Un solo vistazo le confirmó que Sarah no estaba acechando. Eliza se le acercó.
– ¡Sammy! -susurró.
Nada, no la había oído.
– ¡Sammy!
Dejó de sacudir su rodilla y se inclinó de modo que su cabeza apareció al otro lado del mostrador. El cabello le caía, lacio, hacia un lado.
– Afuera hay niebla.
Su expresión neutra reflejaba lo evidente de la afirmación. Se encogió levemente de hombros.
– Densa como barro de alcantarilla, la luz de las lámparas ha desaparecido. Perfecta para el Destripador.
Eso atrajo la atención de Sammy. Permaneció inmóvil por un momento, considerándolo, luego sacudió la cabeza. Señaló la silla del señor Swindell, con su manchado respaldo hundido donde los huesos de su espalda se apoyaban, noche tras noche, cuando regresaba de la taberna.
– Ni siquiera sabrá que nos hemos ido. Estará fuera mucho tiempo, al igual que ella.
Él volvió a sacudir la cabeza, pero esta vez con algo menos de vigor.
– Estarán ocupados toda la tarde, ninguno dejaría pasar la oportunidad de ganarse una moneda extra. -Eliza notaba que lo estaba convenciendo. Él era parte de ella, después de todo, siempre había sido capaz de leer sus pensamientos-. Vamos, no tardaremos mucho. Iremos sólo hasta el río, y luego daremos la vuelta. Puedes elegir quién quieres ser.
Eso lo convenció, tal como esperaba. Los sombríos ojos de Sammy se encontraron con los suyos.
Alzó la mano, cerrada en un pequeño y pálido puño, como si sostuviera un cuchillo.
* * *
Mientras Sammy aguardaba junto a la puerta, esperando a que pasaran los diez segundos de ventaja que se le otorgaban a quien hiciera de Madre, Eliza se alejó. Pasó agachándose por debajo de las ropas tendidas de la señora Swindell, rodeando el carro del trapero, y se dirigió hacia el río. La excitación hacía que su corazón palpitara. Esa sensación de peligro era deliciosa. Oleadas de miedo se estrellaban bajo su piel mientras avanzaba, abriéndose paso entre la gente, carros, perros, paseantes, todos borrosos por la niebla, mientras en sus oídos cosquilleaban unos pasos detrás de ella, acercándose, acercándose para atraparla.
A diferencia de Sammy, Eliza amaba al río. La hacía sentirse cerca de su padre. Madre no les había proporcionado mucha información sobre el pasado, pero una vez contó que su padre había crecido en otro meandro del mismo río. Había aprendido su oficio de marinero en un barco carbonero, antes de sumarse a otra tripulación y embarcarse para alta mar. A Eliza le gustaba pensar en todo lo que debía de haber visto en ese codo del río, cerca del Muelle de las Ejecuciones, en donde se ahorcaba a los piratas, dejándoles colgando de las cadenas hasta que tres mareas cubrieran sus cuerpos. Bailando la danza de la soga, como decían los viejos.
Eliza tembló, imaginando los cuerpos sin vida, imaginándose la sensación de que tu último respiro se estrangulara en la garganta, y luego reprendiéndose por distraerse. Era el tipo de distracción en la que Sammy caía con frecuencia. Y eso estaba bien para Sammy: Eliza sabía que debía tener más cuidado.
A ver, ¿por dónde se oían los pasos de Sammy? Se esforzó en escucharlos, se concentró. Escuchó gaviotas en el río, las sogas golpeando contra los mástiles, los cascos de los barcos hinchándose, una carretilla traqueteando, el vendedor de papel matamoscas anunciando: «Atrápelas vivas», los pasos apurados de una mujer, el chico que vendía diarios anunciando el precio de su periódico…
De pronto, detrás de ella, un choque. El relinchar de un caballo. El grito de un hombre.
