Julian Barnes - Metrolandia

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Dos disparatados adolescentes, Christopher y su amigo Toni, se dedican a observar, con agudo ojo cínico, los diversos grados de chifladura o imbecilidad de la gente que les rodea: aburridos padres y fastidiosos hermanos; futbolistas de tercera y visitantes de la National Gallery; futuros oficinistas y bancarios empedernidos; y, sobre todo, esa fauna que viaja cada día en la Metropolitan Line del metro de Londres.
Es la comedia del despertar sexual de la generación inglesa de los sesenta.
La primera novela del autor (1980) merece la lectura, y no solamente por interés de documentarse.

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Cuando volvimos al piso de Marion a cambiarnos para la fiesta (el pacto con nuestros padres fue una fiesta «como debe ser» a cambio de una ceremonia como la que queríamos nosotros), descubrí la razón del dolor en mi espalda: un alfiler que me pasó desapercibido al desempaquetar mi nueva camisa blanca. En cuanto al otro dolor, el errante e indómito que afectaba mi estómago, me preguntaba, mirando el rostro amable, dulce, fuerte, feliz y adorable de Marion, si era miedo.

Marion me consiguió mi primer empleo de verdad. Por entonces, era profesor suplente en Wandsworth: veinticinco libras a la semana por el privilegio de que distintos niños de diferentes cursos me pincharan las ruedas de la bicicleta cada semana, y el de que quinceañeros musculosos me preguntaran si era marica. Ni siquiera el apoyo de Toni (le encantaba que la gente tuviera trabajos que odiaba: lo llamaba «levadura social») pudo aliviar mi furioso aburrimiento. Afortunadamente, Marion venía a verme a mi aséptica habitación alquilada; y yo me tumbaba mirando a través del velo de su cabello las manchas de humedad del techo.

Un día que ella estaba husmeando entre las notas de un tablero de anuncios de trabajo leyó: «Ewart Porter necesita aprendiz de escritor publicitario: 1.650 libras al año, posibilidad de aumento de sueldo cada seis meses. Simpático, capaz de amoldarse…» y todas las típicas perogrulladas.

– No es exactamente lo que tenía pensado.

– ¿Acaso lo de ahora sí?

Para mi asombro me contrataron. Y para mayor un asombro, me gustó el trabajo. El desdén de Toni fue neutralizado por la aprobación de Marion. Además nunca me pareció un trabajo. Era como si te pagasen por hacer deporte, o crucigramas, y uno se volvía alegremente competitivo durante las grandes campañas. Recuerdo que colaboré en el lanzamiento de una nueva margarina llamada Lift , [7] que, como era de suponer, justificó ampliamente nuestra broma de oficina, cuando decíamos que las ventas no despegarían del suelo. Queríamos superar todos los eslóganes de las margarinas rivales: «Se extiende como una caricia» era el lema que adoptamos como prototipo de lo memorable. Trabajamos en cosas como: «Déle vuelo a su cocina» (un astronauta con pastelitos esponjosos), «¿Sube? Venga conmigo» (un botones ante su ascensor con pastelitos esponjosos), e incluso -para una oferta especial – «A caballo volador no le mires el diente» (potro saltando vallas con pastelitos esponjosos). Era ridículo pero divertido. Además, nunca me pareció una profesión peligrosa. Decían que había poetas y novelistas en el mundo de la publicidad; aunque nunca podía recordar sus nombres cuando me preguntaban. Sabía que Eliot trabajó en un banco.

Tres años después, a través de Dave, conseguí un trabajo en la firma Harlow Tewson. Era una empresa que acababa de fundarse, pero sus regalos, cuyo diseño ya había demostrado tener gancho, no faltaban en ninguna cocina con suelo de corcho, en ningún cuarto de baño con paneles de pino ni en ningún llamativo Renault 4. He preparado las ediciones de estos libros durante cinco años sin arrepentirme. Tampoco me ha hecho sentir despreciable: no estamos en contra de ganar dinero, pero contratamos buenos profesionales y editamos buenos libros. En estos momentos, por ejemplo, trabajo en un libro sobre la pintura renacentista italiana: se publicará coincidiendo con la emisión de una serie televisiva de documentales dramáticos basados en Vasari. Toni -que se opone a la idea de que los artistas tengan una vida además de una obra- ya ha pensado por nosotros los títulos de los capítulos: Buonarotti descarga un mazazo, Leonardo consigue Fortuna, Sandro folla, Masaccio…, etcétera. Siempre hay etcéteras con Toni.

