Eduardo Lago - Llámame Brooklyn

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Una historia de amor, amistad y soledad. Un canto al misterio y el poder de la palabra escrita.
Un periodista del New York Post recibe la noticia de que su amigo Gal Ackerman, veinticinco años mayor que él, ha muerto. El suceso le obliga a cumplir un pacto tácito: rescatar de entre los centenares de cuadernos abandonados por Ackerman en un motel de Brooklyn, una novela a medio terminar. El frustrado anhelo de su autor era llegar a una sola lectora, Nadia Orlov, de quien hace años que nadie ha vuelto a saber nada.
Llámame Brooklyn es una historia de amor, amistad y soledad, es un canto al misterio y el poder de la palabra escrita. Una novela caleidoscópica en la que, como en un rompecabezas, se construye un artefacto literario insólito en la tradición literaria española.

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El resto del Astillero no es más que una sucesión de vertederos. Busqué los lugares que Gal había señalado con nombre propio en el mapa. De los muelles bajan rampas de cemento que se hunden en el agua sucia. Hace años que no hay en ellos el menor movimiento. En el Dique Seco no hay quillas que reparar, sólo una vegetación rala que crece entre los restos de una valla de metal. El Depósito de Agua es un aljibe inmenso, de paredes agrietadas, en cuyo borde se alinean las gaviotas. La Torre Circular es una construcción de madera gris, que tiene las ventanas selladas con planchas de madera podrida.

El límite exterior del Astillero lo marcaba una alambrada derribada a lo largo de toda su extensión, a ras de tierra. Tan sólo quedaban en pie los postes de cemento que alguna vez la habían sujetado. Pasé al otro lado, abriéndome paso por entre unos matojos que habían brotado al borde de la acera y empecé a bajar por una pendiente de tierra. Sentí que había algo flotando en el aire, no sabría decir qué, como si fuera verdad que me había adentrado en un espacio análogo, en un territorio, que de una manera que no sabría bien cómo explicar, era distinto. A medida que me acercaba al centro de una hondonada ocupada por un montón de bidones oxidados, me vino con claridad el recuerdo de la tarde que estuve allí con Gal. En aquel momento pisé algo que crujió, y al apartar el zapato vi que era un cráneo de gaviota. Otras dos, de gran tamaño y plumaje blanco y sucio pasaron cerca de mí, se posaron en uno de los bidones y remontaron el vuelo, emitiendo chillidos desacompasados. Cuando se alejaron, me pareció estar oyendo la voz de Gal, sus gritos de borracho, como si fuera verdad lo que decía de que en aquel lugar pasaban cosas algo extrañas, cosas que normalmente no suceden en el mundo:

Aquí está todo, Ness, todo, me había dicho entonces. Toda la mierda y algunas cosas que no lo son. Lo bueno y lo malo, y sobre todo, mi gente. Estamos rodeados de presencias, ¿no las sientes? Aquí, a veces, no siempre, no depende enteramente de mí, he llegado a comunicarme con Teresa, pero es difícil, no creas, muchas veces su voz no me llega con suficiente claridad. Da igual. Sé que es ella y que me habla y con eso me basta. Y con Nadia también. Aunque a ella se la oye mucho mejor, seguramente porque no se ha ido. Aún está aquí, mientras que Teresa, Teresa murió al darme a luz. ¿Sabes? Siempre nos llevamos un pedazo de las cosas, de los lugares, de la gente. Son fragmentos, jirones de seres que se nos quedan incrustados dentro, como esquirlas. Y a veces duele, a veces duele mucho, como me pasa a mí ahora. Pero eso no es lo más importante, lo que importa es que ahora mismo están aquí. Oigo sus voces, las oigo todo el rato, oigo cómo hablan, lo que dicen, si chillan o no. ¿Tú no oyes nada? Es importante, así sé lo que les pasa, lo que sienten, cómo se lamentan de que las cosas no hayan ocurrido de otro modo. ¿Sabes que a veces también cantan? Cuervos, gaviotas, sirenas. Aquí están, aquí tengo sus gritos. Míralas, míralas bien, ¿las ves o no? No falta nadie, están todos y todas. También hay gente que no conozco. Veo rostros, siluetas, pero no puedo decirte los nombres, porque nos están escuchando y podrían molestarse. Muchas veces se acumulan detrás de ese muro. Necesitan un soporte material. No te vuelvas, sigue hablando como si tal cosa. Justo enfrente está Nadia. Me mira fijamente y me pide perdón. Está muy cambiada, pero eso es normal, después de tanto tiempo. Incluso me cuesta reconocer su voz, no es ésa la voz que recuerdo. Luego están las arañas, las iguanas que corretean a mi alrededor y se ríen… ¡Mira eso, Gal! ¡Gal!

Las últimas frases las dijo gritando. Luego dejó de hablar abruptamente. Tenía la frente bañada en sudor, y temblaba. Viéndole desvariar tanto, le dije, procurando no herir sus sentimientos:

Vámonos, Gal, ¿no ves que aquí no hay nada? Sólo llantas podridas, condones usados, cápsulas de crack vacías, malas hierbas y huesos de gaviota. ¿O es que no lo ves? Por favor, Gal, vámonos de aquí.

