Julian Barnes - Metrolandia

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Dos disparatados adolescentes, Christopher y su amigo Toni, se dedican a observar, con agudo ojo cínico, los diversos grados de chifladura o imbecilidad de la gente que les rodea: aburridos padres y fastidiosos hermanos; futbolistas de tercera y visitantes de la National Gallery; futuros oficinistas y bancarios empedernidos; y, sobre todo, esa fauna que viaja cada día en la Metropolitan Line del metro de Londres.
Es la comedia del despertar sexual de la generación inglesa de los sesenta.
La primera novela del autor (1980) merece la lectura, y no solamente por interés de documentarse.

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– Totalmente. Me vuelvo a la cocina.

Fue un poco violento; siempre olvido durante los intervalos de tiempo en que no nos vemos lo terco que se ha vuelto Toni. Pero la verdad, bastaba mirarnos para ver por dónde iba cada uno. Yo llevaba un suéter sin cuello, pantalones de pana y zapatos de ante. Toni vaqueros de marca, un chaleco de algodón, una camisa ingeniosamente arrugada y una especie de anorak; el pelo cuidadosamente despeinado; y la estropeada bolsa que le colgaba del hombro contenía, supongo, montones de cosas que yo no había necesitado nunca. Seguía siendo moreno, judío y activo, y se afeitaba dos veces al día; noté que últimamente había comenzado a depilarse la zona en donde antaño se le juntaban las cejas. También parecía hablar de un modo algo diferente de como yo recordaba: el acento era el mismo, pero la gramática y el vocabulario se habían vuelto más populares.

La combatividad de Toni era de esperar, ambos éramos así en el colegio. Lo que pasa es que yo no esperaba que complicase tanto una simple invitación. Después de aquella conversación algo tensa nos sentamos a comer. Amy estaba subida en su silla alta a la izquierda de Toni, con su babero amarillo atado al cuello. Toni, inmediatamente, inició una aparatosa comedia poniéndose el anorak y apartándose unos centímetros a la derecha para salir de lo que llamaba campo de lanzamiento.

– Nunca se sabe cuándo van a lanzarte algo -nos dijo con toda la autoridad de quien no tiene hijos. No se refería a vomitar, de todas formas.

– Es buenísima -dijo Marion con firmeza-. ¿Verdad, angelito? Excepto cuando tiene una flatulencia, claro.

Toni simuló amedrentarse.

– ¿En qué se parecen un bebé y una cagada frustrada? -Marion frunció el ceño; yo dije que no lo sabía-. En que los dos son una mezcla de pipí y pedo.

Marion le pasó la sopa sin comentario alguno. Toni aprovechó la ocasión para alejarse todavía unos centímetros más.

– No, nunca se sabe. Por eso siempre visto ropa anti-be-bé. -(Sacudió la manga de su anorak)-. Lo llevo cuando sé que va a haber bebés, en los barrios bajos y para cuidar el jardín. Ah, y para sacarle dinero al Arts Council.

– Aquí entramos en las dos primeras categorías, supongo -dijo Marion, irritada con razón.

– Naturalmente.

Toni se volvió hacia Amy y le dedicó una sonrisa de payaso.

– Ta, ta, ta -le soltó, parodiando toscamente a un tío muy cariñoso-. Yo sé quién tiene muy buena puntería. Venga, escúpele algo a Toni.

Levantó la manga a modo de invitación.

– Está buenísima, cariño -intervine yo, incómodo, levantando la cuchara sobre la sopa de berros.

Marion esperó a que Toni confirmara ese juicio, pero estaba demasiado ocupado llenándose la boca de pan.

– Háblanos de ti, Toni -dijo ella tras una pausa.

– Ah… Me voy a hacer la vasectomía… Tengo que acabar de una vez por todas con ciertos gastos frecuentes. Escribo guiones para una compañía de títeres. Estoy intentando que los fascistas locales del partido laborista se bajen del burro. Estoy haciendo un ensayo sobre Koestler que se titulará «Un estudio sobre la duplicidad». Y como gratis en casa de unos cuantos amigos del colegio.

– Y sus esposas -corrigió Marion.

– Y sus deliciosamente irónicas aunque algo impertinentes esposas.

