Eduardo Lago - Llámame Brooklyn

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Una historia de amor, amistad y soledad. Un canto al misterio y el poder de la palabra escrita.
Un periodista del New York Post recibe la noticia de que su amigo Gal Ackerman, veinticinco años mayor que él, ha muerto. El suceso le obliga a cumplir un pacto tácito: rescatar de entre los centenares de cuadernos abandonados por Ackerman en un motel de Brooklyn, una novela a medio terminar. El frustrado anhelo de su autor era llegar a una sola lectora, Nadia Orlov, de quien hace años que nadie ha vuelto a saber nada.
Llámame Brooklyn es una historia de amor, amistad y soledad, es un canto al misterio y el poder de la palabra escrita. Una novela caleidoscópica en la que, como en un rompecabezas, se construye un artefacto literario insólito en la tradición literaria española.

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Desde el extremo de la isleta central del bulevar, observé con detenimiento la estatua de Cibeles. Subida en un carroza tirada por leones, la diosa de la tierra, madre de Neptuno (de repente caí en la cuenta de la relación que había entre las dos estatuas) miraba hacia la lejanía. En su estela, dos niños de granito jugaban a volcar una jarra de la que caía un chorro de agua. Alrededor de la fuente, palacios y jardines trazaban un círculo que parecía destinado a proteger la imagen de piedra, magnífica en su soledad. Eché a andar en dirección al Palacio de Comunicaciones y llegué a una calle ancha, en cuesta. Arriba, a mi derecha, vi los arcos de la Puerta de Alcalá y, de frente, al otro lado de un paso de cebra, la Cervecería de Correos.

El local estaba atestado y olía a serrín. Una triple hilera de gente hacía imposible acercarse a la barra. Un camarero me preguntó de lejos qué quería. Le pedí una cerveza y al instante me vi delante de una jarra de cinc que tenía el fondo de cristal, encima de un grueso posavasos de corcho, en un espacio minúsculo que el camarero había despejado milagrosamente para mí. Lo vi antes de dar el primer sorbo, sentado en una de las mesas de mármol, en el primer salón, hacia la izquierda. Aunque cuando hablé por teléfono con él no le había descrito mi físico, también él me había reconocido. Con la cabeza erguida seguía atentamente mis movimientos. Sin quitarme la vista de encima, se levantó y me hizo señas de que me acercara. Cuando llegué junto a su mesa me estrechó la mano con fuerza.

Por fin nos vemos las caras, dijo, escrutándome el rostro con extraña vehemencia. ¿Qué tal el viaje?

La verdad es que no sé qué hago aquí, contesté con brusquedad. Lo he hecho por Ben, pero llevo toda la mañana pensando que venir ha sido un inmenso error. Me siento como si estuviera flotando en el espacio, no sé dónde poner los pies.

Es normal. Date un poco de tiempo.

¿Tiempo para qué? Me costaba trabajo hablar. ¿Qué me importa a mí ese individuo, Pietri? logré preguntar. Jamás tuve noticia alguna de él hasta el día que Ben me dio tu carta. ¿Otra vez tengo que cambiar las coordenadas de mi vida, como cuando cumplí catorce años? ¿Y tú, que de repente sales con esto, quién cojones eres? ¿Era verdaderamente necesario que escribieras esto? Me había llevado la mano al bolsillo de la chaqueta y blandía la carta ante él. ¿Por qué estáis todos tan seguros de lo que hacéis?

¿A quiénes te refieres?

A los brigadistas y vuestro sentido infalible de la justicia.

Lewis aguantó el chaparrón como si contara de antemano con que las cosas pudieran ocurrir así. Cuando terminé de hacer reproches y me hube guardado la carta en el bolsillo, me miró a los ojos y apoyando la mano en mi hombro lo oprimió con sus dedos fuertes.

¿Has comido?

¿Comer? pregunté, como si desconociera el significado de la palabra.

Voy a pedir algo, dijo, haciéndole una seña al camarero.

Aunque no te guste oírlo, comentó cuando se hubo ido el camarero después de tomar nota, Ben tiene razón. Por eso me he atrevido a insistir. Efectivamente, es un hombre muy especial, tienes mucha suerte.

¿Qué quieres decir?

Es una impresión, sólo lo conozco por un par de cartas. Me gustaría saber más cosas de él.

¿Qué cosas?

Su historia.

El camarero dejó unos platos en la mesa y se fue. Abe Lewis soltó una carcajada.

¿De qué te ríes?

Cruzas el Atlántico porque se supone que te tengo que contar algo decisivo, y lo primero que hago nada más verte es sugerirte que me entretengas contándome historias tú a mí.

