Oyó el alegre ladrido de un perro. Al volver la cabeza hacia el camino de la costa, vio a una mujer de pelo blanco con un anorak rojo que paseaba en dirección sur con un perrito marrón claro que corría sin correa de un lado a otro olfateando el camino. Dándole la espalda a Julia, giraron y entraron con pasos apresurados en una casa al otro lado del camino.
Julia comprendió que aparte de Ernst había más gente viviendo en Stenvik.
Poco a poco la somnolencia fue desapareciendo y le pareció que rebosaba energía. Cogió un bidón de plástico y rápidamente subió a casa de Gerlof para llenarlo con agua potable del grifo del jardín. A la luz del sol la casa aparecía realmente acogedora, pero su padre no le había dado la llave, así que no podía entrar a ver el dormitorio de su infancia.
Tras llenar el bidón se dio cuenta de que nada le impedía quedarse más de un día en Öland. Si tenía algo razonable que hacer -si Gerlof se espabilaba y le proponía hacer o buscar algo-, podría quedarse un par de días o tres.
Después observó el jardín desierto y se decidió. No. Regresaría a Gotemburgo ese mismo día, pero un poco más tarde.
De vuelta en el cobertizo, mientras sujetaba con fuerza el bidón de plástico, se detuvo a mirar la casa amarilla que se alzaba tras el seto de espino blanco al pie de la casa de verano. Estaba rodeada de altos y frondosos fresnos y en realidad apenas se vislumbraba debido a los setos, pero lo poco que se veía no era bonito. No sólo estaba vacía sino también completamente abandonada. La parra virgen había trepado por las paredes y comenzaba a cubrir las ventanas rotas.
Julia recordaba vagamente que antes vivía allí una mujer mayor que nunca salía ni se relacionaba con nadie de la aldea.
Era raro que hubieran dejado que la vivienda se deteriorase; bajo todas esas grietas había una casa magnífica. Deberían restaurar toda la finca.
Julia continuó andando hasta el cobertizo para prepararse un té y desayunar.
Cuarenta y cinco minutos después echaba el cerrojo al cobertizo, con una bolsa colgada del hombro y la otra en la mano. Al otro lado de la puerta la cama estaba hecha, la electricidad cortada adecuadamente con el interruptor central y los estores bajados. El cobertizo estaba de nuevo vacío.
Julia se encaminó por el cantil hacia el coche, miró alrededor pero no vio a nadie en la costa, y después entró en el vehículo. Arrancó el motor y observó el cobertizo por última vez. Miró el cantil, el decrépito molino de viento y el mar resplandeciente a sus pies, y otra vez se sintió embargada por la tristeza.
Condujo velozmente hacia la carretera general.
Pasó de largo la granja convertida ahora en casa de campo, pasó de largo el caserón abandonado y pasó de largo la casa de campo de Gerlof. Adiós, adiós.
«Adiós, Jens.»
Si se giraba a la izquierda por el camino de la aldea se llegaba a un sendero que conducía a otro grupo de casas de campo, donde también había una piedra caliza cuadrada a medio enterrar con un texto pintado en blanco: «PIEDRA ARTESANAL 1 KM». Un poste de hierro más alto mostraba el símbolo de callejón sin salida.
Julia vio la señal y recordó lo que había pensado hacer esa mañana antes de despedirse de Gerlof y partir: detenerse en la cantera abandonada y echar un vistazo a las esculturas de piedra de Ernst Adolfsson.
En realidad no tenía dinero para adquirir ninguna, pero le apetecía verlas. Y quizá podría hacerle a Ernst algunas preguntas sobre Jens, en caso de que el anciano recordara su desaparición y deseara contarle dónde había estado ese día. No tenía nada que perder.
Al girar hacia el estrecho sendero, el pequeño Ford comenzó a botar y dar bandazos. Era el peor camino por donde había pasado en Öland hasta el momento, sobre todo a causa de la lluvia. En el suelo empapado se formaban grandes charcos en las rodadas de las ruedas; aunque redujo la velocidad y continuó en primera, el coche siguió patinando en los baches de barro reluciente.
