– Y todos sabemos lo que es la historia -apunté yo nostálgicamente (más valía cambiar de tema, pensé).
– Las trampas de los vencedores. Exacto. Pero ¿por qué ya nadie se toma los libros en serio? Quiero decir, aparte de los académicos, y ¿qué coño hacen? No son más que críticos que dan a luz sus ejemplares con cien años de atraso. ¿Por qué todo el mundo se burla de un escritor cuando hace un comentario político? ¿Por qué todo lo que es de izquierdas se pone de moda antes de que se lea, y para entonces es ya una fuerza del conservadurismo? ¿Y por qué coño -(por fin pareció tomar aliento)-, por qué coño no compra la gente mis libros de mierda?
– ¿Demasiado sucios? -sugerí. Se rió, comenzó a calmarse, y se puso a elogiar otra vez el jardín.
– ¿Y por qué no has hecho tú nada, pez gordo en ciernes?
No le dije nada sobre mi proyectada historia del transporte en Londres.
– Oh, yo, caramba, me has cogido, yo estoy metido en la vida.
Se rió otra vez, aunque bastante compasivamente. O eso me pareció.
(Pero ¿acaso no es verdad que estoy -no más metido en la vida, no lo diría así -, que soy más serio? En el colegio me hubiese calificado de serio a mí mismo, cuando en realidad tan sólo era un exagerado. En París me consideré serio -imaginaba, de verdad, que me encaminaba a una síntesis grandiosa entre la vida y el arte-, pero probablemente no hacía más que atribuirle una importancia desmesurada y legitimadora a un placer irreflexivo. Hoy, soy serio respecto a diferentes cosas. Y no temo que mi seriedad se desmorone bajo mis pies.)
– Quieres decir que ya no vives en una habitación alquilada -fue el comentario de Toni cuando hube parafraseado todo esto.
Ahora estábamos al fondo del jardín. Mirando a través del enramado que formaban los tronquitos de las judías, uno podía intuir la buhardilla en lo alto de la casa: un día sería el cuarto de Amy, o quizá de su hermana.
– Bueno, hasta cierto punto. Es una satisfacción saber que no se tienen goteras en el tejado.
– Cavernícola -murmuró Toni, imitando una de las voces que poníamos en el colegio.
– Y que tienes a tu familia a tu alrededor bajo tu protección.
– Machista.
– Y tener un niño. -(Normalmente no lo hubiese mencionado, porque la mujer de Toni había tenido hacía poco lo que él llamaba un trabajo de aspiradora; pero me sentía injustamente atacado.)
– Pues yo creía que había sido un desliz.
– Bueno, no es que fuéramos a buscarla. Pero eso da lo mismo.
– La verdad, creo que es una fórmula bastante extraña: si conseguimos que las fábricas de gomas de Londres den un alfilerazo en la punta de cada condón, la población será más madura: seria, consciente, hipotecada hasta los huevos. Hasta empezaría a comprar mis libros de mierda.
Seguimos andando y nos detuvimos ante los guisantes enanos.
– A propósito -dijo, moviendo el codo de arriba abajo con un gesto licencioso del pasado-, ¿has tenido ya alguna aventurilla?
Mi primera reacción fue decirle que no se metiera más que en sus cochinos asuntos. La segunda fue ignorar la pregunta. La tercera (¿por qué tardé tanto?) fue decir simplemente:
– No.
– Eso es interesante.
– ¿Por qué «No» es interesante? -(¿Con qué derecho me hablaba con tanta superioridad) -. ¿Quieres decir que te sorprende muchísimo que haya sido fiel durante seis años? ¿Que tú no habrías tardado más de una semana en ser infiel?
– No, lo que es interesante es la pausa antes del No. ¿Significa acaso: No, pero no me habría importado lo más mínimo? ¿No, pero estuve a punto la semana pasada? ¿No, porque Marion me deja totalmente exhausto?
– La verdad es que me quedé dudando: ¿Le rompo la cara? No, pensándolo mejor le diré la verdad. Me imagino que Kally y tú tenéis uno de esos acuerdos modernos.