A Eliza le dio un salto el corazón, casi se dio la vuelta, intrigada por ver qué había sucedido. Se detuvo justo a tiempo. No era fácil. Era de naturaleza curiosa, Madre siempre se lo decía, sacudía la cabeza y chasqueaba la lengua, advirtiéndole que si no aprendía a controlar su imaginación terminaría por dar contra una montaña hecha de sus propias fantasías. Pero si Sammy se las ingeniaba para acercarse a ella y la veía espiando, ella tendría que darse por vencida. Ya casi estaba junto al río. El olor del barro del Támesis mezclado con el de la niebla. Casi había ganado, sólo tenía que avanzar un poco más.
Se escuchaba ahora una algarabía de voces lejanas y el tañido cada vez más cercano de una campana. El estúpido caballo seguramente se había chocado contra el carro del afilador, los caballos siempre enloquecían un poco con la niebla. ¡Pero qué estruendo! ¿Qué posibilidad tendría de oír a Sammy si éste elegía atacarla en ese momento?
Vislumbró el muro de piedra al borde del río, flotando levemente en la niebla.
Eliza sonrió y salió a la carrera esos últimos metros.
En términos estrictos, correr iba contra las reglas, pero no pudo contenerse. Sus manos tocaron las pegajosas piedras y ella dio un chillido de placer. Había llegado, había ganado, triunfado sobre el Destripador una vez más.
Eliza se subió a la muralla y se sentó triunfante, mirando hacia la calle de donde había venido. Golpeó con los talones contra la roca y examinó la cortina de niebla en busca de la silueta de Sammy. Pobre Sammy. Nunca había sido tan bueno para los juegos como ella. Le llevaba más tiempo aprender las reglas, era menos capaz de adaptarse al rol para el que había sido elegido. Actuar no le resultaba tan natural como a ella.
Mientras estaba sentada, los olores y sonidos de la calle llegaron hasta donde se encontraba. Con cada respiración evidenciaba lo aceitoso de la niebla, y ahora la campana sonaba con fuerza, acercándose. La gente a su alrededor parecía excitada, todos corriendo en la misma dirección en que habían corrido cuando el hijo del trapero sufrió uno de sus ataques epilépticos, o cuando el organillero llegaba de visita.
¡Por supuesto! El organillero, eso explicaba dónde se encontraba Sammy.
Eliza bajó de un salto de la muralla, raspándose la bota en una roca que sobresalía en la base.
Sammy nunca se podía resistir a la música. Estaba sin duda de pie junto al organillero, la boca levemente abierta mientras observaba el organillo, todo pensamiento respecto al Destripador y el juego evaporados.
Siguió a la gente que se congregaba, pasando por delante del estanco, del zapatero, del prestamista. Pero a medida que engrosaba la muchedumbre, y el sonido de la campana se desvanecía, y comprobó que no se oía la música del organillo, Eliza se apresuró.
Un temor sin nombre se apoderó de su estómago, y usó los codos para abrirse paso entre la gente -mujeres a la moda con sus vestidos de paseo, caballeros con levitas para la mañana, niños de la calle, lavanderas, empleados- mientras buscaba a Sammy.
Los comentarios comenzaban a llegar desde el centro del grupo y Eliza escuchó fragmentos y retazos intercambiados en agitados susurros sobre su cabeza; un caballo negro que había salido como de ninguna parte; un niño pequeño que no lo vio venir; la terrible niebla…
Sammy no, se dijo, no puede ser Sammy. Iba justo detrás de ella, lo había escuchado…
Ahora estaba más cerca, casi había llegado al claro. Casi podía ver a través de la niebla. Conteniendo la respiración, se abrió paso entre el grupo de curiosos y la truculenta escena apareció frente a ella.
La observó toda de una vez, la comprendió de inmediato. El caballo negro, el frágil cuerpo del niño, yaciendo a la entrada de la carnicería. El cabello pelirrojo manchado de rojo oscuro, allí donde se recostaba contra los adoquines. El pecho abierto por la pezuña de un caballo, los ojos azules, vacíos.
El carnicero había salido y estaba arrodillado junto al cuerpo.
– Ya se ha ido. No tuvo oportunidad, pobrecito.
Eliza miró al caballo. Estaba agitado, asustado por la niebla, la muchedumbre, el ruido. Resoplando, su cálido aliento visible en medio de la niebla.
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