Kate Morton - El jardín olvidado

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– Sí, Madre, lo entiendo.

– Hasta entonces, olvida que existe. No lo toques, no se lo muestres a Sammy, no se lo digas a nadie. ¿Eliza?

– ¿Sí, Madre?

– Estate alerta respecto al hombre de quien te hablo.

* * *

Y Eliza había cumplido su palabra. En su mayor parte. Había sacado el tarro dos veces, sólo para mirarlo. Para pasar sus dedos por la superficie del broche, tal como Madre había hecho, para sentir su magia, su inestimable poder, antes de sellar rápidamente la tapa con cera y volver a guardarlo en su lugar.

Y aunque hoy lo había cogido, no era para mirar el broche de duelo. Porque Eliza había añadido su propia contribución al tarro de arcilla. Dentro estaba también su propio tesoro, su plan para el futuro.

Retiró una bolsita de cuero y la apretó con fuerza en su mano. Tomó energía de su solidez. Era una bagatela que Sammy había encontrado en la calle y le había regalado. Un juguete de algún niño acomodado, tirado y olvidado, encontrado y revivido. Eliza lo había escondido desde el principio. Sabía que si los Swindell lo veían, sus ojos se encenderían e insistirían en tenerlo en la tienda. Había sido un regalo y era suyo. No había muchas cosas de las que pudiera decir lo mismo.

Pasaron varias semanas antes de que encontrara un uso para él como lugar para ocultar sus monedas secretas, de las que los Swindell no sabían nada, pagadas por Matthew Rodin, el cazador de ratas. Eliza era hábil para cazar ratas, aunque no le gustara hacerlo. Las ratas intentaban seguir con vida, después de todo, del mejor modo posible en una ciudad que no favorecía ni a los humildes ni a los tímidos. Intentaba no pensar en lo que diría Madre -que siempre había tenido debilidad por los animales-, recordándose que no tenía mucha alternativa. Si ella y Sammy iban a tener una oportunidad, necesitaban dinero propio, dinero secreto que no fuera detectado por los Swindell.

Eliza se sentó al borde del hogar, con el tarro de arcilla en la falda, y se limpió el hollín de las manos con el reverso de su vestido. No sería bueno que lo hiciera donde la señora Swindell pudiera verlo. Nada bueno sucedía una vez que su sospechosa nariz olía algo.

Cuando Eliza estuvo satisfecha con el aspecto de sus manos, abrió la bolsita, aflojó la suave cinta de seda y agrandó cuidadosamente la abertura. Echó un vistazo.

Rescátate, había dicho Madre, y cuida de Sammy. Y eso era exactamente lo que Eliza intentaba hacer. Dentro de la bolsita había cuatro monedas de tres centavos. Dos más y tendría suficiente para comprar cincuenta naranjas. Era todo lo que necesitaban para comenzar como vendedores de naranjas. Las monedas que ganaran les permitirían comprar más naranjas y entonces tendrían su propio dinero, su propio negocio. Podrían buscar un nuevo lugar donde vivir, donde estar a salvo, sin los vigilantes y vengativos ojos de los Swindell sobre ellos. La amenaza siempre presente de ser entregados a los «benefactores» y enviados al orfanato…

Pasos en la escalera.

Eliza guardó las monedas en la bolsita, apretó el nudo y la guardó dentro del tarro. Con el corazón latiéndole con fuerza, guardó el tarro en la chimenea; ya lo sellaría más tarde. Apenas a tiempo, saltó y se sentó, con mirada inocente, en un extremo de la destartalada cama.

La puerta se abrió y Sammy apareció, aún cubierto de hollín. Ahí de pie junto al marco de la puerta, con la vela ardiendo débilmente en su mano, le pareció tan delgado que creyó que era un engaño de la luz. Le sonrió y él se acercó, buscó en su bolsillo y extrajo una pequeña patata que había robado de la alacena de la señora Swindell.

– ¡Sammy! -lo reprendió Eliza, tomando la blanda patata-. Ya sabes que las cuenta. Sabrá que tú la tomaste.

Sammy se encogió de hombros, comenzando a lavarse el rostro en la bacinilla con agua junto a la cama.

