Eduardo Lago - Llámame Brooklyn

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Una historia de amor, amistad y soledad. Un canto al misterio y el poder de la palabra escrita.
Un periodista del New York Post recibe la noticia de que su amigo Gal Ackerman, veinticinco años mayor que él, ha muerto. El suceso le obliga a cumplir un pacto tácito: rescatar de entre los centenares de cuadernos abandonados por Ackerman en un motel de Brooklyn, una novela a medio terminar. El frustrado anhelo de su autor era llegar a una sola lectora, Nadia Orlov, de quien hace años que nadie ha vuelto a saber nada.
Llámame Brooklyn es una historia de amor, amistad y soledad, es un canto al misterio y el poder de la palabra escrita. Una novela caleidoscópica en la que, como en un rompecabezas, se construye un artefacto literario insólito en la tradición literaria española.

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1958-1973

Et Lux Perpetua

Acaricié el epitafio, extrañado de que lo hubiera utilizado alguien como Sam. Lux. O sea que se había hecho con el animal cuando perdió la vista y su concepción bíblica de la existencia le había llevado a bautizarlo así, pensé. El perro había sido literalmente la luz de que carecían sus ojos. Si, como su ausencia me hacía sospechar, también él había muerto, lo habrían enterrado en el cementerio de la iglesia anabaptista, en Deauville. Traté de imaginarme su propio epitafio, pensando que ninguno podría superar lo que había escrito acerca de sí mismo el día que emprendió su último oficio: Sam Evans, Memorizador de la Palabra del Señor . Descansa en paz, dije en voz alta, contemplando el perímetro de piedrecitas blancas que marcaban el espacio en que estaba enterrado Lux.

Volví a la parte delantera de la estación de servicio. Por el camino vi acercarse una camioneta que aminoró la marcha hasta detenerse. El conductor abrió la puerta e incorporándose me empezó a hacer señales agitando un sombrero, dándome a entender que me acercara. Le devolví el saludo y eché a andar hacia él. Era un hombre de unos cincuenta años, que llevaba un mono vaquero muy sucio. Cuando estuve a su lado me explicó:

La gasolinera está cerrada.

Eso he visto. ¿Qué ha pasado? ¿Les ha ocurrido algo a Rick o a Sam? Si es de por aquí, los conocerá.

Sí, claro. Rick está bien, pero el viejo Evans murió hace un par de semanas. Me he detenido porque me he dado cuenta de que va usted sin vehículo. ¿Qué le trae por Deauville? ¿Quiere que lo acerque a algún lugar?

Le dije que era amigo de Louise Lamarque. Todo el mundo conocía a la pintora de Manhattan que se pasaba largas temporadas sola en la casa del molino.

Si quiere lo puedo llevar hasta allí; me queda de paso.

Acepté, dándole las gracias por su amabilidad y dejé la bolsa entre los dos, en el asiento delantero.

Le dije al hombre del mono que había visto la tumba de Lux.

El pobre bicho seguramente hubiera aguantado un poco más, pero antes de dejarse morir, Sam lo llevó al veterinario.

Me retumbó en la memoria la voz grave del negro:

«Profecía contra aquellos malos pastores que sólo buscan su interés despreciando el de la grey. Promesa de un pastor que saldrá de entre ellos, el cual reunirá a sus ovejas y las conducirá a pastos saludables.»

Buena gente Sam, le dije. No es que venga mucho por aquí, pero la verdad es que no me puedo imaginar Deauville sin su tenderete.

Lo que acabó con él fue la gasolinera que abrieron en el pueblo. De golpe la gente dejó de venir por aquí. A Rick le ofrecieron un buen retiro, pero él pidió permiso para seguir regentando el surtidor, y se lo dieron, por piedad. Lo que no podían era darle empleo en la nueva estación de servicio, ni mucho menos permitir que instalara allí su tenderete, como dice usted. La gente estaba muy ocupada, la demanda de combustible había aumentado mucho y no se podía incordiar a los usuarios con aquellas exhibiciones fuera de lugar. Todo el mundo sabía que la única razón por la que Rick seguía viniendo a trabajar aquí era que si se iba él, privaría a su viejo amigo de la única manera que tenía de ganarse la vida, pero la situación era absurda. De vez en cuando, algún viejo conocido se paraba un momento a saludar, yo mismo sin ir más lejos, pero la mayor parte del tiempo, Rick y Sam eran dos sombras solitarias, perdidas en la estación desierta. Al cabo de un par de semanas, Sam tomó la decisión de llevar a Lux al veterinario, diciendo que ya estaba demasiado viejo. Él se empeñó en seguir viviendo en el cobertizo y no hubo manera de hacerle cambiar de idea. Por fin, Rick dejó de trabajar, aunque siguió viniendo a la gasolinera una vez al día. Le traía la comida que le preparaba Kim y, de vez en cuando ropa limpia. Siempre se quedaba un buen rato haciéndole compañía, pero eso no podía durar. Se ofreció a pagarle un cuarto en el pueblo, pero Sam era demasiado orgulloso para consentir una cosa así.