Dejó atrás las casas de campo y avanzó por la linde del lapiaz. El camino se inclinaba lentamente hacia la cantera a lo largo de la carretera de la costa, pero luego se enderezaba hacia la pequeña cabaña de Ernst Adolfsson y acababa en una rotonda en el jardín frente a la casa, donde Ernst había aparcado su viejo Volvo PV blanco.
No se movía una mosca: había una piedra plana y pulida colocada en medio de la rotonda con un texto en negro: «PIEDRA ARTESANAL – BIENVENIDOS».
Julia giró detrás del Volvo y detuvo el coche. Se apeó y sacó su fino monedero del bolso.
El viento susurraba entre la hierba de un paisaje carente de árboles casi por completo. A un lado del jardín se abría una enorme herida en la montaña: era la cantera; al otro lado sólo había hierba y enebros dispersos hasta donde alcanzaba la vista. El lapiaz.
Se dio la vuelta y miró la casa. Estaba cerrada y en silencio.
– ¡Hola! -gritó.
El viento amortiguó su voz y nadie respondió.
Una amplia senda de piedra caliza triturada conducía hasta la puerta lateral de la casa. Vio un timbre.
Julia se acercó y llamó.
Tampoco obtuvo respuesta. Pero tenía el coche aparcado allí mismo, así que, ¿adónde había ido Ernst?
Volvió a llamar, un largo timbrazo. Nada.
Siguiendo un impulso probó a abrir la puerta. No estaba cerrada con llave y al empujarla se quedó entreabierta, como invitándola a pasar.
Metió la cabeza.
– ¿Hola?
Nadie respondió. La luz estaba apagada y el recibidor, sumido en la oscuridad. Esperó oír el sonido de pasos pesados y un bastón apoyándose en el suelo, pero todo permanecía en silencio.
«No hay nadie en casa; ve a ver a Gerlof», dijo su voz interior. Pero era demasiado curiosa. ¿En Öland no cerraban la puerta cuando salían de casa? ¿Aún confiaban tanto en la gente?
El felpudo verde de plástico de la puerta decía «BIENVENIDOS». Julia se limpió las suelas un par de veces y entró.
– Hola -dijo-. ¿Ernst? Soy Julia. La hija de Gerlof…
Del techo del recibidor colgaba un móvil con pequeños barcos de madera que navegaban en la corriente de aire. A la derecha se encontraba la cocina; estaba limpia y recogida, con una pequeña mesa y dos sillas. A la izquierda se hallaba el dormitorio con la cama hecha.
El recibidor daba a un salón con sofá, televisor y una ventana panorámica que mostraba la cantera y el azul estrecho a lo lejos. Había montones de periódicos y libros sobre la mesa que se encontraba en medio de la habitación, pero tampoco vio a nadie en el salón. De una de las paredes colgaba un reloj hexagonal hecho de piedra caliza pulida, con trozos de pizarra como manillas.
Lo único extraño de la casa era que aparte del reloj no contenía otros objetos de piedra artesanal. ¿Tenía Ernst de sobra con lo que había fuera?
Regresó al recibidor y miró alrededor un par de veces, como si un atacante desconocido fuera a surgir de una hendidura de la pared. Salió de nuevo a la escalera y cerró la puerta con cuidado.
Permaneció inmóvil bajo la luz del sol, insegura sobre lo que haría a continuación. Ernst Adolfsson seguramente había salido y había olvidado cerrar la puerta con llave.
Miró hacia las esculturas de piedra al borde de la cantera, a lo lejos. Junto a ellas había una pequeña mesa de trabajo roja rodeada de bajos abedules, y en un montón junto al cobertizo reposaban aún más bloques de piedras de diferentes tamaños. Tenían algunas partes pulidas pero parecían inacabados. Vio rostros deformes y negras cuencas de ojos de piedra y pensó en los trols que secuestraban a los niños y se los llevaban a la montaña para siempre. Gerlof le había contado que antaño, cuando a los trabajadores de la cantera les desaparecía alguna herramienta, siempre echaban la culpa a los trols. Era impensable que un compañero de trabajo la hubiera robado.
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