Cesarina Vighy - El último verano

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Ser diagnosticada de Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), la enfermedad que padece Stephen Hawking, lleva a la autora a repasar los puntos importantes de su vida a la vez que intercala sus sensaciones más recientes, causadas por la enfermedad. En menos de 200 páginas repasa los puntos importantes de su vida: su infancia en Venecia bajo las bombas de la II Guerra Mundial, un traumático aborto, Roma en los años setenta y el feminismo, y de la reconciliación con la vida a través de su propia hija. Y alterna esos episodios con los que nos ofrece una radiografía precisa de su transformación con el paso del tiempo por causa de la enfermedad, pero evitando en todo momento lo soez o lo patético, y mostrándonoslo con lucidez, humor e ironía.

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Pues bien, parece que el cabecilla, en un momento de relajación, eligió la estancia más grande y, sentado cual si fuera un trono en el sillón del director, hizo poner en fila a todas las mujeres, a las que luego obsequiaba con una palmada en el culo cuando pasaban delante de él. Al llegar su turno, nuestra amiga se escabulló y no se dejó tocar, proclamando orgullosamente: «¡A mí no, que soy política!».

Mucho tiempo después, otra huéspeda de la pensión me contó que Giorgiana había estado efectivamente presa, pero por trata de blancas; yo, sin embargo, habría velado a otro muerto por escuchar historias así.

Bien pensado, el segundo delito era sin duda más probable, pero el arte narrativo no precisa verosimilitud.

Bien es verdad que en la casa había un discreto ir y venir de mujeres, especialmente después de cierta hora: amigas, decía ella.

Una noche nos despertó un alboroto inusitado: una de las amigas era levantada en brazos, la obligaban a ir de arriba abajo por el largo pasillo y a beber muchos cafés. Al parecer había tratado de envenenarse porque el viejo joyero que la mantenía, caprichoso, había cambiado de chica. Pero no hubo siquiera necesidad del lavado gástrico y volvimos a la cama.

El tenso clima de aquel lugar nos contagió también a nosotras. Los pequeños celos, las pequeñas desavenencias que, aún invisibles, empezaban a surgir en aquella relación perfecta se plasmaban en estallidos de ira, huidas, gestos teatrales. La más teatral, la más melodramática era yo, elegida como ama, señora, gurú desde el principio: ella era mi esclava, mi sirvienta, mi discípula. Una noche la eché de casa y tiré sus cosas a la calle, desde el cuarto piso, mientras la gente que estaba sentada en la cafetería de abajo miraba boquiabierta.

Éramos tan inteligentes y tan estúpidas que no comprendimos que, al margen de la intimidad más dulce, en esas relaciones se reproducen también los mecanismos hombre y mujer, vencedor y vencido, sin igualdad, sin siquiera presentar armas al rendido.

En cualquier caso, en aquella casa aprendí también un montón de cosas prácticas: por ejemplo, a soltar los fáciles nudos con que sellan los contadores del gas y de la luz. La patrona me decía con persuasiva sencillez: «Usted, señorita Amelia, con esas manitas lo hace mejor». Y era verdad.

Luego, algo importantísimo, aprendí a comer. Había sido una niña escrupulosa con la comida, una adolescente neurótica, una adulta patológicamente insegura en la elección de platos, hasta optar por el ayuno. La dieta de la patrona me curó. No cabía discusión: primero, segundo y fruta. Sólo que el primero consistía en cuatro hilos de pasta, el segundo, en dos hojas de lechuga con una lámina de carne a cuyo través se podría haber visto a Cristo crucificado, la fruta, en una inexorable manzana. Puedes no tocar nada pero tampoco hay alternativas. Hasta que con el paso de los meses, de los años (sí, me quedé en esa pensión varios años), desarrollas un hambre crónico, continuo, que se parece mucho al de los indios o al de los birmanos, al de todos los menesterosos de la tierra.

Lo de doña Giorgiana no era mala voluntad o tacañería. Aunque todos pagábamos regularmente la mensualidad, ella estaba siempre en otro mar: ¿deudas acumuladas?, ¿usureros?

Nos enseñó que nunca hay que coger el recibo que un cobrador te tiende, que nunca hay que abrirle la puerta pues no puede meter nada por debajo de ésta, tiene la obligación de hacer la entrega en mano, a la persona que sea, pero en mano.

