Eduardo Lago - Llámame Brooklyn

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Una historia de amor, amistad y soledad. Un canto al misterio y el poder de la palabra escrita.
Un periodista del New York Post recibe la noticia de que su amigo Gal Ackerman, veinticinco años mayor que él, ha muerto. El suceso le obliga a cumplir un pacto tácito: rescatar de entre los centenares de cuadernos abandonados por Ackerman en un motel de Brooklyn, una novela a medio terminar. El frustrado anhelo de su autor era llegar a una sola lectora, Nadia Orlov, de quien hace años que nadie ha vuelto a saber nada.
Llámame Brooklyn es una historia de amor, amistad y soledad, es un canto al misterio y el poder de la palabra escrita. Una novela caleidoscópica en la que, como en un rompecabezas, se construye un artefacto literario insólito en la tradición literaria española.

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Encajé una hoja de papel carbón entre dos folios y giré el rodillo. Contemplé la página en blanco, hacía falta un sortilegio para propiciar el milagro. Sólo que tenía la mente tan en blanco como el papel. La Underwood a merced de un torbellino de posibilidades, nubes de tormenta sobre un horizonte escalonado de teclas redondas, cada una con su letra o signo diacrítico, protegidos por un nítido reborde de metal. Una idea, una frase, una palabra, bastan para destruir la magia latente. O para provocarla. Marc dice que escribe mucho mejor con resaca, con las antenas limpias y la sensibilidad a flor de piel, pero yo no llegué a empezar. Acaricié el armazón de hierro de la Underwood, frío, negro, y entonces vi el vértice de la carta, asomando por el lateral de una torre de papeles. La había metido entre las páginas del cuaderno que me había comprado en Deauville cuando fui a ver a Louise. Asomando entre sus páginas, un triangulito de papel reclamando mi atención. El cuaderno estaba aún sin estrenar y las tapas no cedían con facilidad. Tiré de la esquina que sobresalía. Desde el día que lo abrí, la mañana después de encontrármelo en el dominical del NewYork Times , en Port Authority, hacía más de una semana, no había vuelto a cerrarlo. Había examinado el contenido del sobre innumerables veces. De tanto posar la vista en la polaroid, la imagen corría peligro de borrarse. La contemplé por última vez antes de encolar las pestañas del sobre y cerrarlo definitivamente. Me gustaba el tacto, rugoso a la vez que suave, de gramaje grueso. Pasé muy despacio la yema del dedo por encima de los trazos de tinta, recorriendo el nombre y el número de teléfono, letra a letra, dígito a dígito. Caligrafía grande, redondeada, algo infantil. Leí en voz alta, como si así pudiera dar con alguna información adicional:

Zadie (212) 719-1859

Mejor llamo mañana, lunes. No sé por qué, he llegado a la conclusión de que es el teléfono del trabajo, aunque la verdad es que no hay ningún indicio que justifique tal suposición. Es algo irracional, como la reacción que tuve cuando el sobre resbaló de entre las páginas de la revista en el autobús y de manera instintiva lo oculté, como si lo hubiera acabado de robar y tuviera miedo de que alguien se diera cuenta. En Deauville, la noticia de la muerte de Sam Evans me hizo olvidarme de la carta por espacio de unas horas, pero por la noche, a solas en mi cuarto, cuando me disponía a escribir en el diario me volví a tropezar con el sobre y me vino a la cabeza todo lo que había ocurrido en Port Authority. Pensé que lo mejor sería abrirlo con sumo cuidado y quizás, según lo que encontrara, volverlo a cerrar. Decidí esperar al día siguiente y abrirlo al vapor, en la cocina mientras Louise pintaba arriba, en el estudio. Otra reacción irracional: ¿Por qué ocultarle algo así a Louise? La operación de abrir el sobre al vapor también tenía sus ribetes de absurdo. Creo que había visto hacer algo semejante una vez en una película en blanco y negro. Cuando me puse a ello, me quedé hipnotizado, viendo cómo se ondulaba la solapa del sobre y empezaba a despegarse, milímetro a milímetro, como una herida a la que se le fueran saltando los puntos de sutura. Lo que no había previsto era el desasosiego que se adueñaría de mí al vaciar el contenido. Primero extraje una cuartilla de un papel tela idéntico al del sobre y, al ir a desdoblarla, de entre sus pliegues resbaló una polaroid, que dio de canto contra la madera de la mesa y cayó boca abajo. Le di la vuelta. Era una foto borrosa, de mala calidad, pero era ella, la chica de Port Authority. Al reconocerla, se me hizo un nudo en la boca del estómago, igual que cuando la vi en persona. Estaba distinta en la polaroid, vestida más formalmente, con el pelo corto; el rostro y los ojos, tan vivos cuando los tuve cerca, carecían de expresión. Estaban tan desdibujados que casi había que adivinarlos. Estaban en un puerto de mar, en invierno. El individuo que aparecía con ella en la foto era el mismo que había ido a recogerla a Port Authority. La tenía cogida por encima del hombro, y los dos sonreían. Se veían puntos luminosos por toda la superficie de la instantánea, por eso era tan difícil apreciar bien la imagen. La nota decía así:

