Otra razón por la que no quería contarle las cosas por e-mail. Sólo aludir a la muerte de Nadia me hace un daño que no se puede usted ni imaginar. Fue un golpe brutal, no creo que nunca me llegue a recuperar del todo de él. Ocurrió en pleno verano. Bruno ya estaba destinado en Tokio. Por suerte, fue un proceso relativamente rápido. Mi tío Sasha, que siempre había estado muy unido a ella, pasó con su hermana sus últimos días. También vinieron desde Bélgica algunos familiares de Bruno. Tras la cremación, nos quedamos los dos atrapados en un estado de soledad alucinada. Vivíamos más alejados que nunca de la realidad exterior. No recuerdo bien el resto del verano. Bruno y yo nos buscábamos y nos ofrecíamos consuelo, sobre todo él a mí, sin preocuparse demasiado de sí mismo, como es él. Creo que al cabo de un par de semanas consiguió volver cada día a la embajada para cumplir con sus obligaciones. A finales de verano tuvimos que separarnos. No quiso ni oír hablar de la posibilidad de interrumpir mis estudios de arquitectura. Por más que me costara, tenía que volver a Cooper Union. La distancia entre Tokio y Nueva York hacía impensable que nos viéramos más de una vez por semestre. Bruno siempre había sido reacio a hablar por teléfono, pero ahora era nuestro único consuelo, para él también. Me llamaba dos o tres veces por semana. Transcurrieron así un par de meses. En una conversación a mediados de octubre, me dijo que cuando nos volviéramos a ver me contaría algo relacionado con mi madre. Yo me puse nerviosísima. Mi padre no sacaría a reducir una cosa así, a menos que se tratara de algo realmente importante. Me calmó como él sabía hacerlo, diciendo que no había motivo para alarmarse. No dijo nada más y yo tampoco me atreví a insistir. Sabiendo lo difícil que es para él hablar de intimidades, me faltó valor para apremiarle.
Cuando tu madre desapareció, Gal se refugió en la escritura como no lo había hecho nunca. Escribir un libro para que lo leyera ella se convirtió en una obsesión. Gal Ackerman tenía una mente fragmentaria. Escribía constantemente, pero no era capaz de imprimirle un sentido de totalidad a lo que hacía. Lo del pacto, como llamo yo a lo que sucedió entre nosotros, fue algo que descubrí de manera gradual. Mirando atrás comprobé que Gal me había ido revelando de manera muy sutil cómo debía ser el libro que esperaba que algún día llegara hasta tu madre. Murió sin conseguirlo. Yo estaba en Taos, en Nuevo México, haciendo un reportaje. Una noche, al llegar al hotel, me aguardaba una nota diciéndome que llamara al Oakland por teléfono. Cuando Frank me dio la noticia, comprendí que no había vuelta de hoja. Tenía que cumplir con lo pactado. Frank Otero desempeñó un papel crucial a lo largo de todo el proceso. De no ser por él el libro no habría llegado a existir. Le profesaba un afecto indecible a Gal Ackerman, y quería ver cumplido el deseo de su amigo, un deseo ferviente, que daba sentido a su existencia. Gal le había hablado mucho de la novela y él le había visto escribirla en su local, sentado en su mesa, la Mesa del Capitán, año tras año. Además, y eso es importante, vivió de cerca el final de su historia de amor con Nadia. Aparte de que la llegó a tratar personalmente. Tu madre pasó en el motel bastantes noches, incluso llegó a vivir allí una temporada, breve eso sí. Hubo un detalle, antes de empezar, que me hizo ver que todo estaba decidido de antemano. Antes de morir, Gal me había dado la llave de su cuarto. De manera completamente independiente, después de su muerte, Frank, puso a mi disposición el estudio. Fue así como me di cuenta de que me había convertido en el puente no sólo entre tu madre y él, sino también entre ellos dos, entre Gal Ackerman y Frank Otero. No podía permitirme el lujo de decir que no. Era simplemente impensable. Lo asumí y me puse manos a la obra. Decidí trabajar arriba, entre otras cosas porque el material estaba allí. Era un sitio ideal para escribir, nunca he acabado de entender por qué Gal se empeñaba en bajar al Oakland. En eso éramos totalmente diferentes. Empecé dedicándole unas horas al día, por las tardes. En seguida empecé a ver las verdaderas dimensiones del