A doña Giorgiana, cuando se encontraba realmente mal, le quedaba todavía una vía de escape: hacer que la ingresaran, no sé mediante qué subterfugios, en una clínica conocida sobre todo por estar especializada en enfermedades mentales, donde tengo para mí que, a cambio de la hospitalización hecha de tapadillo, experimentaban con ella los efectos de nuevos fármacos. ¡Y vaya efectos! Regresaba a casa, tras amainar la tormenta, trastornada: no deprimida sino con una alegría rayana en la locura. Una vez, en ese estado, intentó emborrachar al canario, pobre animalito.

Durante sus hospitalizaciones se ocupaba de nosotras una criatura maravillosa, la vieja Maria, una servante au grande coeur de las que pensaba que existían sólo en la literatura. No comía por darnos la poca comida que había, me cuidó cuando estuve enferma con la ternura que creo sólo tiene una abuela, llamándome con un mote cariñoso que me encantaba y que no he vuelto a oír: «Chincheta, Chincheta».

Tenía un amante: un obrero de su edad, casado, con el cual, después de ser descubiertos por la mujer, únicamente podía verse a primera hora de la mañana en un bar para tomar café. Y hasta que pude pasar por la Via di Monterone, frente a aquel bar, siempre pensé que el suyo era el auténtico amor.

El barco casero se hundía y los huéspedes, de uno en uno, lo abandonaban. Yo también, rata miedosa, estaba tentada de hacerlo y, tras la imprevista propuesta de la inquilina del pequeño ático de irme a vivir con ella a un auténtico piso compartiendo los gastos, cedí.

Antes de que el gallo cantase, ya me había mudado.

Si los psicoanalistas se despsicoanalizaran

Arriba, en el atiquito (llamémoslo así), no se estaba tan mal.

Mi coinquilina tenía maneras bruscas y hablaba muy poco conmigo.

Tal vez a causa de la nobleza: marquesita económicamente venida a menos, se levantaba temprano todas las mañanas y se marchaba volando al trabajo sin asearse, pero todas las noches, tras despojarse del habitus [23] y del aspecto de empleadita, recorría con los amigos de su círculo natural los locales de la ciudad, donde se quedaba hasta las tantas.

Ella ocupaba una habitación enorme con acceso directo a la terraza y, lo que es más importante, al baño-retrete que se había construido, como en muchas casas del centro antiguo, en la antigua caseta antaño destinada a esas necesidades.

Yo, en cambio, ocupaba un cuartito diminuto con un ventanuco altísimo que daba a los tejados: quedaba muy bohemio pero tenía la desventaja y el inconveniente de obligarme a cruzar su zona cada vez que necesitaba utilizar la ex caseta.

Había además un perro grande, de lo más cariñoso, que dormía sobre un verdadero colchón a su medida, al que pronto se sumó un gato llevado por mí: se hicieron tan amigos que descansaban juntos tiernamente entrelazados, sobre el insólito jergón, un pequeño espectáculo cotidiano.

Las visitas de Maria Antonietta continuaban: la marquesita era también una mujer de mundo. Seguían los viajes, maravillosos, en Lambretta, pincelados por mis chiflados caprichos. Recuerdo el que hicimos al monte Amiata, con parada en Grosseto a las dos de la madrugada porque no me apetecía partir con el sol, tras las huellas del visionario carretero Davide Lazzaretti [24].

Después, para compensar, fuimos a Nomadelfia [25], donde viven las madres más heroicas, que, una vez que crían hijos ajenos y los dejan seguir su camino, se disponen a acoger a otros.

Maravillosa Toscana, tierra de blasfemos y de santos, de anárquicos y de locos.

He hecho mención de estos viajes, que ahora se organizan a lo sumo para ancianas jubiladas con el fin de encasquetarles cacerolas, no sólo por añoranza, sentimiento que sin duda comparto con dichas ancianas jubiladas, sino por la asfixiante sensación de que hoy el mundo se está estrechando, viajes incluidos, hasta acogotarte. No, no es la queja de quien encuentra hermoso cuanto tiene que ver con su juventud, una edad que causa mucho sufrimiento, sino que se trata de un hecho real, que puede constatar cualquiera que reflexione un poco sobre él: de los diez mil nombres que se usaban hace unos cuarenta años se ha pasado a tres mil, de la infinita variedad de manzanas apenas se salvan las reineta, las golden y pocas más. ¿Y dónde se encuentra un corte de tela o un botón encarnadino, pavón, turquesa, zafirino, verdeceledón? ¿Quién conserva aún delante de los ojos de la mente, con claridad, esos frágiles matices?

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