Eduardo Lago - Llámame Brooklyn

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Una historia de amor, amistad y soledad. Un canto al misterio y el poder de la palabra escrita.
Un periodista del New York Post recibe la noticia de que su amigo Gal Ackerman, veinticinco años mayor que él, ha muerto. El suceso le obliga a cumplir un pacto tácito: rescatar de entre los centenares de cuadernos abandonados por Ackerman en un motel de Brooklyn, una novela a medio terminar. El frustrado anhelo de su autor era llegar a una sola lectora, Nadia Orlov, de quien hace años que nadie ha vuelto a saber nada.
Llámame Brooklyn es una historia de amor, amistad y soledad, es un canto al misterio y el poder de la palabra escrita. Una novela caleidoscópica en la que, como en un rompecabezas, se construye un artefacto literario insólito en la tradición literaria española.

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Me puse de pie como obedeciendo una orden y, sorteando los cuerpos que trataban de avanzar por el pasillo, me dirigí hacia la salida. Corrí hasta las escaleras mecánicas, subí de tres en tres los peldaños de acero estriado y, sin detenerme, franqueé la puerta que daba a la terminal. Sólo entonces me detuve. El vestíbulo presentaba un aspecto totalmente distinto al de hacía apenas media hora. Ríos de gente entraban y salían sin cesar; había largas colas frente a las ventanillas y grupos de viajeros arremolinados en torno a los paneles de los horarios. Me puse a deambular sin rumbo, sin saber por dónde empezar a buscarla, tropezándome con quienes trataban de abrirse paso entre la muchedumbre. Cuando se anunció por altavoz la salida del autobús de Deauville, tuve la sensación de que no era yo quien estaba viviendo aquel momento, que la mujer de la visión no había existido nunca en el plano de la realidad.

Me di la vuelta, dispuesto a regresar al autobús, y entonces la vi. Estaba de espaldas, comprando un paquete de tabaco en un puesto. Encendió un cigarrillo con aire ensimismado y echó a caminar despacio. A la altura de unos bancos de madera, dejó caer la bolsa en el suelo y se sentó. Por primera vez la pude contemplar con cierto detenimiento. Llevaba zapatos negros, de medio tacón, falda vaquera y una camiseta gris, que le marcaba con nitidez la forma de los pechos y el botón de los pezones. Se sentó con las piernas levemente separadas, sacó una revista de la bolsa y se puso a hojearla. Así pues, existía. Tenía que hablar con ella a toda costa, de ninguna manera podía permitir que desapareciera para siempre de mi vida.

No llegué a dar el primer paso; por detrás de una columna surgió una figura que avanzaba decididamente hacia la chica del autobús. Ella lo reconoció y se puso de pie, sonriendo. El recién llegado era un tipo delgado, ligeramente más alto que ella, más o menos de su edad, y tenía el pelo largo y lacio, de color negro. Ella corrió hacia él y se abrazaron. Cuando se separaron, la desconocida se percató de mi presencia, pero inmediatamente apartó la mirada. Su amigo recogió la bolsa, y aguardó mientras ella se ajustaba la falda y se retocaba, mirándose en un espejo de mano; cuando terminó, se sacudió el pelo con un gesto que para mí ya tenía algo de familiar y salieron juntos de la dársena, cogidos del brazo, riéndose. Seguí los movimientos de su cuerpo, hasta que los dos se perdieron entre la muchedumbre que llenaba el vestíbulo. Al cabo de unos instantes vi la doble silueta de sus cabezas flotando a contraluz. El sol de la mañana daba de lleno en los ventanales de Port Authority; las aspas de las puertas giratorias la engulleron primero a ella y luego a él, y se perdieron entre el gentío de la calle 42.

Todo había transcurrido en un lapso de tiempo demasiado breve. El reloj de la terminal marcaba las ocho menos tres minutos. Inconscientemente, desvié la mirada hacia el espacio que había ocupado su cuerpo en el banco de madera. La revista que había tenido entre sus manos seguía allí; me acerqué a cogerla y regresé al autocar. Cuando llegué, el motor estaba en marcha, con la puerta abierta, esperándome. Apenas me senté, el autobús dio una sacudida. Enfilamos hacia una rampa en curva y desembocamos en la avenida; las calles de Manhattan estaban llenas de vida. Cuando entramos en el Lincoln Tunnel me abandoné al caos de mis sensaciones. Primero vi la expresión de Sam Evans momentos antes de estallar la tormenta; en seguida, las ráfagas de recuerdos reales se empezaron a mezclar con fragmentos de sueños. Vi el prado donde pacían los caballos de Foster, las casas de madera que bordean el río y el andén desierto donde había estado leyendo mi diario. Después, muy lentamente, el instante en que se abría la falda de la desconocida, hasta que me cegó la luz del sol, en el momento en que emergíamos del Lincoln Tunnel.

