Julian Barnes - Metrolandia

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Dos disparatados adolescentes, Christopher y su amigo Toni, se dedican a observar, con agudo ojo cínico, los diversos grados de chifladura o imbecilidad de la gente que les rodea: aburridos padres y fastidiosos hermanos; futbolistas de tercera y visitantes de la National Gallery; futuros oficinistas y bancarios empedernidos; y, sobre todo, esa fauna que viaja cada día en la Metropolitan Line del metro de Londres.
Es la comedia del despertar sexual de la generación inglesa de los sesenta.
La primera novela del autor (1980) merece la lectura, y no solamente por interés de documentarse.

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Y hay otras formas de calmar los miedos nocturnos. De vez en cuando, despierto en la cama mientras afuera, en la oscuridad, una nueva fecha aparece en el calendario, me vuelvo hacia Marion, que está durmiendo despatarrada y con la cabeza casi colgando de la cama. Trastornado, torpe como un pato maniobro cautelosamente hacia su camisón, que se le enreda en las piernas mientras se acurruca para acabar durmiéndose otra vez. El ardid (¿está Marion consintiendo calladamente?) tiene por finalidad poseerla, y despertarla poco a poco con algo más fuerte que un beso. Esta vez se agita con más renuencia de lo habitual.

– ¿Qué pasa?

– Adivina -digo entre risas.

– Hmm.

– MMMMMMM.

– ¿Qué día es, Chris?

– Domingo.

– Estoy muy cansada.

– Bueno, no quería decir domingo/lunes, querida. Es, hum, sábado/domingo. Las doce pasadas. Las cero treinta, exactamente.

Este pedantesco jugueteo inicial nos provoca risitas tontas y dulces.

– Hmm.

Separa suavemente los muslos, extiende su mano libre entre ellos y me atrae hacia sí. La conversación cesa. Nos dejamos ir entre gemidos.

Después, (esa palabra que todavía se caracteriza por su elasticidad) nos separamos, somnolientos, sintiendo que lo compartimos todo. Pienso que estos momentos son los más felices de mi vida. La gente dice que la felicidad es aburrida; para mí, no. También dicen que toda la gente feliz es feliz de la misma forma. Qué importa; en cualquier caso, en momentos como este no me interesan las discusiones bizantinas.

1. Chicas desnudas gigantes

¿Cuándo se acaban las teorías? ¿Y por qué? Dígase lo que se diga, para la mayoría de nosotros se terminan. ¿Las mata un único acontecimiento decisivo? Para algunos, quizá. Pero, normalmente, mueren por desgaste; lenta, circunstancialmente. Y después, te preguntas: ¿de todos modos, nos las tomábamos en serio?

Los domingos por la mañana salgo temprano de casa. Giro a la izquierda, ante unas casas prudentemente distanciadas entre sí: Ravenshoe, con su alfombra de flores de castaño de indias sobre el pavimento; Vue de Provence, con sus persianas verdes; East Coker, con su ridículo garaje. Todas tienen los nombres grabados con letras góticas sobre tableros clavados a los árboles.

Atravieso el campo de golf, contemplando una pelota mañanera que se empapa de rocío mientras rebota para detenerse, en seguida, brillando. Me gusta este sitio. Me gusta esta perspectiva húmeda, diferente. Desde lo alto del cuarto hoyo se puede seguir con la mirada las minúsculas figuras que arrastran sus carritos por el césped, deshaciéndose en múltiples rayas de color al contacto con la lluvia.

Desde aquí los gritos de advertencia casi para uno mismo de «Ahí vaaa!» parecen distantes y cómicos (sonrío al recordar el rugido con el que Toni replicaba «puuutaaa»). Más abajo, presuntuosos trenes plateados desfilan produciendo un sonido similar al de un telar. Las ventanas te deslumbran al reflejar el sol, como si unos niños jugasen con espejos. Las iglesias les recuerdan a otros que tienen que levantarse y rezar.

Es realmente irónico volver a estar en Metrolandia. De niño seguramente lo hubiese llamado: le syphilis de l'âme, o algo así. ¿Pero hacerse hombre no es ser capaz de cabalgar sobre la ironía sin que te descabalgue? Además, es un lugar práctico para vivir. Al lado de la tienda de discos hay una tienda en donde venden huevos tan frescos que aún están llenos de mierda y paja. A dos minutos de la peluquería donde va Marion, se pasean unos cerdos sobre capas de estiércol. A cinco minutos en coche ya estás en el campo, donde sólo los postes de electricidad recuerdan la vida en la ciudad. De niño, cuando pasábamos en coche ante estos postes, le daba un codazo a Nigel para que dejase su revista de ciencia ficción y le susurraba al oído: «Mira, chicas desnudas gigantes.» Hoy, cuando paso ante ellos, todavía recuerdo el poema de Auden, pero lo encuentro inexacto y demasiado emocionado.

