Eduardo Lago - Llámame Brooklyn

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Una historia de amor, amistad y soledad. Un canto al misterio y el poder de la palabra escrita.
Un periodista del New York Post recibe la noticia de que su amigo Gal Ackerman, veinticinco años mayor que él, ha muerto. El suceso le obliga a cumplir un pacto tácito: rescatar de entre los centenares de cuadernos abandonados por Ackerman en un motel de Brooklyn, una novela a medio terminar. El frustrado anhelo de su autor era llegar a una sola lectora, Nadia Orlov, de quien hace años que nadie ha vuelto a saber nada.
Llámame Brooklyn es una historia de amor, amistad y soledad, es un canto al misterio y el poder de la palabra escrita. Una novela caleidoscópica en la que, como en un rompecabezas, se construye un artefacto literario insólito en la tradición literaria española.

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No sabía que iba a ser así, pero entonces vino lo peor. Las semanas siguientes se apoderó de mí un sentimiento muy extraño. Fue el principio de una crisis muy profunda. No hablo del vacío en que se hunde uno al final de un proceso creativo largo e intenso, aunque por supuesto eso era una parte importante. Terminar la novela de Gal Ackerman fue una maldición que asumí de buen grado. Lo extraño era que, tras haber cumplido con mi parte del pacto, la sombra de su autor continuaba cerniéndose sobre mí. Me sentía misteriosamente encadenado a su destino. Comprendí que había caído en una trampa de la que no me iba a resultar fácil salir, una trampa que no era sólo la novela, sino también el Oakland, Brooklyn, los Estados Unidos. Tenía que escaparme, viajar a otros lugares, hacer otras cosas, poner distancia entre mí y la novela de Gal, vivir mi propia vida. El Oakland tenía algo de peligroso. Atrapaba para siempre a los personajes a quienes daba acogida.

Frank insistió en que podía quedarme en el motel indefinidamente. La idea me aterró. Me daba miedo que me ocurriera lo que a Gal y a otros antes que a él. A Niels Claussen, sin ir más lejos. Una de las cosas que aprendí escribiendo la novela, y aprendí muchas, es lo difícil que resulta sortear la falsa impresión de verdad que transmite la página escrita. La historia de Niels no estaba en el libro sólo porque le hubiera sugerido a Gal la idea del Cuaderno de la Muerte. Había algo más, de lo que me daba cuenta por primera vez ahora. La historia del danés encerraba un significado más profundo. Ninguno estamos libres de que se abata sobre nosotros la tragedia. Sucede constantemente. Lo verdaderamente escalofriante de la historia de Claussen es que no supo reaccionar, fue incapaz de rehacerse. Renunció a seguir viviendo. El Oakland no acabó con él físicamente, hizo algo peor. Lo convirtió en un muerto viviente con apenas veintiséis años. Si se piensa bien, el destino de Gal no fue muy distinto. Al final también él sucumbió a aquel extraño sortilegio. No, de ninguna manera podía quedarme en el motel. Tenía que seguir por mi cuenta. Sentía que se había cerrado un paréntesis excesivamente prolongado. El Oakland era un núcleo contra el que acababan estrellándose las vidas que describían órbitas a su alrededor. Eso es lo que me aguardaba a mí si no hacía algo por impedirlo. No llamé a Dylan Taylor. De haberlo hecho, no me cabe la menor duda de que me habrían ofrecido algo. Tenía que ser fuerte y cortar, irme, buscarme la vida en otra parte, seguir adelante. Había cumplido treinta y cuatro años. A esa edad, muchos claudican para siempre. No sabía qué hacer, tal vez volver a España, cualquier cosa menos continuar allí.

Las cosas no podían volver a ser como antes. Acabar el libro de Gal removió los cimientos de mi personalidad. Me obligó a repasar toda mi historia. Muchas cosas saltaron en pedazos. Decidí ir más lejos, romper con todo, hacer trizas el pasado, reinventarme, un concepto muy norteamericano del que, irónicamente, me serví para cortar mis lazos con aquel país. Reventé mi carrera como periodista, que todo el mundo me auguraba tan brillante. Le dije adiós a Brooklyn, a Nueva York, a Estados Unidos, a toda la gente que había conocido, a los paisajes que había descubierto, a los libros que había leído allí. Le dije adiós a cosas que me habían cambiado para siempre. Me despedí de Frank, de Gal, de Nadia, de Alida, de Niels Claussen, de Víctor Báez, de Abe Lewis, de Umberto Pietri, de Teresa Quintana, de Felipe Alfau, de Jesús Colón, de Míster T; de todos los personajes que habían desfilado ante mis ojos y que ahora estaban atrapados para siempre en las páginas de la novela. Tenía que hacerlo para poder ser yo. Tomé la resolución con una firmeza sin resquicios, y cuando lo hice comprendí que había ganado una recompensa de un valor incalculable. La reflexión se formó en mi cabeza con la misma nitidez con que un rayo de sol se cuela por la rendija de una ventana sellada que da a un sótano. Lo dejaba todo atrás, pero no me iba con las manos vacías. Gracias a aquella experiencia me había hecho escritor.