Estábamos en New Jersey, en un laberinto de autopistas, rodeados de naves industriales y aparcamientos atestados de centenares de vehículos idénticos que se perdían en el horizonte. A la altura de las terminales de carga del aeropuerto de Newark, dejé de mirar por la ventanilla y me puse a hojear la revista sin prestar atención al contenido. De entre sus páginas resbaló un sobre pequeño, de papel tela. Lo cogí intrigado y vi un nombre escrito a pluma, seguido de un número:

Zadie (212)719-1859

Mi primera reacción fue abrir el sobre, pero me contuve. Si hacía las cosas bien, posiblemente aquel número me llevaría hasta ella. El prefijo indicaba que vivía en Manhattan. Guardé el sobre entre las páginas de mi diario y encajé la revista en la redecilla del asiento delantero. Sólo entonces me fijé en la portada; un indio con una cicatriz en la cara y gafas de sol, cuidadosamente trajeado, a la puerta de un casino, con un portafolio de cuero en la mano derecha; en letras blancas, la cabecera del NewYork Times Magazine , y la fecha de hoy, trece de octubre de 1973.

Empecé a hacer conjeturas acerca de la desconocida. ¿Cómo se llamaría? ¿Habría cogido el autobús en Deauville o se habría subido en alguna parada intermedia? Me imaginé a mí mismo llamando a la tal Zadie, quienquiera que fuese, hablando con ella, o con un desconocido, o dejando un mensaje en un contestador anónimo, dando explicaciones incoherentes a alguien sin rostro.

No recuerdo en qué momento empecé a perder la conciencia. El vaivén del autobús empezaba a adormecerme. La última imagen que conservo antes de correr las cortinas para protegerme del sol es la de una casa de madera semioculta entre unos arces.

Cuando me desperté, habíamos llegado al final del trayecto y casi todos los pasajeros estaban ya en tierra. Me apresuré a recoger la bolsa de mano del portaequipajes y, cuando bajé, no pude evitar reírme para mis adentros, pensando que había estado a punto de sucederme lo mismo que a la desconocida. Me molestó haber roto involuntariamente el ritual de mi llegada, haberme perdido el espectáculo de los caballos, no haber hecho la visita de rigor a Sam. Los purasangres de Stewart Foster podían esperar, pero algo me decía que debía ir de inmediato al surtidor de Rick. Tenía el presentimiento de que una vez allí se resolvería por sí solo el enigma cuya sombra me perseguía desde que me asaltó la pesadilla en plena madrugada. Me asomé a la salida del apeadero. Desde el borde del camino, a simple vista, se divisaba el cartel de Texaco que anunciaba el emplazamiento de la gasolinera. Sólo que estaba apagado. No habría mucho más de media milla hasta el cruce de la comarcal con la carretera del condado. Me eché la bolsa al hombro y, con una inexplicable sensación de pesadumbre, me puse a andar, con la vista clavada en el signo de neón.

En ningún momento del trayecto detecté el menor indicio de vida. No me crucé con ningún vehículo. Nadie salió a recibirme, ni me saludó desde lejos. Cuando llegué no había un alma en la vieja estación de servicio; el lugar tenía algo de espectral sin la presencia de Sam y su fiel Lux a la puerta de la tienda. Alguien había arrancado del surtidor el letrero donde se indicaba a los automovilistas que el suministro de combustible se pagaba por adelantado en la tienda; en su lugar, colgando de una cadena oxidada que bloqueaba el camino de entrada, había un rótulo de madera que decía, sin más explicaciones:

ESTACIÓN CERRADA

La puerta y las ventanas de la tienda estaban selladas con planchas de madera. Mis presentimientos me llevaban cada vez con más fuerza a formularme una idea muy concreta. Me dirigí hacia el cobertizo de mi amigo por el sendero de grava y escuché atentamente el sonido de mis pasos, tratando de entender qué diablos lograba descifrar el viejo Sam nada más oírlos. Estaba vacío: ni un mueble, ni un utensilio, ningún rastro de su presencia. Instintivamente, me encaminé hacia el pequeño huerto que quedaba en los lindes del surtidor, junto al arroyo. No tardé en comprobar lo que sospechaba. Al otro lado de la alambrada vi una pequeña piedra gris y una escueta inscripción:

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