Eduardo Lago - Llámame Brooklyn

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Una historia de amor, amistad y soledad. Un canto al misterio y el poder de la palabra escrita.
Un periodista del New York Post recibe la noticia de que su amigo Gal Ackerman, veinticinco años mayor que él, ha muerto. El suceso le obliga a cumplir un pacto tácito: rescatar de entre los centenares de cuadernos abandonados por Ackerman en un motel de Brooklyn, una novela a medio terminar. El frustrado anhelo de su autor era llegar a una sola lectora, Nadia Orlov, de quien hace años que nadie ha vuelto a saber nada.
Llámame Brooklyn es una historia de amor, amistad y soledad, es un canto al misterio y el poder de la palabra escrita. Una novela caleidoscópica en la que, como en un rompecabezas, se construye un artefacto literario insólito en la tradición literaria española.

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Cuando me lo quité de encima, volví a la parte del bar donde había visto al tipo que escribía en solitario, pero había desaparecido Encima de la mesa todavía humeaba una colilla en el cenicero, junto a un vaso vacío. Escruté todos los rincones del lugar, quitándome a cada paso de encima a gente empeñada en hacerme bailar, pero no di con él. Quizá alguien le hubiera obligado a ponerse una careta, como a mí. Me sentía aturdido por la pócima que me habían obligado a beber y la tumultuosa mezcla de impresiones, y me costó bastante irme de allí. Por fin di con las cortinas rojas y el pasillo de salida. Cuando la puerta de hierro negro se cerró detrás de mí, el silencio de la noche me pareció un prodigio.

Eché a andar, vacilante, y al pasar por delante de un escaparate vi una figura que me hizo dar un respingo. Era mi propio reflejo. Me quité la careta y seguí hacia los muelles, como había sido mi intención desde un principio. No sé cuánto tiempo estuve deambulando por el puerto. Se había adueñado de mí una extraña desazón cuya raíz no conseguía entender.

Tardé meses en volver por el Oakland, aunque en numerosas ocasiones me volvía su recuerdo, mezclado con las demás cosas que había visto durante mi primera visita a Brooklyn Heights. Había sido todo bastante especial, desde la obra de teatro hasta el paseo por algunos de los rincones más singulares del barrio. A todas las impresiones se sobreponía la que dejó en mí el baile de disfraces que se celebraba en aquel extraño bar de marineros, y siempre que pensaba en él me venía a la cabeza la imagen de aquel individuo que escribía en un cuaderno, ajeno a los enmascarados que atestaban el local.

Me dispongo a pedir otra cerveza cuando veo llegar a Frank y Víctor.

Hombre, si está aquí nuestro amigo el periodista, dice Frank, quitándose la gorra de golf y ocupando su sitio en la Mesa del Capitán. Víctor me dirige una sonrisa a modo de saludo y se acerca a la barra, a charlar con Erme.

¡Ernie! ¡Ponme una cerveza helada, haz el favor! Reclama Frank, dando una voz. ¿Tú qué quieres, Ness? Por cierto, te hacía en Chicago.

He vuelto esta mañana y no sé por qué me dio la ventolera de venir directamente del aeropuerto aquí, con la mala suerte de que me lo encontré cerrado.

Ernie deja dos heinekens perladas de un sudor helado encima de la mesa.

Es que hoy le entregaban la casa a Raúl.

Eso me dijo Gal. Menos mal que estaba aquí. A propósito, me he tomado la libertad de dejar la maleta en tu despacho, espero que no te moleste.

El Oakland es tu casa, muchacho, ya lo sabes.

Gracias, Frank. Por cierto, que esta mañana me pareció que Gal estaba de un humor muy raro. ¿Tú lo llegaste a ver?

Andaba merodeando por el local, pero como íbamos con prisa no le hice mucho caso. Ernie le dejó unas llaves. ¿Qué es lo que te inquieta?

Empezó a beber muy pronto, a las doce, cosa que no hacía desde hace tiempo. Y también me extraña no verle ahora, porque últimamente era la hora que más le gustaba para escribir. A no ser que dejara de hacerlo mientras yo estaba en Chicago.

Tienes razón. Es la primera vez que no lo veo a esta hora en mucho tiempo. No sé, quizá haya alguna pelea interesante en el Luna Bowl, aunque me extraña. Víctor me habría pedido permiso para ir ¡Víctor!, dice, dando una voz. Hazme un favor, llama desde mi despacho a donde Jimmy Castellano y pregunta si saben algo de Gal.