¿Cuándo se acaban las teorías? De pronto recuerdo una vez, al principio de mi relación con Marion, una excursión que hicimos en coche una noche muy fría de diciembre. Acabamos deteniéndonos en el aparcamiento de un cine, dejamos la calefacción en marcha y nos pusimos a hablar.

Hablamos tanto tiempo dentro de su Morris Minor descapotable que todavía recuerdo de izquierda a derecha todos los controles del tablero.

– ¿Y?

Era la forma en que Marion iniciaba siempre nuestras conversaciones. Era su primera palabra tras el ruidoso deslizarse del freno de mano.

– ¿Y? Pues que aún te quiero.

– Ah… Bueno.

Un beso; otro; un demorarse por debajo de su mejilla.

– Tanto como ayer.

– Bien. ¿Y?

– Su barbilla era bien firme, me di cuenta. No era sólo que el jersey de cuello alto la resaltara.

– ¿No es bastante?

– Probablemente, para mí sí. Pero no para ti.

– ¿…?

– Y por consiguiente, al fin y al cabo para mí tampoco.

– Mierda. ¿Ya vuelves a lo de Le Petit Coq otra vez?

Ese fue el café de París donde por primera vez sentimos -y yo casi temí- nuestro mutuo interés.

– ¿…?

– ¿Qué quieres que diga?

Yo quería saberlo de verdad; o casi.

– Bueno, no quiero que digas algo sólo porque creas que lo quiero oír -(Era bastante razonable, ¿pero por qué no era todo más fácil? Creía que cuanto más se quiere a alguien más fáciles son las cosas. Había tantas trampas como siempre.)

– ¿Es esa pregunta? -La pregunta que siempre surgía desde ángulos diversos.

– Necesito sentir que lo piensas.

– Lo pensaré. ¿Quieres casarte conmigo?

– Lo pensaré.

– Me gustaría creer que ya lo habías pensado.

Hablamos y nos besamos. La gente salió del cine y vació el aparcamiento. No pudimos poner el coche en marcha: la calefacción había agotado la batería. Al final llegó un mecánico, y al ver el vapor en las ventanas, comentó reprendiéndonos:

– Tan sólo un caso de recalentamiento, señores.

Toni no vino a la boda. Recibí una carta en la que explicaba que por una cuestión de principios era incapaz de asistir. Eso era lo que decía la primera línea, en todo caso. No me tomé la molestia de continuar leyendo y la tiré. Dos días más tarde me llamó por teléfono.

– ¿Bien?

– ¿Bien, qué?

– ¿Te gustó la carta?

– No la leí.

– Joder, ¿por qué no? Quiero decir, si no te interesa ahora leer un cuidadoso argumento en contra del matrimonio, ¿cuándo te va a interesar?

– Bueno, lo curioso del caso es que ahora me interesa menos que en otras ocasiones. ¿Querías un épat o qué?

– Coño, claro que no. Ya superamos eso, ¿no? Pensé que apreciarías una cierta mirada histórica sobre lo que pretendes llevar a cabo.

– Qué detalle.

– No me malinterpretes. Me gusta mucho Marion, lo sabes. Aunque no es mi tipo, por supuesto…

– Bueno, ya es un alivio… aunque supongo que algunas circunstancias históricas impedirían que me la arrebataras.

– No te entiendo.

– Pues vete a la mierda, Toni.

– La verdad no sé por qué te estás cabreando.

– Bueno, entonces uno de nosotros dos es estúpido.

– De todas formas, es interesante, ¿sabes? El otro día busqué el significado de mariage en un diccionario gabacho. ¿Sabías que todas las expresiones que se citaban tenían connotaciones negativas?: mariage de convenace, d'intérêt, blanc, de raison, à la mode…, etcétera.

– ¿Mariage d'inclination?

– Te equivocas.

– No. -Y colgué.

Y luego, recuerdo una mañana encapotada hace seis años. A las 11:30. De pie en la acera ante el juzgado de Kennington, con un pequeño y agudo dolor en la espalda y uno enorme e inconfundible en el estómago. Marion y yo estábamos uno al lado del otro intentando mantener unas sonrisas plausibles y mirando ansiosamente de soslayo para ver si alguien había traído arroz ignorando nuestra prohibición. Algunos amigos con cámaras intentaban hacernos reír para fotografiarnos en poses ridículas. Marion posó como si estuviese embarazada, poniendo los pies para dentro, tirándose hacia atrás y pretendiendo sentir náuseas. Alguien (creo que Dave) trajo una pistola de anticuario, e intentamos persuadir a los transeúntes con edad adecuada para que posaran apuntándome. El problema era que nadie que pareciese lo suficientemente respetable como para ser el padre de Marion se atrevía a cometer el sacrilegio que se le pedía. Al final, una especie de vagabundo que arrastraba sus pertenencias en un carrito de la compra pasó por allí, y conseguimos que se pusiera de espaldas al objetivo, apuntándome. Después tuvimos que pelearnos con él para que nos devolviera la pistola, pues pareció considerarla como propina.

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