– ¿Qué haces cuando te vas a pasear, Chris?

(En otro tiempo habría contestado, no sin honestidad, pero un poco escurriendo el bulto: «Para tu deleite, tonificar los músculos», o algo así. Pero ya he abandonado -creo- las verdades a medias, como he abandonado mi interés por la metacomunicación: maravillosa en teoría, pero no demasiado fiable en la práctica.)

Supongo que meditar un poco.

¿Sobre qué?

Ella parecía ligeramente preocupada, como si pensara que tendría que hacer lo mismo pero le faltara tiempo. -Oh, sobre todo en profundas trivialidades.

– En todo. El pasado, el futuro; en todo. Como una especie de confesión laica. Rezo, amo y recuerdo.

Otra vez, una sonrisa preocupada. Se acercó a mí y me besó. Me pareció que quería metacomunicarme el hecho de que quería besarme (y por una vez dejé que me observara).

– Te quiero -dijo, suspirando sobre mi hombro.

– También yo te quiero, así de frente.

– Magnífico.

– Y de espaldas.

Marion dejó escapar una risita. En el matrimonio, se dice, todos los chistes malos son buenos.

Otra de las reconfortantes listas que elaboro es la lista de razones por las que me casé con Marion.

Porque la quería, por supuesto.

¿Por qué la quería, entonces?

Porque era (es) sensata, inteligente, guapa.

Porque no usaba el amor para descubrir el mundo: no miraba a la otra persona (supongo que me refiero a mí) como herramienta para obtener información.

Porque tardó en acostarse conmigo, pero no se resistió con principios remanidos; y después no demostró arrepentimiento alguno.

Porque en el fondo, pienso, a veces, me inspira cierto temor.

Porque una vez le pregunté: «¿Me querrás pase lo que pase?», y ella contestó: «Tú te has vuelto loco.»

Porque era la hija única de una familia bastante rica. «El dinero no es el combustible del amor -dijo Auden-, pero proporciona excelente leña.»

Porque tolera que haga sin descanso listas como esta.

Porque me quiere.

Porque si es verdad, como observó Maugham, que la tragedia de la vida no es que mueran los hombres sino que dejen de amar, entonces Marion es una persona de quien uno podría incluso dejar de estar enamorado; tendría sus compensaciones.

Porque dije que la quería, y no hay posibilidad de volverse atrás. No pretendo ser cínico. Según la ortodoxia, si un matrimonio se funda sobre algo que no sea la verdad absoluta, ésta siempre acabará por salir a la luz. Yo no me lo creo. El matrimonio te aleja de la verdad, no te aproxima a ella. Tampoco aquí quiero ser cínico.

2. Gastos frecuentes

No veo demasiado a Toni últimamente. Todavía sentimos nostalgia de nuestra amistad, pero nos damos cuenta de que nuestras vidas siguen caminos distintos. Después de Marruecos se fue dos años a los Estados Unidos (del kif al kitsch, como decía él); regresó, dio clases de filosofía y se consagró como crítico literario académico y cruel; había publicado poemas y dos libros de ensayos, y se mezclaba cada vez más en política. Ahora vive con una chica, de cuyo nombre no nos acordamos nunca, en la parte menos elegante de Kensington que fue capaz de encontrar. La última vez que vino a comer, invitamos también a su «mujer»; pero dijo que vendría solo.

– Siento que Kelly no haya podido venir -dijo Marion mientras nos sentábamos a tomar un aperitivo.

– Kally. La verdad es que creemos más conveniente tener amistades por separado.

– ¿Quieres decir que no querías que nos conociera, o que ella no quería venir? ¿Cuál de las dos cosas?

Toni pareció un poco sorprendido. Creo que piensa que Marion no tiene carácter porque es tranquila.

– No, probablemente le gustaría conoceros. Es sólo que cada uno tiene sus amigos.

– ¿Le dijiste que la habíamos invitado?

– La verdad es que no.

– Así que nosotros tampoco tendremos posibilidad alguna de conocerla.

– No te pongas pesada, Marion. -(Pronunció su nombre con exagerada lentitud)-. La cosa está bastante clara, ¿no?

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