Me quedé sentado durante un rato pensando en Annick. Cuánto la quería…, si es que la quería… De niño, mi abuela, que era la típica abuela de cuento con grandes pechos y el pelo blanco, solía extender los brazos sobre nosotros, los niños, y decir: «¿Cuánto queréis a la abuela?» Los tres, uno tras otro, alargábamos los brazos, estirando las puntas de los dedos, y respondíamos: «Así.»
Pero ¿es posible la medición en una escala más sutil que esa? ¿Acaso no sigue siendo una cuestión de gestos espectaculares, de garantías apocalípticas? Y, en cualquier caso, ¿no se necesita una escala de valores para establecer comparaciones? ¿Cómo juzgar la primera escapada? Podía haberle dicho a Annick que la quería más que a mi madre, tal y como hubiese podido decirle que de todas mis novias era la mejor en la cama; pero tales alabanzas carecían de valor.
Bueno, y volviendo otra vez a esa pregunta tan simple: ¿la quería?
Depende de lo que se entienda por amor. ¿Cuándo se supera la línea divisoria? ¿Cuándo je t'aime bien se convierte en je t'aime? La respuesta fácil es que uno sabe que está enamorado cuando no hay posibilidad de duda, tal y como sabes si tu casa está ardiendo. Y, sin embargo, esa es la cuestión: se intenta describir el fenómeno y se llega a una metáfora o a una tautología. ¿Hay alguien que todavía sienta cosas como si estuviera flotando? ¿O sienten tan sólo la sensación que creen que sentirían si estuvieran flotando? ¿O sienten meramente que deberían sentir que están flotando?
Las vacilaciones no indican falta de sentimiento, sólo incertidumbre terminológica (y, quizá, las repercusiones de mi conversación con Marion). En todo caso, ¿no afecta la terminología a la emoción? ¿No debería haber dicho je t'aime (y quién sabe si no habría dicho la verdad)? Del decir al hacer no hay más que un paso.
Sentado con la llave en la mano, estos eran mis pensamientos.
Descubrí que incluso una cuestión de semántica me ponía cachondo.
¿Sería, pues, que la amaba?
Lo cierto es que nunca la volví a ver.
Después de marcharse, Annick fui dándome excusas para no ver a mes amis anglais. Redescubrí, o al menos pretendí hacerlo, cierto interés por mi tesis. Iba todos los días a la misma hora a la Bibliothèque Nationale, y trabajaba con montones de material que transcribía disciplinadamente en fichas. Era de esos temas que comportan un trabajo fatigoso y honesto, además de requerir instinto para saber cómo y dónde buscar. El dominio del catálogo de la biblioteca es, por lo menos, la mitad de la clave. Se necesitaban muy pocas ideas originales, solamente habilidad para sintetizar las observaciones de los demás. Ese había sido, por supuesto, parte del plan inicial: dar con un trabajo que no exigiera excesivo desgaste cerebral y dejara mucho tiempo libre.
De hecho, mi vida volvió a ser lo que era cuando llegué a París. Volví a practicar mis ejercicios de memoria, que últimamente había comenzado a dejar de lado. Utilizándolos, escribí una serie de poemas en prosa que llamé Spleenters : alegorías urbanas, irónicos bocetos de personajes, poesía esquiva y descripciones detalladas que, gradualmente, se convertían en el retrato de una ciudad, de un hombre, y -¿quién sabe? -, quizá de algo más. Mi fuente de inspiración quedaba abiertamente reconocida en el título, pero no era una cuestión de imitación o parodia, me explicaba a mí mismo. Se trataba más de producir resonancias que de reproducir técnicas, en su mayoría, de este siglo.
Continué con mis dibujos de hallazgos fortuitos, que pensaba podrían utilizarse para ilustrar los spleenters , si es que llegaba algún día a publicarlos (no es que hiciera falta; con sólo escribirlos ya existían, se descubriesen o no). Fui a ver las películas más serias que pude encontrar. Con Annick habíamos acabado por coincidir en territorio común viendo películas sin pretensiones: un western, un clásico, la última de Belmondo. Solo parecía que podría llegar al fondo de las cosas: tomar notas del diálogo sin avergonzarse; salir del cine meditando todavía sobre la película sin tener que hacer comentarios brillantes de inmediato. Empecé a comprar Les Cahiers.