Un domingo por la mañana, cuando Rick vino a recogerlo para que pudiera asistir al servicio religioso, no estaba en la puerta de la tienda. Se lo encontró muerto en el jergón. El médico no encontró ninguna causa concreta. Murió de muerte natural, fue lo que dijo. Bueno, pues si eso es lo que pasó, que se murió de viejo, sin sufrir, no le fue tan mal. Ojalá nos vaya a todos así, cuando nos llegue la hora.

Habíamos llegado al cruce del molino. El hombre del mono azul detuvo la camioneta y me dio la mano. No nos habíamos presentado.

Walker Martin, para lo que se le ofrezca, me dijo.

Gal Ackerman, repuse, y le di las gracias.

No hay de qué. Antes de arrancar añadió: Si quiere hablar con Rick, lo encontrará en casa de su hermana Sarah, en la calle Red Creek, justo al lado de la ferretería. Que tenga usted un buen día, amigo, y siento haber sido el portador de la mala noticia.

Descuide. No me coge tan de sorpresa como cree. De hecho fui a la gasolinera porque había tenido una premonición.

Cuando la camioneta se alejó me eché la bolsa al hombro y me adentré por el sendero del molino. La puerta estaba cerrada, pero había luz en el estudio. Pisé con rabia la tierra del camino, pensando que nunca nadie me volvería a reconocer con sólo oír el ruido de mis pasos.

Tres . ABE LEWIS

9 de marzo de 1964

Sentí el impacto del tren de aterrizaje en el estómago y me asomé a la ventanilla. Aún no había amanecido. En la oscuridad, Barajas parecía una población fantasma. Una doble hilera de puntos luminosos se alejaba hacia los confines de la pista. A ras de suelo flotaban jirones de niebla que se enroscaban alrededor de las balizas. Cuando el Boeing cambió de sentido, vislumbré las siluetas de otros aviones. Contra el perfil de los hangares parecían monstruos dormidos. Por fin el aparato se detuvo. Me levanté, aturdido, y fui hacia la puerta de salida con el resto del pasaje. Fuera, una ráfaga de aire helado me golpeó el rostro. Distinguí un letrero de neón que decía AEROPUERTO DE MADRID-BARAJAS, desdibujado por la bruma. Un leve resplandor flotaba sobre el campo abierto, al otro lado de la alambrada. Había nevado. Adormilados, los viajeros subimos al autobús que nos esperaba con el motor en marcha, al pie de la escalerilla. Me senté cerca del conductor y adelanté el reloj, ajustándolo al horario de Madrid. Faltaban unos minutos para las siete.

En la terminal todo el mundo fumaba. Un policía me selló el pasaporte y me lo devolvió. En el control de equipajes, al fondo de la sala, había un grupo de guardias civiles que me trajeron a la memoria las fotos que guardaba Ben en el Archivo. A la salida, vi una hilera de taxis negros que tenían una raya roja en el costado. Me dirigí al primero; el conductor cogió mi bolsa y la metió en el maletero. ¿Adónde va? me preguntó cuando estuvimos los dos dentro del vehículo. A la estación de Atocha, contesté. El taxista, un tipo delgado, de bigote ralo, mirada hosca y tez cetrina, asintió en silencio, desempañó el cristal del parabrisas con la manga de la chaqueta y bajó la palanca del taxímetro. Imitándole, limpié el cristal de mi ventanilla y al desaparecer el vaho vi que empezaba a clarear sobre el paisaje nevado. A intervalos regulares surgían a ambos lados de la carretera naves industriales, chalets, viejos edificios de ladrillo, viviendas y arboledas separadas entre sí por amplios tramos de terreno baldío. Alcanzamos los límites de la ciudad cuando la mancha jabonosa del sol empezaba a despuntar por detrás de una hilera de casas bajas.

