Eduardo Lago - Llámame Brooklyn

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Una historia de amor, amistad y soledad. Un canto al misterio y el poder de la palabra escrita.
Un periodista del New York Post recibe la noticia de que su amigo Gal Ackerman, veinticinco años mayor que él, ha muerto. El suceso le obliga a cumplir un pacto tácito: rescatar de entre los centenares de cuadernos abandonados por Ackerman en un motel de Brooklyn, una novela a medio terminar. El frustrado anhelo de su autor era llegar a una sola lectora, Nadia Orlov, de quien hace años que nadie ha vuelto a saber nada.
Llámame Brooklyn es una historia de amor, amistad y soledad, es un canto al misterio y el poder de la palabra escrita. Una novela caleidoscópica en la que, como en un rompecabezas, se construye un artefacto literario insólito en la tradición literaria española.

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Desde lo alto de la escalera, fuiste leyéndome algunos títulos. Tú te reías a carcajadas, pero yo sentí un escalofrío. ¿Cómo podías hacer una cosa así? Me hacía daño verte actuar de ese modo. Era el lado sombrío de tu personalidad, y en aquel momento me resultaba intolerable. Por suerte, la escena no se prolongó mucho. Bruscamente, dejaste de reírte, cerraste (con cuidado, no creas que se me escapó el detalle) las puertas del nicho, te bajaste, plegaste la escalera de tijera y te la llevaste a la cocina.

Ya sabes que en el estudio nunca tengo nada de beber. Voy un momento a la licorería, subo enseguida.

Al volver, me encontraste mirando los libros de tu biblioteca. Habías traído una botella de vodka, una petaca de cristal, de esas que cuestan dos o tres dólares, y unos vasos. Los llenaste y dijiste:

Te puedes llevar de ahí todo lo que quieras. Yo ya no leo. Todos estos nombres que un día significaron tanto para mí, ya no me dicen nada. Hace tiempo que me aburren los libros. Hasta hace poco de vez en cuando releía, pero ya ni eso. Me siento muy cerca del final y estoy cansado. Siempre me pareció que tenía razón Alston Hughes. ¿Dejar un libro póstumo, Ness? A veces he pensado si no lo habré escrito con la esperanza absurda de que lo llegue a leer Nadia. ¿O crees que lo habré escrito para mí…? Maldita sea, Ness, he invertido toda la vida en ello sin saber bien para qué.

Te acercaste a las torres de papel, diciendo:

Aquí lo tienes, Ness, Brooklyn … Mi libro, desperdigado entre las páginas de todos estos cuadernos. Bueno, técnicamente aún no está acabado, pero tampoco falta mucho. En estos momentos se podría decir que es una carrera contra el tiempo. Si vivo un poco más, tal vez consiga terminarlo. Pero si no es así… ¿Sabes que fue Nadia quien me lo hizo ver? Le hablaba tanto del libro que iba a escribir. Le explicaba cómo iba a ser, le daba detalles de su estructura. Le enumeraba los títulos que se me habían ocurrido, preguntándole cuál le gustaba más a ella. Le contaba las historias que pensaba ir añadiendo, muchas de las cuales jamás llegué a escribir… Una de aquellas veces me preguntó que cuándo creía que lo iba a terminar. Nunca, le dije, completamente en serio. Nadia estaba acostumbrada a mis salidas, pero aquella vez se quedó desconcertada de verdad…

[…]

No te entiendo.

No hay nada que entender, es la verdad.

¿Pero por qué?

No lo sé, es como si fuera un maleficio.

No puede ser.

¿Por qué?

Porque no depende de ti, Gal, el libro existe ya, aunque todavía esté desperdigado en los cuadernos.

Pero no estoy seguro de ser capaz de rescatarlo.

En ese caso, alguien lo hará por ti. ¿No te parece?

[…]

Tomado de uno de tus cuadernos. ¿Te acuerdas, no? Tú mismo lo escribiste. ¿No era ese el pacto? Buena manera de empezar, ¿no te parece? Volviendo a aquel día, el vodka seguía intacto en los vasos. Abriste las cortinas. La luz de la mañana entró violentamente en la habitación, haciéndote decir:

Mira esta luz, Néstor. Es la luz de que habla Louise en su poema. La luz de Brooklyn.

Volviste a echar las cortinas, como si te resultara imposible seguir hablando mientras estuviéramos envueltos en aquella claridad.

Lo que le dije a Nadia entonces es verdad. Hay algo en mí que me impide darle forma final a lo que escribo. Pero también tenía razón ella: el libro existía, desperdigado entre los legajos.