Leía; empecé a intentar cocinar unos cuantos platos franceses; alquilé una motocicleta Solex una semana entera y, con laboriosa lentitud, llegué hasta Sceaux y a Vincennes. Sentía que lo pasaba bomba; y cada vez que llamaban a la puerta, casi se me paraba el corazón, y me decía para mis adentros: ¿Annick?
Nunca era ella. Una vez, era una vecina preguntándome si tenía una botella de agua mineral Vittel, porque se le había olvidado al hacer la compra, y que si las escaleras y que si sus piernas… Otra vez fue Mme. Huet, enfadada por tener que subir a buscarme hasta el tercero, pero me llamaban por teléfono de Inglaterra y podía ser algo urgente (quizá hubiera muerto alguien, era lo que quería decir). Cuando llegué al teléfono, mi padre me dijo que llevaba esperando cinco minutos (Mme. Huet subió muy despacio las escaleras como venganza), y que la factura sería espantosa pero, en todo caso, feliz cumpleaños. Ah; se me había olvidado completamente.
Y luego, una noche, tardísimo, pocos días antes de la fecha en que tenía planeado marcharme de París, los golpes sonaron diferentes. Como una melodía, en verdad. Unos nudillos enormes marcando un ritmo, reforzados con golpecitos producidos con las puntas de unos dedos y un fondo de silbidos que los armonizaban y complementaban. Después de un momento de pánico, ante la perspectiva de unos ladrones filarmónicos, reconocí «Dios salve a la Reina»; abrí, y allí estaban Mickey, Marion y Dave. Marion se apoyaba contra la barandilla, guapa, silenciosa, inquisitiva. Mickey se sacó un peine que llevaba envuelto en papier de toilette y me obsequió con un estruendoso «Auld Lang Syne». [5]Dave había venido remedando a un gabacho; un jersey de rayas horizontales azules y blancas, boina y un delgado bigote negruzco; llevaba una baguette bajo el brazo y venia masticando ajo. El pan y el ajo me dieron de lleno en distintas partes de mi anatomía cuando se adelantó para besarme en ambas mejillas.
– Bobbi Charltong, Zhacky Charltong, Coupe du Monde, Monsieur Eat, God Shave de Queen [6]-dijo con acento francés, subiendo el tono conforme iba llegando al final de la copla.
Marion sonreía. Yo sonreía. No sabían qué habían hecho pero todo estaba perdonado. Nos amontonamos en el piso y saqué una botella de calvados para celebrarlo. Marion continuó mirando y sonriendo, mientras Dave y Makey especulaban.
– Quizá ha estado malade .
– A mí me parece que tiene muy buen aspecto. Quizá haya estado de mal humor.
– Mais il n'est pas bodeur. Quisá él trabajando dugo.
– Quizá su querida lo haya plantado.
Miré a Marion.
– Es verdad, quizá sí -dijo Dave.
Comenzaron a cantar una de las canciones de Chevalier en Gigi, mientras Dave empuñaba la baguette como si fuera un violín.
Sonreí con gesto de complicidad.
Marion me devolvió la sonrisa.
6. Relaciones entre objetos
Billancourt y la Bourse: ¿qué importan ya? Pregúntenme qué hacía en 1968 y lo diré: trabajé en mi tesis (descubriendo un intercambio de cartas poco conocido entre Hugo y Coleridge sobre la naturaleza del drama poético, que publiqué en el Modern Language Quarterly); me enamoré y el corazón se me hizo añicos; mejoré mi francés; escribí un libro lapidario, encuadernado en una edición escrita a mano de un solo ejemplar; hice algunos dibujos; entablé algunas amistades; conocí a mi mujer.
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