Kate Morton - El jardín olvidado

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– ¿Sabe alguien el nombre de este niño?

La muchedumbre se movió un poco, empujándose mientras se miraban unos a otros, alzaban los hombros, sacudían las cabezas.

– Puede que lo haya visto por aquí -dijo una voz dubitativa.

Eliza miró el brillante ojo negro del caballo. Mientras el mundo y sus ruidos parecían girar a su alrededor, el caballo se mantenía inmóvil. Se miraron el uno a la otra y, en ese momento, sintió como si la estuviera viendo por dentro. Observó el vacío que se había abierto en ella y que pasaría el resto de su vida intentando cerrar.

– Alguien debe de conocerlo -dijo el carnicero.

La multitud estaba en silencio, la atmósfera todavía más espectral.

Eliza sabía que tenía que odiar a la bestia negra, que debía despreciar sus fuertes patas, sus tersos y duros muslos, pero no fue así. Mirándolo fijamente, sintió casi un reconocimiento, como si el caballo comprendiera, como nadie más podía, el vacío dentro de ella.

– Listo -dijo el carnicero. Silbó y apareció un joven aprendiz-. Trae el carro y llévate al muchacho. -El aprendiz se apresuró a entrar y regresó con un carro de madera. Mientras cargaba el quebrado cuerpo del niño, el barrendero comenzó a limpiar la ensangrentada calle.

– Creo que vive en la calle Battersea Church -dijo una voz lenta y firme. Sonaba como la de uno de los hombres del despacho de abogados donde Madre había trabajado, pero no era una voz encopetada, sino más pastosa que la de los habitantes de la otra orilla.

El carnicero alzó la vista para ver de dónde provenía.

Un hombre alto con anteojos y un abrigo pulcro pero gastado se adelantó, saliendo de la niebla.

– Lo vi por allí el otro día.

Se escuchó un murmullo mientras la multitud digería la información. Miraron nuevamente el cuerpo destrozado del pequeño.

– ¿Alguna idea de qué casa, patrón?

– Me temo que no lo sé.

El carnicero hizo una señal a su asistente.

– Llévalo a la calle Battersea Church y pregunta allí. Alguien tiene que conocerlo.

El caballo movió la cabeza en dirección a Eliza, la bajó tres veces y luego resopló y apartó la vista.

Eliza parpadeó.

– Espere -dijo, casi en un suspiro.

El carnicero la miró.

– ¿Eh?

Todos los ojos se volvieron a ella, una niña esmirriada con una larga trenza de color oro rojizo. Eliza miró al hombre de los anteojos. Las lentes eran brillantes y blancas, así que no pudo ver sus ojos.

El carnicero extendió la mano para silenciar a la multitud.

– Entonces qué, niña. ¿Conoces el nombre de este infortunado muchachito?

– Su nombre es Sammy Makepeace -dijo Eliza-. Y es mi hermano.

* * *

Madre había dejado apartado un dinero para su funeral, pero no había previsto semejante medida para sus hijos. Era natural, ¿qué padre piensa que algo así vaya a ser necesario?

– Tendrá un funeral para pobres en Santa Brígida -dijo la señora Swindell, al caer esa misma tarde. Sorbió un poco de sopa de su cuchara antes de señalar a Eliza, que estaba sentada en el suelo-. Volverán a abrir la sepultura el próximo miércoles. Hasta entonces, supongo que tendremos que tenerlo aquí. -Se mordió el interior de la mejilla, empujando hacia fuera el labio inferior-. Arriba, por supuesto. No podemos dejar que el hedor espante a los clientes.

Eliza había oído hablar de los funerales en Santa Brígida. La fosa común, reabierta cada semana, la pila de cuerpos, el clérigo murmurando un rápido sermón para poder escapar del espantoso hedor del vecindario tan pronto como fuera posible.

– No -refutó-, en Santa Brígida no.

La pequeña Hatty dejó de masticar su pan, el bocado quedó en su carrillo derecho mientras miraba, con ojos muy abiertos, a su madre y luego a Eliza.

– ¿No? -Los delgados dedos de la señora Swindell se aferraron a su cuchara.

– Por favor, señora Swindell -pidió Eliza-. Deje que tenga un funeral como debe ser. Como el de Madre. -Se mordió la lengua para evitar llorar-. Quiero que esté con Madre.