proyecto, todo lo que tendría que revisar, clasificar, conservar, destruir. Pronto comprendí que unas horas al día no serían suficientes. Si quería acabar la novela, lo mejor era que me instalara en el motel y eso fue lo que hice. Me levantaba a las cuatro y media de la madrugada, a fin de poder escribir un par de horas largas antes de irme a la redacción, y continuaba al final del día, como si la jornada de trabajo hubiera sido un paréntesis innecesario. Y seguía así durante los fines de semana y los días libres. Investigaba, hablaba con gente que había tenido trato con él, procurando rellenar los huecos de todas las historias que me iban saliendo al paso. Me gustaría recalcar lo de todas las historias, porque la de Nadia era una más entre muchas, aunque él siempre la tenía en mente a ella como lectora. Pero todavía faltaba mucho para que me fijara en esa cuestión. En el aspecto material, era una labor ímproba, cada vez más absorbente, hasta tal punto que en cierto modo me hacía sentir que estaba asomado al abismo de la locura. Llegó un momento en que todo me distraía de mi compromiso de llevar a buen término el proyecto. El estorbo mayor era mi trabajo como periodista. Por aquel entonces, empecé a hacer colaboraciones para Travel Magazine . No podía interrumpir mi dedicación a la novela para irme a hacer un reportaje a la otra punta del país. Negocié esto con Dylan Taylor y lo aceptó, pero incluso sin salir de Nueva York, el proyecto me consumía por entero. No podía trabajar como reportero y sumergirme luego en el mundo de la novela de Gal. Era sencillamente imposible. Fue entonces cuando Frank se ofreció a ser mi sponsor, ésa fue la palabra que empleó. Cuando se lo oí decir me reí, pero hablaba completamente en serio. Estaba empeñado en pagarme un sueldo hasta que terminara. No supe qué decir, pero él erre que erre. ¿Cuánto quería cobrar por terminar Brooklyn ? ¿Qué tal si me pagaba exactamente lo mismo que ganaba como periodista? Me negué en redondo, pero era como hablar con la pared. Por toda respuesta me decía que le parecía un arreglo perfecto. Lo más que conseguí fue convencerle de que me diera sólo la mitad. Las pagas extra las decido yo, dijo, sin entender mis motivos, y me dio la mano como señal de que acabábamos de cerrar un trato.
Mis jefes fueron comprensivos. Me dijeron que no me preocupara, que aunque no podían prometerme nada, raro sería que a la vuelta no hubiera trabajo para mí. A partir de entonces, pasaron dos años durante los cuales no puedo decir que viví, dos años durante los cuales existí sin ser yo, metido en la piel de Gal, prisionero en un mundo que había creado él, leyendo cartas, diarios, cuadernos, borradores de cuentos, seleccionando papeles, destruyéndolos. La realidad dejó de existir para mí. El segundo año apenas salí de la habitación. Era la única manera de terminar el libro, un libro que en este caso era de otro, y que sin dejar de serlo fue pasando poco a poco a ser también mío. Lo último que revisé fue una carpeta con numerosos fragmentos que, aunque pertenecían a épocas muy distintas, Gal había estado corrigiendo concienzudamente los meses anteriores a su muerte. Su intención era que figuraran al final de la novela. El manuscrito terminaba de forma abierta, con un encuentro entre Nadia y él que estaba destinado a ser el último, en Bryant Park, a dos manzanas de Port Authority, donde había empezado todo. Nadia tenía que coger el autobús de Boston en la terminal de la calle 42, pero Gal prefirió no acompañarla. Terminé la novela con aquel fragmento, porque era evidente que aquélla era la intención de Gal. Tuve que escribir contra reloj, porque quería llevarle la novela el día que se cumplía el segundo aniversario de su muerte. Estuve a punto de no lograrlo, pero conseguí terminar a tiempo. En abril de 1992 tecleé la última palabra. Los días finales fueron de un frenesí enloquecedor. Brooklyn era una criatura imperfecta, como todos los libros, pero existía, tenía forma, había nacido. Me dije: ya está, misión cumplida. Me planté en Fenners Point y metí el libro en la hornacina que había mandado construir Frank.
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