Eduardo Lago - Llámame Brooklyn

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Una historia de amor, amistad y soledad. Un canto al misterio y el poder de la palabra escrita.
Un periodista del New York Post recibe la noticia de que su amigo Gal Ackerman, veinticinco años mayor que él, ha muerto. El suceso le obliga a cumplir un pacto tácito: rescatar de entre los centenares de cuadernos abandonados por Ackerman en un motel de Brooklyn, una novela a medio terminar. El frustrado anhelo de su autor era llegar a una sola lectora, Nadia Orlov, de quien hace años que nadie ha vuelto a saber nada.
Llámame Brooklyn es una historia de amor, amistad y soledad, es un canto al misterio y el poder de la palabra escrita. Una novela caleidoscópica en la que, como en un rompecabezas, se construye un artefacto literario insólito en la tradición literaria española.

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Está empezando a anochecer. Venus destella en solitario sobre las grúas del puerto. El cielo se va oscureciendo tan despacio que veo saltar uno a uno los puntos luminosos de las estrellas. Paso revista a los acontecimientos del día: la carrera en taxi desde el aeropuerto de La Guardia hasta el Oakland; Gal contándome la historia de Rakowitz; seis horas en la redacción; la conversación con Frank. No es sólo que me preocupe Gal. También voy al Astillero porque me hace falta verlo. Una frase suya me persigue desde por la mañana. Alguien se tiene que ocupar de los demonios. Hablaba de los suyos, pero si doy con él, también se hará cargo de los míos.

Cletus Wilson sale de detrás de la taquilla y se acerca a saludarme. Antes de que abra la boca, me dice que hace semanas que no sabe nada de Gal. Le digo que lo sé, que estaba con Frank cuando Víctor le llamó desde el Oakland. Entonces qué haces aquí, me pregunta, y le contesto que voy a echar un vistazo por el Astillero. Cletus abre mucho los ojos al oírme decir aquello. Sólo para quedarme tranquilo, aclaro. Antes de bajar, estoy un rato charlando con él, debajo del toldo verde de la entrada.

Ha terminado de caer la oscuridad. Junto al Depósito de Agua, hay una cabina de teléfono, sin techo ni puerta. A unos pasos, veo un amasijo de hierros con el letrero intacto, como si lo hubieran arrancado procurando no dañarlo. Extrañado, compruebo que el teléfono funciona. Decido llamar a casa, por más que sé que no tiene ningún sentido hacerlo. Sé que Diana no va a estar. Tengo la certeza de que se fue el mismo día que volé a Chicago. No tengo nada que reprocharle. Sé que lo ha hecho así para facilitar las cosas. Buscaré una nota, pero no la encontraré, porque no hace falta ninguna nota, como tampoco hace falta llamar por teléfono. Está todo hablado. Aun así, en Chicago lo primero que hice nada más instalarme en el hotel fue llamarla. Tal y como esperaba, saltó el contestador. Repetí aquel gesto inútil cada noche, al terminar la jornada de trabajo. Lo único que cambia hoy es que he vuelto a Nueva York. Estoy a media hora de nuestro apartamento, a unas cuantas estaciones de metro, después de cruzar por debajo del río que separa Brooklyn de Manhattan.

Estoy a punto de marcar cuando una extraña melodía desgarra el aire de la noche. Es la voz de una mujer. Tardo unos segundos en darme cuenta de que no es un sonido natural. Alguien ha debido de poner un disco, pero dónde, si lo único que hay en los alrededores del Astillero son solares en ruinas. La voz, muy dulce, entona un lamento triste, de aire oriental. Tratando de localizar su origen, llego a la conclusión de que el sonido tiene que venir de un callejón cuya boca apenas puedo ver desde donde me encuentro. Hay allí un bar de emigrantes albaneses. Decido ir, subyugado por la música. Contemplo cómo avanza mi sombra a lo largo de la tapia del callejón. Casi al fondo, hay un abertura que proyecta un cuadrado de luz amarillenta sobre la acera. Al llegar, aparto las tiras de plástico de colores que tapan la entrada. Dentro hay un viejo que lleva un gorro de lana roja, sentado en una mecedora. Lo recuerdo de las veces que he ido allí con Gal, como también a la mujer que atiende la barra, una mujer de unos sesenta años, que se cubre la cabeza con una pañoleta y tiene una raya vertical, de color azul, tatuada en la barbilla. En una mesa hay unos tipos de mi edad jugando a las cartas, que se vuelven un instante a mirarme. El viejo me hace señas de que entre. Lo saludo y me acerco a la máquina de discos, todavía hipnotizado por la canción. Cuando termina dejo un par de dólares encima de la barra y regreso a la cabina telefónica.