– Ah, ¿eso quieres, verdad? ¿Y un coche fúnebre, tal vez? ¿Y un par de plañideras profesionales? Supongo que crees que el señor Swindell y yo deberíamos pagar el lujoso funeral. -Respiró sonoramente, disfrutando de su ácido discurso-. A diferencia de lo que cree la gente, señorita, no somos una casa de beneficencia, así que a menos que cuentes con fondos, ese muchacho va a pasar a mejor vida en Santa Brígida. Suficientemente bueno para los que son como él, además.

– No quiero una carroza fúnebre, señora Swindell, ni plañideras. Sólo un entierro, una tumba propia.

– ¿Y quién crees que se ocuparía de arreglar todo eso?

Eliza tragó saliva.

– El hermano de la señora Barrer es sepulturero, tal vez él podría. Seguramente, si usted se lo pidiera, señora Swindell…

– ¿Desperdiciar un favor en el idiota de tu hermano?

– No es ningún idiota.

– Lo suficientemente idiota como para que lo aplastara un caballo.

– No fue su culpa, fue la niebla.

La señora Swindell sorbió más sopa.

– Ni siquiera quería salir -recordó Eliza.

– Claro que no quería -dijo la señora Swindell-. Él no era de esa clase. Tú sí.

– Por favor, señora Swindell, puedo pagarlo.

Las cejas se le enarcaron.

– ¿Ah, puedes hacerlo? ¿Con promesas y rayos de luz de luna?

Eliza pensó en su bolsa de cuero.

– Yo… yo tengo algo de dinero.

La boca de la señora Swindell se abrió y dejó escapar un hilo de sopa.

– ¿Algo de dinero?

– Sólo un poquito.

– Ah, mira que eres tramposa, muchacha. -Apretó los labios como si fuera una bolsa de dinero-. ¿Cuánto?

– Un chelín.

La señora Swindell gritó de la risa; un espantoso ruido tan extraño, tan desalmado, que su pequeña hija comenzó a llorar.

– ¿Un chelín? -escupió-. Un chelín ni siquiera llega para los clavos con que cerrar el ataúd.

El broche de Madre. Podía vender el broche. Es verdad que Madre le había hecho prometer no desprenderse de él, a menos que el Hombre Malvado la amenazara, pero seguramente en una situación como ésta…

La señora Swindell estaba tosiendo, ahogándose con súbito regocijo. Se golpeó el huesudo pecho, después dejó a Hatty gateando en el piso.

– Basta de súplicas, que no puedo ni escucharme pensar.

Se sentó un momento, y luego miró a Eliza entrecerrando los ojos. Asintió varias veces, mientras forjaba su plan.

– Tus ruegos me han decidido. Me voy a ocupar personalmente de que el muchacho no obtenga nada mejor de lo que merece. Tendrá un funeral para pobres.

– Por favor…

– Y me darás tu chelín por los inconvenientes.

– Pero señora Swindell…

– Ni señora Swindell ni nada. Eso te enseñará a no ser tramposa, ocultando dinero. Espera a que el señor Swindell llegue a casa y se entere de eso, entonces recibirás tu merecido. -Le pasó el cuenco a Eliza-. Ahora sírveme otra ración, y ve a llevar a Hatty a la cama.

* * *

Las noches eran lo más duro. Sola en el diminuto cuarto por primera vez en su vida, con los ruidos de la calle que parecían acrecentarse y las sombras acechando sin motivo, Eliza cayó víctima de sus pesadillas. Pesadillas mucho peores que las que había imaginado en sus historias.

Durante el día, era como si el mundo estuviera del revés, igual que una prenda colgada a secar. Todo tenía la misma forma, tamaño y color; sin embargo, algo estaba mal. Y aunque el cuerpo de Eliza funcionaba como antes, su mente vagaba por el paisaje de sus miedos. Una y otra vez se hallaba imaginando a Sammy en el fondo de la tumba de Santa Brígida, yaciendo, los miembros torcidos donde había sido lanzado entre los cuerpos de los muertos sin nombre. Atrapado bajo la tierra, los ojos abiertos, la boca intentando decir que había sido un error, que en verdad no estaba muerto.

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