Eduardo Lago - Llámame Brooklyn

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Una historia de amor, amistad y soledad. Un canto al misterio y el poder de la palabra escrita.
Un periodista del New York Post recibe la noticia de que su amigo Gal Ackerman, veinticinco años mayor que él, ha muerto. El suceso le obliga a cumplir un pacto tácito: rescatar de entre los centenares de cuadernos abandonados por Ackerman en un motel de Brooklyn, una novela a medio terminar. El frustrado anhelo de su autor era llegar a una sola lectora, Nadia Orlov, de quien hace años que nadie ha vuelto a saber nada.
Llámame Brooklyn es una historia de amor, amistad y soledad, es un canto al misterio y el poder de la palabra escrita. Una novela caleidoscópica en la que, como en un rompecabezas, se construye un artefacto literario insólito en la tradición literaria española.

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Apagué la luz, extenuada, las palabras del diario desfilaban ante mí, desordenadas, suscitando un aluvión de imágenes, lo había leído todo de un tirón, condensando en una hora anotaciones que mi madre había tardado años en acumular. Mis sentimientos eran demasiado intensos como para hacerme una idea coherente de lo que había descubierto. Algunos detalles se destacaban claramente, otros seguramente ni los habría registrado. No sé cuánto tiempo pudo transcurrir antes de que me venciera el sueño. Durante el larguísimo duermevela tuve una experiencia extraña. Nadia estaba en la habitación conmigo y me leía su diario en voz alta, mientras me acariciaba la cabeza, que yo tenía recostada en su regazo. Aunque no estaba dormida del todo, por un momento, pensé que su presencia era real, pero cuando abrí los ojos, no había nadie en la habitación.

Se adueñó de mí una terrible sensación de duda. ¿Había obrado bien? ¿No debería haber hecho como Bruno, no leer nada, no asomarme a aquel abismo? Por otra parte, ¿no había sido él mismo quien me había proporcionado el diario? ¿No quería que conociera mejor a mi madre, invitándome a entrar en su territorio secreto? Sí, eso quería, pero ¿y yo? ¿Y ella? Si me estaba viendo desde algún lugar, como decía Bruno, ¿qué estaría pensando? Sacudí la cabeza, creyendo que iba a enloquecer. Se me ocurrían nuevas preguntas. Todo lo que había escrito Nadia en el diario se refería en exclusiva a Gal. ¿Por qué no hablaba de otros hombres? Los había habido, incluso se había casado después de dejarlo a él, con aquel músico cuyo apellido había llevado durante un tiempo… En el diario no había la menor traza ni de él ni de ninguno de los otros. Aquella libreta era un pequeño espacio reservado para aquel hombre, cuya entidad se me aparecía como una mancha inquietante. ¿Por qué?

Soy muy joven y supongo que si le hablara de mis heridas a un hombre que ha vivido tanto como usted, le parecerían ridículas. Pero el caso de Nadia era distinto. Sus heridas eran muy profundas, eso es lo que me reveló la lectura del diario. Con Bruno no hablé de aquello para nada, por supuesto, aunque durante el desayuno, él pudo ver perfectamente que yo estaba muy afectada. Me llevé los papeles conmigo a Nueva York. El recuerdo del diario me volvía de manera involuntaria a la cabeza, pero la caja no la volví a abrir. Me daba miedo acercarme a ella. Me acordaba de lo que me había dicho Bruno, de que al darse cuenta de cuál era su contenido, la cerró como si hubiera sorprendido dentro a una cobra adormilada. Una noche, a principios de diciembre, Nadia se me apareció en sueños. Iba descalza, vestida con un peplo. Tenía el pelo recogido y era muy joven, más que cuando me dio a luz. Llevaba puestos los pendientes y el collar de plata que guardaba en la caja. No me habló. Ni siquiera estaba segura de que me estuviera viendo. Estaba de pie, apoyada en una columna de mármol, como una diosa griega. En la mano llevaba la caja. Yo intentaba acercarme a ella, pero no podía. La llamaba, unas veces por su nombre, casi gritando, Nadia, Nadia. Otras, en voz más baja, sólo le decía mamá. Ella no contestaba. En cierto momento me miró, guapísima, serena, pero siguió sin dirigirme la palabra. Le pregunté si le parecía bien que hubiera leído los papeles. Entonces dejó la caja en el suelo. La tapa se abrió sola y de su interior salió un pájaro horrible que echó a volar hasta posarse en unas zarzas que se materializaron de repente, como ocurre en los sueños. Mi madre se dio la vuelta y se alejó de mí, mientras yo la llamaba, dando voces desgarradas. Me desperté sudando, y tardé un poco en comprender dónde me encontraba. Me pareció que en el aire flotaba el eco de los gritos que había proferido en sueños. De manera instintiva fui a buscar la caja. Mi intención no era leer. Lo único que quería era tocar con mis manos las palabras que había escrito mi madre, acariciar el collar y los pendientes que llevaba puestos en el sueño. Pasé las hojas, posando la mirada en las frases, sin captar su sentido. Al llegar a la última página escrita, me detuve, como quien llega al final de un camino largo y tortuoso. Mi mirada estaba fija sobre el párrafo que cerraba el diario de Nadia. De pronto cobré conciencia de lo que decía:

6 de mayo de 1994

poste restante – devuelta la última carta enviada a Gal – sin abrir – dentro del sobre una nota de Frank Otero – murió hace casi dos años – sus restos descansan en un lugar llamado Fenners Point, cerca de Deauville.