Descuelgo el auricular, viendo temblar las estrellas a través del rectángulo que se recorta por encima de mi cabeza. Resulta extraño estar así, entre cuatro paredes de cristal, mirando al cielo. Una gasa de luz pulverizada desdibuja el contorno de las constelaciones. Siento el frío de la baquelita en el oído, el hormigueo quejumbroso de la línea telefónica. Marco, imaginándome la señal acústica viajando por debajo del cauce del East River, a lo largo de un tubo en el que se aprietan haces de cables: un tubo de silencio por el que se desplaza mi angustia. La señal llega a Manhattan en una fracción de segundo; después de dos timbrazos se oye un pitido largo e inmediatamente mi propia voz, desfigurada, invitándome a dejar un mensaje, y luego nada. En el momento de colgar veo destellar fugazmente la cola de un cometa.

No sé en qué momento se ha empezado a poblar de siluetas el descampado. Apostado en una esquina, un tipo delgado que lleva una cazadora negra, vigila atentamente los movimientos de la manzana. De vez en cuando alguien se le acerca y tiene lugar un rápido intercambio. Heroína, supongo. Atraviesan el solar las sombras de una prostituta y su cliente.

Las sigo con la mirada, hasta que se pierden por detrás de una nave abandonada. Sigo sin decidirme a alejarme de la cabina. No sé cuánto tiempo ha pasado cuando se escucha un silbido muy agudo, que remeda el grito de un pájaro salvaje, y la calle se vuelve a vaciar. Al cabo de unos instantes, atisbo unos destellos rojos y azules. Poco después los haces de unos faros que iluminan el asfalto. El coche patrulla avanza a lo largo de la calzada en dirección a mí. Los cristales de la cabina devuelven el reflejo de los destellos multicolores. Se escucha un crujido estático, el fragor de unas voces que proceden de un transmisor de radio. Siento en mí la fijeza de unos ojos. El vehículo aminora aún más la velocidad al pasar junto a la cabina, pero no llega a detenerse. En el Dique Seco gira hacia la derecha y desaparece tan sigilosamente como había surgido.

Gal no está. No tiene ningún sentido que yo siga aquí por más tiempo. Atravieso varios descampados, dejando atrás el mundo del Astillero. Trepo por una ladera cubierta de una vegetación rala, que da a una calle desierta que va bordeando el río. Al doblar una esquina surge ante mí el esplendor violento de los rascacielos que jalonan la punta sur de Manhattan, una cordillera negra, de cimas desiguales, acuchillada de infinitos cuadriláteros de luz. Me saca de mi ensimismamiento un camión cisterna del ayuntamiento. Echo a andar tras él, por en medio de la calzada, pisando la estela salpicada de luces que va dejando tras de sí, hasta que veo de lejos los números iluminados de un taxi y le hago señas. Subo, vacilante, y le doy la dirección de mi casa. Entramos en el puente de Brooklyn por un lateral. La 1:06 a.m., según el reloj de la Watch Tower.

Cinco . ZADIE

Hell's Kitchen, 23 de octubre de 1973

Dentro del sueño, se repetía insistentemente un sonido, el ulular de una sirena o unos chillidos de gaviota, pero cuando me desperté, los ruidos procedentes de la realidad que al filtrarse en el sueño habían provocado aquel efecto habían desaparecido. Lo único que se escuchaba ahora era un rumor confuso, como de un motor eléctrico, procedente del patio. La esfera del despertador brillaba en la oscuridad. Las seis y diez, pero ¿de qué día? Salí al descansillo de la escalera, aún medio dormido, a recoger el New York Times y vi que era domingo. Volví a entrar y encendí un cigarro. La llama iluminó mi rostro ojeroso, sin afeitar, en el espejo, trayéndome imágenes de anoche, con Marc y Claudia en el Chamberpot. En la cocina, con la luz apagada, recalenté café del día anterior. Tiré el periódico a la mesa. Ante mis ojos bailó un instante una foto de Nixon junto a unos titulares que no llegué a registrar. Así que, recordé con extrañeza, después del Chamberpot, me había ido a casa de Claudia. El primer sorbo de café me ayudó a recomponer los hechos. Vi su cuerpo desnudo, sus labios descendiendo hacia mi sexo, yo penetrando en ella. Ahora otra vez aquí, solo en mi piso de Hell's Kitchen. La primera claridad de la mañana, una luz de segunda mano, sucia y pálida, entró por la ventana del patio. Corrí la cortina, para no ver la pared de ladrillo y encendí una lámpara. Centré la Underwood en la mesa de la cocina, el mejor sitio que hay en la casa para escribir.

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