Entramos en un barrio residencial elegante. Me llamaban la atención los palacetes, los edificios, de no más de cinco o seis pisos de altura, los balcones y terrazas. Los comercios estaban aún cerrados, pero empezaba a haber movimiento de gente por la calle. Me di cuenta de que para los madrileños la nieve era una presencia insólita, que entorpecía el ritmo de la vida cotidiana. A fuerza de haberlos visto infinidad de veces en las fotos y documentales que guardaba Ben en el Archivo, muchos lugares me resultaban familiares, pero no me vino a la cabeza ningún nombre hasta que el taxi se detuvo en un semáforo, a unos metros de Cibeles. La visión de la fuente de piedra despertó en mí un vivido recuerdo visual. Yo tenía quince años y estaba en el Archivo de Brooklyn, con Ben. Mi padre me enseñaba fotos del Madrid republicano. En una de ellas se veía a un grupo de milicianos, posando sonrientes delante de unos sacos de tierra que habían colocado alrededor del monumento, con el fin de protegerlo de los bombardeos del ejército fascista. El semáforo cambió a verde y la imagen se desvaneció como cuando se quema una cinta de celuloide. El taxi bordeaba la isleta central de la plaza cuando se apagó de golpe el alumbrado público, dejando la ciudad sumida en una luz incierta. Avanzábamos dando tumbos por una calzada adoquinada que llegaba hasta una segunda glorieta, donde había una fuente presidida por la estatua de Neptuno, que también reconocí, así como el perfil del Museo del Prado, al otro lado del bulevar. El paseo desembocaba en una explanada gigantesca, ocupada por una especie de montaña rusa que ocultaba a la vista los edificios aledaños. Tras remontar uno de sus ramales, el taxi descendió por una cuesta que iba a dar a un costado de la estación. Atocha, hemos llegado, dijo el tipo del bigote accionando la palanca del taxímetro, y se bajó a por la bolsa del equipaje. Le dije que se quedara con el cambio y me dio las gracias sin dignarse sonreír. Me eché la bolsa al hombro y me perdí entre la muchedumbre que transitaba por los alrededores del apeadero. Hacía una mañana desapacible y soplaba un viento frío que arrastraba escamas de nieve sucia. Subí los peldaños de una escalinata que llegaba hasta la plaza. Así, a pie de tierra, la glorieta me pareció aún más extraña y gigantesca que vista desde el taxi. Los tentáculos del gigantesco pulpo de metal que acaparaba toda la superficie de la plaza se adentraban por todas las vías circundantes, atestados de vehículos humeantes. Dando un gran rodeo, crucé al otro lado y me perdí en un laberinto de callejuelas en cuesta, sin preocuparme mucho de por dónde me llevaban mis pasos. Leía distraídamente los letreros de las fondas y pensiones que jalonaban las aceras, sin decidirme a entrar en ninguna. No tenía prisa, y me sentía a gusto callejeando por aquel barrio, pese a lo desapacible del tiempo. Después de caminar un buen rato, al doblar una esquina me fijé en una placa que decía: Pensión Moratín: Pisos 3 y 4, y sin mayor motivo, decidí probar suerte allí. La pensión daba a una plaza minúscula, de forma triangular. Empujé un portón entreabierto que daba a un zaguán a oscuras y subí hasta el tercer piso por una escalera de madera. Vi una puerta con un cartel que decía Pase sin llamar , la empujé y me vi en un recibidor donde había una mujer de unos cuarenta años leyendo un periódico cuyo nombre me llamó la atención: Ya . Al verme, dejó de leer y puso el periódico doblado encima de un mostrador. Después de anotar mis datos en el libro de registro, la mujer me acompañó a mi habitación, que quedaba una planta más arriba. Era amplia y tenía un balcón que daba a la plazoleta triangular. Al ver el cuarto se me ocurrió que tal vez no fuera muy distinto del que Ben le había buscado a mi madre cuando se la llevó a la pensión de Cuatro Caminos, donde se había alojado durante su convalecencia hacía casi treinta años. Debajo de la cama había un orinal de loza y en un rincón, junto a una alfombra enrollada y atada con cuerda, descubrí un artilugio que tras un somero examen resultó ser una estufa eléctrica. La enchufé con cierta aprensión, asegurándome de que quedara lo suficientemente apartada de la cama, me quité los zapatos y me tumbé vestido encima de una colcha blanca y deshilachada, que tenía unos bordados de color verde desvaído. Cerré los ojos, dejándome anegar por imágenes del viaje, puntuadas por el eco entrecortado de las palabras de Ben, diciéndome qué lugares de Madrid no podía dejar de ver bajo ningún concepto. Cuando sucumbí al cansancio, soñé que estaba en el Archivo de Brooklyn. La luz del atardecer entraba a raudales por la ventana del jardín, envolviendo la silueta de mi padre. En pie, de espaldas a la luz, Ben me hablaba de un bar que se llamaba Aurora Roja.

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