No importa. Tienes razón en cuanto a Ben. Es un hombre muy especial. Y perdona lo que he dicho antes de los brigadistas, estaba fuera de mí.

Lewis se volvió a reír.

Bueno, vamos a picar algo, a ver si nos ponemos de mejor humor.

En aquel momento se abrió de golpe la puerta de la calle, y entró un grupo de gente que venía dando voces y riéndose. Traían los abrigos y las bufandas salpicados de nieve. Con ellos se coló una ráfaga de aire helado que llegó hasta nuestra mesa. Los recién llegados se mezclaron con la gente que se agolpaba alrededor de la barra; durante unos instantes la tormenta quedó enmarcada por el vano de la puerta. La nieve había arreciado; arrastrados por la fuerte ventisca, se veían pasar remolinos de copos que reflejaban el resplandor de los faroles. Un individuo corpulento llenó con su figura el umbral antes de cerrar la puerta.

Aquí hay demasiado ruido, dijo Lewis. Cuando terminemos, nos cambiamos aquí al lado. Puerta con puerta hay un lugar perfecto para hablar. ¿Te parece?

Me encogí de hombros, lo cual, en el código que habíamos empezado a elaborar, quería decir que sí.

La nieve se estrellaba con violencia contra la fachada de mármol rojizo. Alcé la vista, vislumbrando apenas unas letras de metal dorado que decían Lion D'Or. Una doble puerta de cristal creaba una recámara de aire que preservaba el calor del local. En el interior flotaba una nube de humo espeso, casi irrespirable, de olor acre, que se adhería a las paredes y empañaba los espejos. Las cortinas y el tapiz de los asientos eran de terciopelo rojo y las mesas de mármol, con el pie de hierro. La luz de las lámparas flotaba irrealmente en la penumbra.

Nos sentamos en un rincón, junto a una ventana y estuvimos un buen rato sin hablar, acostumbrándonos el uno al otro. Un camarero de tez rojiza y bigotes descomunales, que arrastraba la voz al hablar y tenía el pelo engominado, nos preguntó con aire de suficiencia si queríamos algo.

[…]

Viendo nevar. Atrapado en una extraña red de intersecciones geométricas. Los faros de los coches que subían y bajaban por Alcalá proyectaban conos de luz que cortaban en bisel la cortina de nieve. Así el borde de la mesa; el plano de la acera formaba un ángulo agudo con el del suelo del café. El cabio [sic] inferior de la ventana rozaba casi el suelo.

[…]

¿De dónde viene el apellido Ackerman? ¿Es judío?

Me lo pregunta mucha gente, igual ocurre con mi nombre, Gal. Ni uno ni otro lo son necesariamente. Ackerman es un apellido germánico. La familia de mi bisabuelo era de origen alsaciano, aunque nació en Brooklyn, en 1858. Abrió una panadería en Bensonhurst. Mi abuelo, David Ackerman, trabajó toda la vida para el Brooklyn Eagle , un gran periódico, el mejor que ha tenido Brooklyn en su historia. Walt Whitman fue uno de sus colaboradores más egregios, pero hubo otros más. Lo cerraron en 1955, después de ciento veintitrés años de vida. La muerte de un periódico es algo muy triste, ¿no crees? Mi abuelo entró como aprendiz a los diecisiete años y acabó siendo corrector de pruebas. No pasó de ahí, pero andando el tiempo le permitieron escribir alguna que otra cosa, y al final, cuando estaba a punto de jubilarse, llegó a tener su propia columna, que publicaba semanalmente.

¿Qué escribía?

Comentarios políticos, anécdotas, columnas de opinión, notas sueltas y, sobre todo, historias acerca de los barrios de Brooklyn. Conocía Brooklyn como la palma de la mano.

¿Conservas sus artículos?

Por supuesto que sí, además de cientos y cientos de fichas sobre la historia de Brooklyn. Tenía la vaga idea de escribir un libro sobre el barrio.

¿Era comunista?

Anarquista, aunque nunca hablaba de eso. Sentía un rechazo visceral a toda forma de proselitismo, aparte de que era un hombre más bien reservado y solitario.

¿Y tu abuela?

Su apellido de soltera era Gallagher, May Gallagher. Mi abuelo y ella no podían ser más distintos. Su familia procedía de Pensilvania. Emigraron a Brooklyn a principios de siglo, cuando ella tenía dieciséis o diecisiete años. Todo el mundo la llamaba Sister May, porque tenía algo de monjil. Era una mujer muy devota y generosa, pero fuerte de carácter. Conoció a David en un baile callejero, no mucho después de su llegada a Bensonhurst, y al cabo de unos cuantos meses se casaron. Tuvieron dos hijos, una niña que murió a los pocos días de nacer y Ben.

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