Aquí, Amy produjo un sonido raro. Tosió y se puso a devolver pacíficamente: un flujo lechoso fue cayendo sobre su bandeja de plástico. Toni recibió su triunfo con grandes risas. Amy le contestó con un gorjeo. Toni se cubrió bien con el anorak y todos nos relajamos. Una vez que nos adaptamos a su aparente rudeza y solipsismo, nos llevamos bastante bien. Marion se había lamentado de que Toni fuera tan poco sensible. Le contesté que se trataba más bien de un escritor que decía todo el rato lo que pensaba.

– Tenía entendido que los escritores eran más y no menos sensibles que la otra gente -respondió ella.

Existe una diferencia entre sensibilidad y educación, creo que dije; y no puedo recordar si yo mismo me quedé convencido.

Después de comer, Toni y yo fuimos a dar un paseo por el jardín. El ignoró las «escapistas» flores, y me interrogó sobre la calidad del suelo, las variedades de las verduras, la cosecha que cabía esperar. Un año que pasó en una granja cooperativa experimental en Gales parecía haberle dado cierto conocimiento empírico, pero poca comprensión de los principios hortícolas.

– Así que esto es todo lo que hay, ¿eh? -me preguntó con una sonrisa sarcástica mientras mirábamos una hilera de nabos-. Así que esto es todo lo que hay.

Creí oportuno desviar la cuestión hasta que me pareciese más clara. Le respondí con otra pregunta.

– Estás mucho más… politizado que antes, ¿no?

– Soy más de izquierdas, si te refieres a eso. El hombre siempre es político.

– Vamos. Durante la adolescencia éramos totalmente pasivos. Totalmente cínicos y desinteresados, ¿no te acuerdas? Era el arte lo que nos importaba, ¿no? Nosotros somos el motor y la agitación, ¿no te acuerdas de ese énfasis en «nosotros»?

– Recuerdo que éramos totalmente conservadores.

– No creo que eso sea cierto en absoluto. Odiábamos a los peces gordos. Y al bon bourgeois. Le Belge est voleur… -empecé yo, pero no pude acordarme del resto.

– Sentíamos apatía y aversión, de acuerdo, pero ésos son los principios fundamentales de la plataforma conservadora. Joder, ¿no te acuerdas de Cuba? ¿Qué hicimos entonces? Estábamos tan encantados con Kennedy como si fuera Robert Ryan en The Battle of the Bulge. -(¿Acaso no era así?)-. ¿Y qué fue lo que pensamos de Profumo? Nos daba envidia: ése fue el resultado de nuestro análisis de la crisis sociopolítica.

– Pero la poesía no hace que sucedan cosas -dije con la cadencia de un hombre razonable.

– Esa es la jodida verdad. Así que si quieres que pase algo no escribas poesías. Yo no sé por qué lo hago. Supongo que para dejar de hacerme pajas un rato. El otro día ojeaba un libro de poemas en una librería y no pude pasar del prefacio. Decía: «Este libro fue escrito para cambiar el mundo.» No hay palabras para decir lo jodidamente irónico que suena.

– ¿Por qué te acaloras tanto?

– Porque la razón de que la poesía no haga que pase nada es que esos mismos peces gordos se lo impiden.

– ¿Quién se lo impide? ¿Qué peces gordos? Venga, concreta.

– Unos imprecisos peces gordos hijos de puta. Peces gordos escurridizos. Porque la poesía la presentan como un programa de televisión a altas horas de la madrugada para una minoritaria afición desconocida… como la del esquí acuático, la que folla con cabras o cosas por el estilo. ¿Quién lee poesía? ¿A quién le han dicho que sirve para algo?

– Publican mucha en la prensa.

– Ja, cuanta más, menos. Eso no son sino parches. Llaman a cualquier gilipollas domesticado y le dicen: «Oh, Jonathan, ¿podrías mandarnos un poema de tantos versos para esta semana?», o: «Me temo que nuestro crítico de ballet se ha torcido la muñeca escribiendo mayúsculas, ¿podrías escribir algo largo en versos cortos? Con rima, por favor, ya sabes que a nuestros lectores les gustan las rimas.»

– Me parece que eso no es muy justo. -(Francamente, pensé que era paranoia, el enconado despecho de un escritor sin éxito.)

– Por supuesto que no es justo. -(Toni pronunció «justo» con el sarcasmo que normalmente reservaba para «conservador»)-. Pero es así como funciona. Pregunta qué poesía tienen en una biblioteca y sólo encontrarás baladas campestres o cosas de gilipollas ya muertos. ¿Qué tiene eso que ver con el presente? Y lo mismo con las novelas: todo son contrabandistas, aventuras de animalitos o historia.

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