– Gracias -dijo, guardándola en el cesto de costura cuando él no la observaba. La devolvería por la mañana-. Está empezando a hacer frío -comentó, mientras se quitaba el delantal quedándose sólo con sus enaguas-. Este año ha empezado antes. -Se metió en la cama, temblando bajo la delgada manta gris.

Con su camiseta y calzones, Sammy entró tras ella. Sus pies estaban helados e intentó calentarlos con los suyos.

– ¿Quieres que te cuente una historia?

Notó que asentía, su cabello rozándole la mejilla al hacerlo. Y entonces comenzó su historia favorita: «Hace mucho tiempo, cuando la noche era fría y oscura y las calles estaban desiertas, y los mellizos empujaban y se agitaban dentro de su vientre, una joven princesa escuchó pasos a sus espaldas, y supo al instante a qué espíritu malvado pertenecían…».

La había estado relatando durante años, aunque no cuando Madre podía oírla. Madre hubiera dicho que estaba alterando a Sammy con sus historias. Ella no comprendía que los niños no se asustan con los cuentos; que sus vidas están llenas de cosas mucho más terribles que las que se encuentran en los cuentos de hadas.

La agitada respiración de su hermano se había vuelto regular, y Eliza supo que se había quedado dormido. Guardó silencio y continuó agarrando su mano en la suya. Era tan fría, tan huesuda, que sintió un temblor de pánico en su estómago. La apretó con fuerza, escuchándolo respirar.

– Todo saldrá bien, Sammy -susurró, pensando en la bolsita de cuero, y el dinero dentro-. Me aseguraré de ello, te lo prometo.

15

Londres, Inglaterra, 2005

Ruby, la hija de Ben, estaba esperando a Cassandra cuando llegó a Heathrow. Una mujer regordeta de más de cincuenta años, con un rostro brillante, cabello corto y canoso que crecía disparado. Tenía una energía capaz de cargar el aire a su alrededor; era de esas personas que no pasan desapercibidas. Antes de que Cassandra pudiera mostrar su sorpresa porque una desconocida hubiera ido al aeropuerto a recibirla, Ruby se había apropiado de la maleta de Cassandra, le había pasado un rollizo brazo en torno a ella y la guiaba a través de las puertas acristaladas del aeropuerto hacia el aparcamiento.

Su automóvil era una vieja camioneta destartalada, cuyo interior rebosaba a perfume de almizcle y a otro compuesto floral que Cassandra no pudo identificar. Cuando se pusieron el cinturón de seguridad, Ruby sacó una bolsa con regaliz de varios sabores de su bolso y se la ofreció a Cassandra, quien cogió un cubo a rayas marrones, blancas y negras.

– Soy adicta -explicó Ruby, metiéndose uno rosa en la boca y acomodándolo en su carrillo-. Gravemente adicta. A veces no puedo terminar el que tengo en la boca y ya estoy comiendo el siguiente. -Masticó con fuerza durante un momento, y luego tragó-. Pero, en fin, la vida es demasiado breve para ser moderado, ¿no crees?

A pesar de lo tarde que era, las carreteras estaban repletas de automóviles. Las farolas de cuello curvo brillaban con luz naranja sobre el asfalto. Mientras Ruby conducía con rapidez, pisando el freno con fuerza sólo cuando era absolutamente necesario, haciendo gestos y sacudiendo la cabeza a los otros conductores que se atrevían a interponerse en su camino, Cassandra miraba por la ventanilla, dibujando mentalmente los círculos concéntricos de las corrientes arquitectónicas de Londres. Le gustaba pensar en las ciudades de ese modo. El trayecto desde las afueras hacia el centro era como coger una nave que viajara hacia el pasado. Los modernos hoteles de los aeropuertos, las anchas y tersas carreteras de circunvalación transformándose en casas de cemento, luego en grandes mansiones y, finalmente, en el oscuro corazón de casas victorianas.

A medida que se acercaban al centro de Londres, Cassandra pensó que debía decirle a Ruby el nombre del hotel que había reservado para dos noches antes de partir hacia Cornualles. Buscó en su bolso la carpeta de plástico en la que guardaba todos sus documentos de viaje.

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