– Modernos, viejos, no importa cómo les llames. Cualquier cosa antes que tu retorcida y anticuada aberración judeocristiana, rematada por el rechazo al sexo de los masturbadores Victorianos.
Clavó en mí una mirada desafiante.
– Pero es que yo no soy judío, no voy a misa y no me hago pajas; simplemente amo a mi mujer.
– Eso es lo que dicen todos. Incluso cuando no es verdad. Y lo podrás seguir diciendo cuando hayas tenido otra. Doy por sentado que sigues creyendo que cuando te mueres te has muerto.
– Por supuesto.
– Bueno, eso ya es un alivio. ¿Y cómo coño puedes soportar la idea de que hasta que te mueras no follarás nunca con otra mujer? ¿Cómo puedes soportarlo? Yo me volvería loco. Quiero decir que estoy seguro de que Marion es esto y aquello, y que te pone los talones en las orejas y que te deja más seco que una esponja, pero aun así…
Yo quería terminar esa conversación, pero la imagen que conjuró de Marion fue tan súbita, tan extrañamente dolorosa (¿cómo te atreves a pensar esas porquerías de mi mujer?). Además, ¿quién se creía que era para darme lecciones?
– No voy a entrar en detalles de cosas que tú sin duda ya has disfrutado, pero nuestra vida sexual -(me detuve, casi sintiéndome desleal)- es bastante…
Toni comenzó a mover el codo otra vez de arriba abajo.
– No me dirás…
Esta vez tenía que cortarlo en seco:
– Mira, sólo porque vivas en la Línea Metropolitana no quiere decir que no hayas oído hablar de…
Estaba indignado. Pero de pronto me sentí tan mortificado que no pude terminar la frase. Me asaltaban las imágenes que yo mismo había conjurado.
– Cuidado con lo que dices -dijo Toni encantado-, hablar de más puede costar una esposa.
– Y en lo que se refiere a no… acostarse con nadie más, no lo veo como lo ves tú. Cuando estoy en la cama con Marion no me paso todo el rato pensando: «Espero no morirme sin haberme enrollado con otra.» Y, en todo caso, una vez que te has acostumbrado al… caviar, no sientes una necesidad imperiosa de… merluza.
– Hay otros peces en el mar. Peces, peces, peces.
Toni no continuó, se quedó sonriendo, invitándome a hablar. Yo estaba irritado, tanto por mi insólita elección de la metáfora como por lo demás.
– En todo caso, no creo en esta nueva ortodoxia. Antes era: no andes follando por ahí porque tendrás mala suerte y cogerás una enfermedad venérea que transmitirás a tu mujer y tendréis hijos locos, como en la obra de Strindberg o Ibsen o quien fuese. Ahora es: folla por ahí todo lo que puedas o te convertirás en un pelmazo y no conocerás a nadie y acabarás siendo impotente con todas menos con tu esposa.
– ¿Cuál de las dos cosas es cierta?
– Por supuesto, ninguna. Sólo son prejuicios de moda.
– Entonces, ¿por qué te cabreas? ¿Por qué te inquietas tanto si sólo estás defendiendo lo que tú crees?
– Porque a la gente como tú les gusta machacar a la gente como yo y escribir libros sobre eso. ¿Te acuerdas de que cuando éramos niños a alguien se le ocurrió la teoría del adulterio como sostén del matrimonio? No digo que, en algunos casos, no sea una idea válida. Pero actualmente hay muchos más sistemas de andamiaje.
Toni se detuvo. Advertí que se avecinaba el contraataque.
– ¿Así que tú no eres un marido fiel por respeto, digamos, a la ley de Dios?
– Claro que no.
– Quizá debido a un imperativo categórico: ¿No folies, a menos que tu mujer lo haga?
– No, no soy posesivo de esa manera.
– Quizá no se trate en absoluto de una cuestión de principios.
Empecé a sentir recelo como si me guiaran hacia un redil y no supiera lo que iba a encontrar allí. Sin duda, conociendo a Toni, algo difícil de tragar. El prosiguió:
– ¿Lo has hablado alguna vez con Marion?
– No.
– ¿Por qué no? Pensaba que era de lo primero que hablaban las parejas.
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