¡No me vuelvas a decir una cosa así! ¡Nunca! ¿Me oyes, joder? ¿Que no lo entiendes? De acuerdo. Nadie tiene por qué entenderlo. ¡Pero no te atrevas a decir que aquí no hay nada, porque eso no es verdad! Lo que pasa es que tú no lo ves, no puedes verlo, porque no tienes fe. No debería haberte invitado. No tendrías que estar aquí, no tienes ningún derecho. ¡Esto no es asunto tuyo! Estamos llegando al Templo del Tiempo, ahí lo tienes. ¿Me crees ahora? Un templo que mira al mar, ese mar sucio, oleaginoso, el único que nos queda después del vinoso ponto. Ellos y ellas lo saben y por eso vienen; ¿cómo es posible que no te des cuenta de que están aquí? ¿Y sabes por qué vienen? Para hablar conmigo. Yo he erigido estos túmulos y altares para todos ellos, para llamarlos, y ellos lo han oído, lo supieron, y vinieron todos, Ness. Todos. Los muertos y los que todavía no lo están, como ella. Éste es un buen lugar. Me gusta. Pronto moriré, pero antes de que eso ocurra… Es igual. Lo importante es que puedo convocar a quien me dé la gana, a Teresa Quintana, a mi abuelo David, incluso a Umberto Pietri, a quien nunca llegué a ver. ¿Sabes quiénes son, verdad? ¿Lo sabes o no? ¿Todavía no te he hablado de ellos? Pronto lo haré. Ahora son mis fantasmas, pero pronto serán los tuyos. Incluso la pequeña Brooklyn, la hija que quiso tener Nadia sin conseguirlo. ¿Sabes que le iba a poner de nombre Brooklyn? Brooklyn. Fue idea mía. ¿No te gusta ese nombre para una mujer, Ness? Ness…

Por un instante me sentí totalmente confundido. Tuve una intensa sensación de desplazamiento, como si me hubiera trasladado efectivamente a aquella tarde lejana. Llegué a oír las palabras de Gal, o eso me pareció, como si las estuviera profiriendo en aquel mismo instante. Tuve que hacer un esfuerzo para no perder del todo las coordenadas del momento. Flotaba aún en mi cabeza el eco de los gritos desquiciados de Gal, cuando de pronto lo divisé. Tal y como había sospechado, estaba en el Templo del Tiempo, delante del altar mayor, donde había colocado un sinfín de botellas vacías, de todos los tamaños y formas imaginables. A medida que las iba poniendo en orden, las iba enumerando, pronunciando los dígitos con solemnidad. A cada poco perdía la cuenta y volvía a empezar por cualquier otro número, como hacen los niños cuando aún no han aprendido a contar. Había algo que inspiraba respeto en aquel ceremonial absurdo. Algo le hizo percatarse de mi presencia y dándose la vuelta, me saludó. Estaba tranquilo. Cuando llegué al pie de la escalera, se dirigió a mí como si hubiéramos estado juntos toda la tarde y me hubiera mandado a hacer algún recado del que acababa de regresar. Contempló las hileras de botellas con aire reconcentrado, como si estuviera efectuando un cálculo mental muy complicado, o tratando de decidir si podía dar el visto bueno a los preparativos que había estado haciendo. En algunas botellas había embutido ramas y manojos de hierbajos que remedaban arreglos florales. Le debió de parecer que todo respondía al orden por él deseado y sentándose en un escalón, dio unos golpecitos con la palma de la mano en el suelo de cemento, invitándome a que me acomodara junto a él.

Un día, empezó a decir, Nadia vino al estudio muy contenta y me dijo que me había traído un regalo. Se suponía que era una sorpresa, aunque no hacía falta ser ningún lince para darse cuenta de qué era lo que me traía. El envoltorio de papel plateado se ajustaba con precisión a la forma de una botella. Venía atada con un cordón azul. Cuando lo descorrí, vi que era una botella pequeña de un brebaje de color violeta. Parfait Amour , decía la etiqueta. La he elegido por el nombre, me dijo, porque una cosa así no puede existir, pero si existiera, estaría reservada para nosotros. Muy de ella. Al margen del juego de palabras, tengo que decir que no creo que sea posible pensar en un licor más repugnante; pero la ocurrencia me hizo gracia y me lo bebí con ella. A Nadia aquel brebaje le encantó, porque como apenas probaba el alcohol, prefería los licores dulzones, pero yo casi vomito. No es que fuera un problema grave, hice de tripas corazón y me liquidé la botella. Ella también bebió, no creas. Nos entró la risa floja. No tengo ni puta idea de si el nombre tiene algo que ver. Nunca se me ocurrió que fuera un afrodisíaco, pero lo cierto es que nos pusimos a hacer el amor como adolescentes. ¿Te imaginas beberse medio litro de Parfait Amour , a palo seco, sin hielo ni nada? Eso sí, no lo he vuelto a probar. Pero lo cierto es que sigue habiendo gente a quien le gusta. La prueba es que me he encontrado un casco vacío por ahí y lo he puesto en el altar. ¿Lo ves? Está en el centro.

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