nell terminó de abrocharse los botones. Sabía que debía disculparse, después de todo era por su culpa por lo que el anciano se había alterado, y sin embargo no pudo hacerlo. La decepción se le atravesó como una rodaja de limón en la garganta-. Gracias por su tiempo -alcanzó a decir al salir por la puerta a la opresiva humedad.

Nell miró hacia atrás cuando llegó al pie de la colina y vio que Robyn la seguía mirando. Alzó un brazo para saludar cuando la otra mujer hizo lo propio.

William Martin podía estar mayor y cansado, pero había algo más en su repentina partida. Nell debía saberlo, había guardado su propio espinoso secreto el tiempo suficiente como para reconocer a un espíritu herido como ella. William sabía más de lo que decía y la necesidad de Nell por descubrir la verdad era mayor que el derecho a la intimidad del anciano.

Apretó los labios y agachó la cabeza enfrentándose al viento. Estaba decidida a convencerlo para que le dijera todo lo que sabía.

26

Mansión Blackhurst, Cornualles, 1900

Eliza tenía razón: el nombre de «Rose» era perfecto para una princesa de un cuento de hadas, y por cierto Rose Mountrachet disfrutaba del raro privilegio de la belleza correspondiente a ese papel. Lo triste sin embargo, para la pequeña, era que los primeros once años de su vida habían sido cualquier cosa menos un cuento de hadas.

– Abre todo lo que puedas. -El doctor Matthews sacó la varilla de madera de su maletín de cuero y aplastó la lengua de Rose. Se inclinó hacia delante para examinarle la garganta, su rostro tan cerca que la niña tuvo la desagradable oportunidad de hacer una inspección recíproca de los pelos de su nariz-. Hmmm -murmuró, haciendo que sus pelos se agitaran.

Rose tosió débilmente, cuando al retirar la lengüeta le raspó la lengua.

– ¿Y bien, doctor? -Su madre salió de las sombras, tamborileando los pálidos dedos contra el vestido azul oscuro.

El doctor Matthews se irguió.

– Hizo bien en llamar, lady Mountrachet. Hay, en verdad, una inflamación.

La madre suspiró.

– Eso fue lo que pensé. ¿Tiene algún preparado, doctor?

Mientras el doctor Matthews describía el tratamiento recomendable, Rose volvió la cabeza hacia un costado y cerró los ojos. Bostezó levemente. Hasta donde podía recordar, había sabido que no iba a estar mucho tiempo en este mundo.

A veces, en momentos de mayor debilidad, Rose se permitía imaginar cómo podría ser su vida si no supiera su final, si el futuro se extendiera frente a ella, indefinidamente, una larga carretera con vueltas y más vueltas que no podía anticipar. Con postes indicadores que podían incluir el debut en sociedad, un marido, hijos. Una gran casa propia con la cual impresionar a las otras damas. Porque, oh, sí era sincera, cuánto deseaba una vida así.

Sin embargo, no se permitía imaginar esto con frecuencia. ¿Qué sentido tenía lamentarse? En cambio, esperaba, convalecía, trabajaba en su cuaderno de recortes. Leía, cuando podía, sobre lugares que nunca visitaría, y sobre hechos que nunca le serían de utilidad, para conversaciones que nunca mantendría. Esperando el próximo e inevitable, episodio que la llevara más cerca de El Fin, esperando que la próxima dolencia fuera un poquito más interesante que la anterior. Algo con menos dolor y mayor recompensa. Como la vez que se había tragado el dedal de mamá.

No había querido hacerlo, desde luego. Si no hubiera sido tan brillante, tan reluciente en su estuche de plata, no habría pensado en tocarlo. Pero lo era y lo cogió. ¿Qué niña de ocho años se hubiera comportado de otro modo? Había estado intentando balancearlo en la punta de la lengua, un poco como el payaso en su libro sobre el Circo Meggendorfer, el que balanceaba la pelota roja sobre su graciosa nariz puntiaguda. Ciertamente no era muy apropiado, pero ella sólo era una niña, y además, había estado realizando la prueba durante meses sin tropiezos.

El episodio con el dedal había resultado bien, después de todo. El doctor había sido llamado de inmediato, un nuevo médico joven que empezaba a ejercer en el pueblo. La revisó y auscultó e hizo lo que hacen los doctores, antes de hacer una temblorosa sugerencia respecto a una nueva herramienta de diagnóstico que podía serles de utilidad. Tomaría una fotografía que le permitiría observar dentro del estómago de Rose sin tener siquiera que levantar un escalpelo. Todos habían quedado satisfechos con la sugerencia: su padre, cuya experiencia con la cámara significó que fuera llamado para tomar la nueva fotografía; el doctor Matthews, porque fue capaz de publicar las fotos en una revista especializada llamada Lancet; y su madre, porque la publicación generó una oleada de excitación en sus círculos sociales.

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