Guardé el diario y apagué la luz, aunque sabía que no podría dormir. Pegado a la ventana del dormitorio hay un letrero de neón que se enciende y se apaga de manera intermitente a lo largo de toda la noche. Yo dejo la persiana subida a propósito, porque en lugar de molestarme, aquel parpadeo me adormece. La habitación estaba un segundo a oscuras y al siguiente bañada en un halo de luces rojas y azuladas. La última entrada que había registrado mi madre en su diario se me había quedado grabada en la cabeza palabra por palabra. Recordé la fecha. En mayo de 1994 yo tenía seis años. Pensé en todas las páginas en blanco que venían después. Era como si con la muerte de aquel hombre se hubiese cerrado una puerta muy pesada, cortando todo contacto con el pasado. Es curioso cómo opera la imaginación. El nombre de Fenners Point me daba vueltas en la cabeza. Jamás había oído hablar de aquel lugar, como tampoco había oído hablar nunca de Deauville.

Traté de visualizar el cementerio de que hablaba mi madre en el diario. El parpadeo de las luces de la calle acabó por apaciguarme. En el umbral del sueño, las letras de neón reproducían los nombres de lugar que había escrito Nadia en el diario. Fenners Point. Deauville. Por la mañana los busqué en el mapa de carreteras que tengo en mi cuarto pero no aparecían. Tuve que consultar el enorme atlas que hay desplegado en un atril de la biblioteca de Cooper Union. Qué absurdo, verdad, sentir curiosidad por una cosa así. Incomprensiblemente, se fue fraguando en mi interior una idea insensata. Se me había metido en la cabeza que tenía que ir a aquel cementerio. Ardía en deseos de ver la tumba del antiguo amante de mi madre. Se lo dije a Samantha, mi compañera de piso. Sin ánimo de disuadirme me preguntó qué esperaba descubrir yendo allí. Nada, por supuesto, sólo quitarme la idea de la cabeza. Le dije que estaba decidida a ir y le pedí que me acompañara. Fuimos en su coche. Lo demás, ya lo sabe.

Por lo que se refiere a la novela, su lectura me dio bastante que pensar. Ya no se trataba sólo de mi madre. Como usted mismo dijo antes, en el libro de Gal Ackerman hay mucho que no tiene que ver con Nadia. Y no fue él el único en quien pensé. La lectura también me hizo pensar en el hombre que terminó Brooklyn . En Néstor Oliver-Chapman, en usted. Hay algo en todo esto que le afecta directamente como escritor. Los papeles que encontré en la caja que me dio mi padre no siempre coinciden con lo que se dice en la novela. Gal Ackerman no era totalmente fiable. No es que le engañara, pero sí le utilizó. Le dejó todo preparado para que terminara el libro de cierta manera. En el diario de mi madre hay algunas revelaciones perturbadoras para mí. Una es que le escribió una larga carta a Gal Ackerman para decirle que había tenido una hija. Gal le contestó. Es una de las cartas que se conservan. Léala, es de una tristeza escalofriante.

Otra cosa es que se volvieron a ver. Eso significa que la última vez que estuvieron juntos no fue en Bryant Park, como quiso hacerle creer Gal. El quería que la novela terminase con el episodio de la carta de amor que cayó del cielo, episodio del que mi madre también habla en el diario, pero no fue ésa la última vez que se vieron. Una cosa es la literatura y otra la vida. No deberían haberlo hecho, pero la verdad es que se volvieron a encontrar. Su última cita, forzada por él, fue muy dolorosa. Es uno de los pocos episodios que Nadia describe con detalle en el diario. Hay más cosas, algunas de las cuales afectan al núcleo de la historia. Yo no diría que la desdicen, más bien la complementan. Por alguna razón, Gal hizo a mi madre depositaría de ciertos textos a los que él confería gran importancia. Están aquí, en esta caja. En realidad, todo pertenece a la novela y, por lo tanto, a usted. En cuanto a mí, lo que más deseo es desprenderme de todo esto y olvidarlo. Supongo que inicialmente fue un capricho, pero me alegro de haber ido a Fenners Point. Ahora que ha pasado todo, no sé qué balance hacer de la lectura de ese libro. Cuando vi el título me dio un vuelco el corazón. Samantha y yo forzamos la cerradura, extrajimos la novela y la empezamos a hojear juntas. No tardé mucho en toparme con el nombre de Nadia Orlov. Viendo que me ponía muy seria, Samantha se hizo a un lado, aunque no seguí leyendo allí. Volvimos inmediatamente a Nueva York, sin hablar apenas, y nada más llegar a casa, me encerré en mi habitación. Fue todo muy extraño, real e irreal a la vez, como los sueños que tenía desde que murió Nadia. Cuando terminé el libro, comprendí la magnitud de mi transgresión. Aparte de todo lo relacionado con mi madre, me había inmiscuido de manera mayúscula en otras vidas. Al cabo de unos meses comprendí lo que tenía que hacer: devolverle la novela a Frank Otero, si es que estaba vivo, si es que el Oakland seguía existiendo después de tantos años. Y si encontraba a Otero, tal vez a través de él, también podría llegar hasta usted. Y si daba con usted, podría deshacerme de los papeles de mi madre sin necesidad de destruirlos.

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