Gal, he dejado de escribir por un instante y me he acercado hasta el teléfono, y sin descolgarlo, he marcado varias veces el número del Oakland. Y cada vez que lo he hecho, me he dicho: y si lo llamo, pero no puede ser. He dejado que el dial girara hacia atrás, y cuando se detuvo, inmediatamente he vuelto a esta carta, si es que lo es, porque seguramente nunca te la enviaré. Sabes, en la clínica, cuando recuperé la conciencia, estuve hablando un momento en ruso con la enfermera que me había atendido. Era ucraniana, de Kiev y se llamaba Inna. Le pregunté si el sexo del feto estaba ya determinado. Me dirigió una mirada de reproche por preguntarle algo que sabía. Estaba embarazada de siete semanas. Pero cuando vio que me echaba a llorar, me dijo que era niña. ¿Y qué han hecho con el feto? Se dio la vuelta, y me dejó plantada. ¿Pero qué hacen, Gal, qué hacen con los niños que se pierden? Me vino a la cabeza algo terrible: los usan para hacer cosméticos. Tienen los tejidos tan delicados, que sirven para ayudar a los que no quieren envejecer. Era niña, y me acordé de lo que tú decías de que algún día tendríamos una hija, y le pondríamos de nombre Brooklyn. Brooklyn, qué ocurrencia. Perdona. Qué extraña esta necesidad de hablarte, sabiendo que no me puedes oír. Qué extraño que la única manera en la que te puedo hablar sea ésta. Me doy cuenta de que lo mejor es que no llegue a mandarte esta carta, en la que lo único que hago es anotar pensamientos sin rumbo. Seguramente no lo haré, ya sé que para ti no es igual. Te la mande o no, ya me has hecho bien. Me basta con saber que existes. Creo que si pongo mis pensamientos en papel, llegan hasta ti. Hasta puedo oír tu voz, tranquilizándome, diciéndome que todo está bien, que me vaya ya a dormir. Siempre me decías que yo era muy frágil, pero en eso te equivocabas. En realidad soy fuerte. Tú siempre has sido mucho más débil que yo. Ahora te dejo porque estoy muy cansada, me he tomado una pastilla y ya no sé lo que estoy poniendo.
Un beso del alma de tu
Nadj
Tras la lectura de la carta de Nadia, tenía un tumulto de imágenes acumuladas en la cabeza. Como si así pudiera alejarlas, cerré la carpeta, presa de un estado de ánimo casi febril. Todo, la historia de April Olivia, los recuerdos que evocó en mí el mapa del Astillero, la recurrencia de la fecha de hoy, y ahora las palabras de Nadia, que la presentaban por primera vez ante mí como alguien real, y no como una proyección fantasmagórica de la imaginación de Gal, me llenaban de desasosiego. Tuve una premonición inconcreta, pero que no presagiaba nada bueno.
Logré volver a la realidad gracias a que Dylan asomó la cabeza por la puerta de mi cubículo.
Te he traído el especial del día. Aquí tienes la vuelta.
Gracias, Dylan. Oye, ha surgido un imprevisto y me tengo que largar.
¿Y el sándwich?
Se me ha quitado el hambre.
¿Y el artículo?
Está acabado, bueno, el final lo he hecho algo de prisa.
Non ti preocupare de niente… Le echaré un último vistazo, oye, te veo muy alterado, ¿qué ha pasado? ¿Estás bien?
Yo sí. Es por Gal.
¿Le ha pasado algo?
No creo, no lo sé. No me agobies con preguntas, Dylan. Mañana te lo explico.
A la orden, jefe. Usted perdone…
Quería decirme algo más, pero lo aparté de mi camino y bajé al vestíbulo como una exhalación. En la calle, prácticamente me lancé al paso de un taxi y soltando una especie de ladrido, le pedí al conductor que me llevara a Brooklyn Heights.
Frank estaba en la barra, charlando tranquilamente con Víctor Báez.
Le referí atropelladamente el encuentro que había tenido con Gal por la mañana en el puesto de Fuad. Me escuchó atentamente y en cuanto terminé alzó la mano derecha, conminándome a calmarme y le dijo a su ayudante que llamara por teléfono al Luna Bowl. Contagiado de mi nerviosismo, Víctor se metió apresuradamente en la cabina que hay junto a la máquina de discos.
Se ha puesto el propio Jimmy, jefe, dijo nada más colgar. También él tiene la mosca tras la oreja. Parece ser que el viejo Cletus le comentó que había visto a Gal a eso de las dos, merodeando por los alrededores del gimnasio, pero que no llegó a acercarse a la puerta. Según Cletus, estaba muy alterado. Se acercó a preguntarle si estaba bien, pero Gal lo rechazó, y se alejó hacia los muelles. Gesticulaba de manera muy extraña.