Fue en el Luna Bowl, el gimnasio que tiene Jimmy Castellano cerca de los muelles, donde Gal descubrió a su edecán (como le llama a veces), poco después de que el puertorriqueño, recién llegado a Brooklyn, empezara a entrenar allí. Una tarde, el preparador de un tal Ricky Murcia, un mastodonte del circuito profesional que pesaba más de 120 kilos y había venido a Nueva York para tomar parte en un torneo de exhibición en el Madison Square Garden, le ofreció 50 dólares por hacer de monigote en una pelea a ocho rounds contra su pupilo. Murcia se dedicó a golpearlo sin piedad hasta que le hizo perder el sentido al final del quinto asalto. A Gal le extrañó que se hubiera prestado a recibir una paliza semejante, porque en cuanto a peso Víctor estaba al menos dos categorías por debajo de Murcia. Cletus le explicó que necesitaba el dinero y además no tenía manager. Intrigado, Gal decidió hablar con él. La conversación terminó de convencerle de que el puertorriqueño no valía para el boxeo. No era cuestión de aptitud física, sino de personalidad. Aquel muchacho era un idealista. Tenía demasiada sensibilidad para dedicarse a un oficio así. Gal le dijo que un amigo suyo andaba buscando un ayudante y le dio una tarjeta del Oakland.

Se apellidaba Báez. Era alto y delgado, tenía veinticinco años, el pelo ensortijado y los ojos de color verdoso. A pesar de que llevaba tiempo boxeando, conservaba el rostro intacto, a excepción de una leve cicatriz en el pómulo derecho. Es rápido, tiene buena pegada, su juego de piernas no puede ser más ágil y es buen fajador, me dijo Gal. Técnicamente, no le falta nada, el problema es que no es competitivo. Carece por completo de malicia. Cuando se lo presentó, Frank le entendió a la perfección. Tiene alma de artista, fue lo que le dijo, sólo que ha nacido pobre y negro. Pero no te apures, que yo me encargo de él. En cuestión de semanas, se había hecho imprescindible. Les costó mucho, pero al final, entre Gal y Frank Otero lograron quitarle de la cabeza la idea de dedicarse al boxeo profesional. Lo que no hubo manera de impedir es que de vez en cuando siguiera apuntándose a combates de aficionados.

Gal no está en el Luna Bowl, jefe. Según el viejo Cletus, hace semanas que no se le ve el pelo por allí.

¿No estará en el Astillero? se me ocurre preguntar.

Frank y Víctor cruzan una mirada de alarma. Gal sólo va por el Astillero en los momentos más oscuros. La última vez que desapareció lo encontraron inconsciente entre los escombros de un solar.

Esperemos que no, dice Frank.

Voy a darme una vuelta por allí, por si las moscas, digo. Si no doy con él, lo más seguro es que me vaya directamente a Manhattan, sin pasar por aquí. ¿Te importa que deje la maleta en tu despacho hasta mañana?

Frank está tan ensimismado que no oye la pregunta.

Camino del Astillero, pienso en la primera vez que Gal me llevó al Luna Bowl. Recuerdo perfectamente que cuando los púgiles saltaban al ring, se le iluminaba la mirada. Desconcertado, me pregunté qué buscaba yendo a un lugar así. Era evidente que el espectáculo le fascinaba, pero ¿por qué? ¿Qué sentido tenía para él contemplar aquel derroche de violencia? Fue justo antes de una pelea de Víctor, y cuando sonó la campana del primer asalto, dejé de existir para él. Lo que más me sorprendió fue la cantidad de gente que se acercó a saludarle al final del combate. Principiantes, viejos sonados, los empleados, todo el mundo le tenía afecto. Ya en la entrada, nada más llegar, me había llamado la atención que Cletus Wilson, el portero, un negro de casi ochenta años, se negara a cobrarle la entrada. Cuando se lo conté a Frank me dijo que eso es algo que sólo hacía con Gal. Tal vez sean imaginaciones mías, pero creo que hay algo en él que hace sentir a los demás algo así como que está a merced de algún peligro indefinible. Es lo que sentí la primera vez que lo vi: un ser vulnerable, extrañamente separado de su entorno por una campana de cristal. Quizá lo que detectan quienes se acercan a él es su sensibilidad para captar el sufrimiento ajeno. Jamás he conocido a nadie que ponga tanto cuidado en no hacer daño a los demás. Gal sólo es capaz de hacerse daño a sí mismo. Nunca le he oído decir nada hiriente ni ofensivo, ni siquiera cuando está borracho. Nunca pierde la dignidad. Resulta asombrosa su capacidad para mantenerla hasta los últimos estadios de la embriaguez. Incluso físicamente. Para mí es una especie de milagro cómo logra coordinar sus movimientos, aunque esté al borde de perder la conciencia.

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