Querido Sasha: Me alegra tanto lo de tu nuevo trabajo, aunque ahora tardarás aún más en venir a ver a tu Nadia: ¿me equivoco o no? Espero que sí y que pases por Nueva York muy pronto. Para vigilarte te mando esta foto mía, como tú no escribes ni nada. Estoy muy contenta con las clases de violín, me mato preparando tres conciertos, para clase sólo. También he empezado a trabajar. Bueno, tres días por semana, en un archivo de la Biblioteca Pública, en el Lincoln Center. Lo bueno es que está al lado mismo de Juilliard. Más céntrico imposible. Con eso y con la beca, me las arreglaré por lo menos este semestre, seguramente más. Desde que tiene novio, Zadie casi ni viene por Brooklyn. Prácticamente tengo el apartamento para mí sola. El viaje en metro se me hace demasiado largo, sobre todo por las noches, pero el barrio en sí me gusta mucho. En Brighton Beach casi todo el mundo es ruso, y casi no hace falta hablar inglés, eso me hace gracia. El edificio es gigantesco y no me gusta, menos una cosa: figúrate que vivo en un piso treinta. La vista al mar es fantástica y se ve muy bien la costa, todo Coney Island y más lejos. Por la mañana, en el comedor es que te come la luz. Cualquiera te pide que escribas, pero por lo menos podías llamar de vez en cuando por teléfono, por favor no dejes que pase tanto tiempo sin que hablemos, y no me hagas llamar todas las veces a mí. Cuéntame cómo te va. Aunque sea, llama sólo para decir que estás bien. ¿Está muy cambiado Boston? No sé para qué te pregunto nada, para el caso que me vas a hacer. Me tienes harta, pero al menos que sepas que te echa mucho de menos y te quiere tu hermana.

Nadj

24 de octubre

10 a.m.

Leichliter Associates. Buenos días. ¿En qué puedo servirle?

Buenos días, ¿podría hablar con Zadie?

¿Zadie Stewart?

(Voz profesional. Tomo nota del apellido.)

Sí, por favor.

¿Me podría decir en relación con qué?

Es una llamada personal.

(Un segundo de silencio.)

¿Puedo preguntar quién llama?

Gal Ackerman.

Un momento, por favor.

(Dos pitidos breves, seguidos de un clic. Otra voz.)

Dígame.

¿Señorita Stewart?

Al habla. ¿En qué puedo servirle, señor Ackerman?

Bueno, en realidad no es una llamada profesional…, aunque supongo que tampoco sería exacto decir que es personal.

¿Podría ser un poco más explícito?

(Leve tono de impaciencia.)

Disculpe. Iré directamente al grano. El propósito de mi llamada es devolverle algo que le pertenece, a usted o alguien que la conoce. Hace diez días… once para ser exactos, el 13, en Port Authority cogí una revista que alguien había dejado en un banco. Cuando mi autobús ya había salido de Nueva York, me puse a hojearla y dentro me encontré un sobre, en el que sólo había un nombre, Zadie, y el número que acabo de marcar. No sabía adónde llamaba, ni tampoco cuál era su apellido, ahora lo sé por la operadora: Zadie Stewart, ¿no es así?

¿Y?

Regresé a Nueva York el sábado y decidí esperar hasta hoy para llamar. No tengo la menor idea de qué puede haber en el sobre, pero pensé que podía tratarse de algo importante. Eso es todo.

Perdone, pero no sé si le sigo. ¿Un sobre con mi nombre y mi número de teléfono?

Así es. Estaba dentro de un dominical del New York Times que encontré en un banco.

Entiendo. En fin, se lo agradezco, es usted muy amable. ¿Le he oído bien cuando me ha dicho que no ha tenido curiosidad por abrir el sobre?

Naturalmente que he sentido curiosidad. Muchísima.

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