Dice que le vio tropezarse un par de veces, y casi se cae al suelo.
Otero se quitó la gorra de golf y se rascó la cabeza.
¿Qué día es hoy, Ness?
Uno de junio.
Claro, coño, eso es. ¿Cómo no he caído en la cuenta?
Esta es la carpeta que me pidió que te entregara, dije yo. Insistió en que le echara un vistazo a los papeles que hay dentro. Todo gira en torno a Nadia, la fecha de hoy y los muelles.
Le di la carpeta. Frank se la pasó a Víctor, pensativo.
Llévate esto a mi despacho, haz el favor.
[Copiado de mi diario; 6 de agosto del 89. Notas para un pastiche remedando el estilo de Gal.]
«De cómo Néstor Oliver-Chapman oyó hablar por primera vez del lugar llamado El Astillero» (Brevísima relación)
Una mañana la policía se presentó inopinadamente en el Oakland. Al parecer unos adolescentes que habían ido a divertirse disparando perdigones a las ratas de las escombreras del Dique Seco habían encontrado a un hombre inconsciente cerca de uno de los muelles. Lo más parecido a una forma de identificación que había entre sus ropas era una tarjeta del bar con el nombre de Frank, por eso fueron a verle.
Voz de Frank:
Eran dos tipos altos, uno moreno, de aspecto italiano, y el otro un grandullón con un bigote que parecía un manillar de bicicleta, rubio, de ojos azules, irlandés, por la plaquita de metal donde venía su apellido: Kerrigan. Se llevó la mano al cinturón de cuero, que llevaba demasiado ladeado, y ajustándolo me dijo que había estado en el puerto. Una ambulancia había recogido al desconocido y lo había traslado al hospital de Long Island College. La tarjeta que habían encontrado…
Frank le interrumpió, para decirle que estaba seguro de quién era, y le dio la información pertinente: cómo se llamaba, que le había subalquilado un estudio en el que vivía… (El irlandés tomaba nota de todo en su libreta)…desde el 85. Largas temporadas fuera. Escritor, corrector de pruebas, traductor, toda esa vaina. Le dije que sí, por supuesto que me hacía cargo de él.
El agente Kerrigan se ofreció a llevarme en el coche patrulla al hospital.
Sí, claro que fui.
Coma etílico agudo.
No, Ness. No era la única vez que lo habían encontrado inconsciente, aunque sí la primera que aparecía en el Astillero.
Lo mejor es que me vaya a dar una vuelta por los alrededores del muelle. Tiene que estar allí, ¿no te parece, Frank?
Eso seguro, la cuestión es en qué estado. No sé si dejar que vayas solo. Le dio una calada al puro y lo volvió a dejar en el cenicero. Si ha vuelto a las andadas, vas a necesitar ayuda. Pero no nos precipitemos, no hay razón para pensar que le ha ocurrido nada malo. Hagamos una cosa. Como aún es temprano, vete adelantándote tú. Te doy de margen hasta que empiece a oscurecer. Si para entonces no has dado señales de vida, te mando a los muchachos.
¿A quiénes?
A Boy y a Orlando. Los conoces. Son los boxeadores que vienen a jugar al billar casi cada tarde.
Ah, sí, claro. Perfecto, Frankie.
Diez minutos después me encontraba delante del gimnasio de Jimmy Castellano. Cletus, el portero, no estaba en la taquilla, pero tampoco lo necesitaba para nada. Con lo que le había dicho Jimmy a Víctor me bastaba. Antes de bajar, contemplé un momento el Astillero, del que hay una buena perspectiva si se sitúa uno delante de la puerta del Luna Bowl. En realidad, no es más que una serie de descampados atestados de inmundicias, transfigurados por su imaginación. Por la posición del sol, calculé que me quedarían quizá dos horas de luz. No sabía exactamente por dónde iniciar la búsqueda. Cuando me llevó con él a sus dominios, también habíamos salido de la puerta del gimnasio. Traté de reconstruir el mismo camino, pero es difícil, porque la geografía de los muelles es indistinta, las parcelas vacías se repiten, y no hay senderos, salvo los que el propio Gal decía ver. Y también cambia la fisonomía de las escombreras, según viertan los residuos o los recojan. De nuestra incursión, recordaba que el lugar de mayor relieve era una construcción de ladrillo amarillento, elevada sobre una plataforma de piedra y rodeada de una verja de hierro. Parecía un almacén abandonado; no era demasiado grande. La parte delantera era un porche que se alzaba sobre una plataforma de cemento. La fachada daba al mar y tenía un frontón que le daba un aire vagamente helénico. Gal siempre se refería a aquella casa como El Templo del Tiempo.
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