Aunque el papel que me encontré después te delataba, entonces se te olvidó el detalle de añadir que Nadia también había tenido la clarividencia de saber que alguien lo haría por ti. Pero no hacía falta, porque el trato estaba hecho, aunque yo no lo supiera todavía. Entonces me diste la llave de tu cuarto y te pusiste de pie. No dijiste nada más, ni yo a ti, pero tampoco hacía falta. La suerte estaba echada desde mucho antes de que me invitaras a subir. Tampoco me diste ocasión de brindar contigo. Apareció en tu cara aquella sombra que había llegado a conocer tan bien. Estabas lejos, solo, perdido dentro de ti mismo, apenas consciente de lo que te rodeaba. Cogiste tu vaso y lo vaciaste de un trago, sin esperarme. Lanzaste una mirada hacia las cortinas, como si tuvieras miedo de que se colara la luz, y con el pulso ligeramente tembloroso, cogiste mi vaso y te lo bebiste también. A continuación, te dirigiste a la puerta, sin despedirte de mí, como si yo no estuviera allí. No te seguí. Metí la mano en el bolsillo, jugando inconscientemente con la llave que me habías dado. Fue la última vez que te vi con vida.

El 9 de abril me fui de viaje a Nuevo México. La noche del 14, al volver al hotel, en Taos, me encontré un mensaje de Frank Otero, diciéndome que le llamara urgentemente al Oakland. Cuando lo hice, me dijo lo que había sin rodeos:

Malas noticias, Ness. Gal murió ayer, en Lenox Hill. Estuvo tres días en coma. Te llamé a la redacción. Dylan Taylor me explicó cómo encontrarte. Me ha dicho que vuelves hoy de madrugada, o sea que aún llegas a tiempo. El entierro será el 16, en Fenners Point. Estoy pendiente de un permiso, pero tengo mis contactos y estoy seguro de que llegará a tiempo.

Nunca había oído hablar de Fenners Point, pero no pregunté nada porque no era momento de explicaciones. Cuando pasó todo, le dije a Frank que me habías dado la llave de tu cuarto y le pedí que subiera conmigo. Estaba todo igual que la última vez que estuve allí contigo. Entonces le conté con detalle nuestra última conversación.

No tengo intención de alquilarlo, fue todo lo que dijo. Dispón de lo que hay aquí dentro a tu manera.

Han sido dos años, Gal, dos años de ir ordenando poco a poco la enorme cantidad de material que habías dejado, haciendo desaparecer lo que estaba destinado a no acabar formando parte de Brooklyn . Allí, rodeado de tus fotos, de tus cartas y recuerdos, era como si estuvieras conmigo. Cuando el trabajo fue cobrando forma, muchas noches me quedaba a dormir en el estudio y al cabo de unos meses me fui a vivir allí, para que nada me apartara del trabajo.

Al leerte, oía con perfecta claridad tu voz. Más de una vez, cuando crujía un mueble o el suelo de madera, me llegué a volver, creyendo que estabas en la habitación y que ibas a decirme algo.

Una tarde, poco después de instalarme, vacié el nicho, sin atreverme a hojear los manuscritos. Le pedí a Frank que me ayudara. Los bajamos juntos, en varias cajas de cartón, y los fuimos quemando uno por uno en la chimenea del Oakland. Viéndolos arder, no me podía quitar de la cabeza lo que solías decir acerca de los escritos que nacen condenados al olvido. Parecemos el cura y el barbero, dijo Frank, sólo que nosotros no le perdonamos la vida a un solo título. Consiguió que me riera.

Aquello no fue más que el principio. Cumpliendo tus deseos fui completando los huecos que habías dejado. Lo fui examinando todo con cuidado: las cartas, los blocs de notas, los cuadernos, las carpetas, tus diarios, los de Nadia. Al final del día, bajaba al bar a quemar el material que ya no era necesario. Me había convertido en la prolongación de tu sombra. Sí; han sido dos años de obediencia a una voz que no cesaba, una voz que llevaba preparándome para hacer aquello casi desde el día que te conocí, aunque eso no lo comprendí hasta después de que te hubieras ido. Pero ya está, lo hemos conseguido, Gal, tú y yo. Aquí tienes tu maldita novela: Brooklyn. Tenía razón Nadia, el libro ya existía. Tú eras el artífice, además del único obstáculo. Había que quitarte de en medio; para rescatarlo hacía falta alguien capaz de obedecer tu voz, pero no podías ser tú porque a ti tu voz te consumía. No fue fácil. Ahí van cientos y cientos de horas de silencio y soledad, horas durante las cuales puse mi escritura al servicio de la tuya. Cuando por fin terminé me di cuenta de que si alguien estaba en deuda era yo. Muchas veces, al releer lo que hemos hecho, me cuesta trabajo distinguir tu voz de la mía. Aunque en realidad, sólo hay una voz, la tuya: cada vez que me tocaba intervenir, lo hacía pensando en cómo lo habrías hecho tú. Ha sido un largo aprendizaje, pero te estoy agradecido. Gracias a ti puedo decir que soy escritor. Antes de esto, siempre sentí que me quedaba grande la palabra.

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