A primeros de noviembre Bruno tenía que ir a París y como coincidía con mi cumpleaños, me invitó a pasar una semana en mi ciudad natal. Daríamos paseos, veríamos todo el arte que pudiéramos, iríamos a conciertos, saldríamos a cenar. El día de mi cumpleaños, iríamos a Dominique, el restaurante favorito de Nadia. Queda en Montparnasse y es un sitio con historia, fundado por un refugiado de Rusia Blanca, allá por los años veinte. Adelantándose a mi reacción, Bruno me dijo que para él también era difícil, pero teníamos que hacer un esfuerzo, porque a Nadia le habría gustado así. Sabía que mi padre tenía razón y accedí. Cuando llegó el momento de la verdad, aunque me había preparado para ello, sentí que no podía con el peso de los recuerdos. Justo antes de entrar, se me nubló la vista y me fallaron las piernas. Bruno tuvo que sujetarme por los hombros y reconfortarme. Repitió lo que me había dicho por teléfono que, dondequiera que estuviese, Nadia se alegraría de que celebráramos allí mi cumpleaños. Me resolví a entrar, contagiada a medias de la seguridad que parecía sentir él. El maître nos reconoció y nos acompañó obsequioso a nuestra mesa. La costumbre entre nosotros tres era hacernos los regalos a los postres. Una vez nos los sirvieron, Bruno sacó a colación la conversación telefónica durante la cual me dijo que quería contarme algo de Nadia. Desconcertada, le vi poner una caja de metal encima de la mesa. Le pregunté si era mi regalo y me dijo que sí. Antes de contarme cómo dio con ella, me pidió encarecidamente que no la abriera hasta que estuviera sola en la habitación del hotel.

Se había tropezado con la caja una mañana en que, sintiéndose con la fortaleza y serenidad necesarias para ello, se decidió a revisar los papeles que guardaba Nadia en su buró. Fue lo primero que vio al descorrer la persiana curva del escritorio. Levantó la tapa con la misma zozobra con que había abierto las cómodas, los armarios, los joyeros, las cajitas de música. Vio un collar y unos pendientes de plata antigua, encima de unos papeles. Hizo a un lado las joyas, y le echó un vistazo fugaz a los papeles. Entre ellos había un diario. Dudó antes de abrirlo. Un par de fragmentos leídos al azar le bastaron para saber de qué se trataba. Volvió a tapar la caja como si hubiera sorprendido dentro a una cobra, eso fue lo que dijo. Las frases que había leído al azar le hicieron recordar cosas que mi madre le había contado de pasada. Lo que había allí era parte de algo que él no tenía derecho a saber. Pero yo era su hija, y mi caso era distinto. La pérdida de mi madre era aún reciente. Aquello seguramente me acercaría a ella. Me ayudaría a conocerla mejor. Además yo me parecía a Nadia en tantas cosas. Me cogió las manos con fuerza y me urgió a terminar el postre, porque empezaba a hacerse tarde para ir a la ópera.

Esperé hasta la noche para abrir la caja. Los pendientes y el collar de que me había hablado Bruno durante la cena eran muy hermosos, de plata labrada, con motivos aztecas. Los contemplé, pensando con extrañeza que se trataba de regalos que le había hecho otro hombre a mi madre. El diario es distinto, pero los papeles no son ninguna novedad para usted. Estoy segura de que ahora entiende el por qué de mí renuencia a enviarle la lista completa por correo electrónico, aunque al final no supe resistirme ante su insistencia. Como le dije entonces, mi grado de interés variaba, según de qué se tratara. Los que hemos acabado por llamar papeles literarios los miré por encima, y no despertaron en exceso mi interés. Las cartas sí, por supuesto, unas más que otras, pero de lo que no pude apartar la vista ni un momento desde que comprendí de qué se trataba, fue del diario. Era una libretita de tamaño mediano, negra, como las que dice usted en la novela que usaba Gal para escribir. No tendría ni un centenar de hojas, y sólo estaba escrita hasta la mitad. Me sumergí en su lectura con el alma en vilo. La escritura no era fácil de seguir, no por la caligrafía, a la que estaba tan acostumbrada, sino por el lenguaje que empleaba mi madre, solipsista, casi críptico, de una sintaxis deshilvanada, el lenguaje adelgazado de alguien que escribe para sí mismo. Mezclaba pensamientos herméticos con evocaciones de sucesos tan despojadas de detalles que en ocasiones no se sabía bien a qué podían referirse. Era como leer poesía en un idioma que no dominas bien. Aun así, saqué alguna cosa en claro. La mayor parte de aquellas notas hacían referencia a la relación que había mantenido mi madre con Gal Ackerman. No hablaba de otros amantes, aunque yo sabía que los había tenido. La única excepción era el nombre de mi padre, que aparecía en un par de entradas. Fue un viaje a un lugar remoto y secreto. Era evidente que aquel diario, junto con el puñado de papeles y los objetos que lo acompañaban habían tenido para ella un valor muy especial. Aquello era una parte muy importante de la vida de mi madre. En el diario, el calor de las palabras mantenía vivos unos sentimientos que con el paso del tiempo probablemente se habrían desvanecido, sólo que la escritura los había fijado para siempre. Atrapado en aquellas páginas, el amor que había sentido mi madre por aquel hombre, se mantenía extrañamente vivo, aunque en la vida real sus sentimientos habían cambiado. Las entradas eran breves, más bien pocas, y comprendían un arco de varios años. Al principio había una cierta continuidad, luego se empezaban a hacer más esporádicas, hasta llegar a hundirse en un silencio casi total. La última anotación flotaba perdida en la página derecha, la caligrafía era algo más legible de lo habitual en ella, como si hubiera escrito aquellas líneas muy despacio. Mi madre hacía alusión a una carta en la que alguien le comunicaba escuetamente que Gal Ackerman había muerto hacía dos años. Entonces no presté atención a la fecha, ni al nombre del remitente, ni al lugar donde se decía que lo habían enterrado. Tan sólo registré el dato de la muerte. Seguí pasando hojas, pero no encontré una sola anotación más. Cerré el diario, o se me cayó de entre las manos. El llanto se formó solo, como una tormenta que tarda en llegar, antes de descargarse con violencia, lloré durante mucho tiempo, desconsoladamente, sin poderme controlar, hasta que me quedé sin fuerzas.

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