Eduardo Lago - Llámame Brooklyn

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Una historia de amor, amistad y soledad. Un canto al misterio y el poder de la palabra escrita.
Un periodista del New York Post recibe la noticia de que su amigo Gal Ackerman, veinticinco años mayor que él, ha muerto. El suceso le obliga a cumplir un pacto tácito: rescatar de entre los centenares de cuadernos abandonados por Ackerman en un motel de Brooklyn, una novela a medio terminar. El frustrado anhelo de su autor era llegar a una sola lectora, Nadia Orlov, de quien hace años que nadie ha vuelto a saber nada.
Llámame Brooklyn es una historia de amor, amistad y soledad, es un canto al misterio y el poder de la palabra escrita. Una novela caleidoscópica en la que, como en un rompecabezas, se construye un artefacto literario insólito en la tradición literaria española.

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Se llama Cervecería de Correos y queda a mano izquierda, al principio de la cuesta que sube hacia la Puerta de Alcalá. No te costará ningún trabajo encontrarlo, Ackerman. Desde tu pensión hay un paseo muy agradable, si no te importa el frío. ¿Te parece bien a la una y media?

Sí, pero ¿cómo nos reconoceremos?

Tengo cincuenta y cuatro años, la cabeza rapada, mido uno noventa, soy ancho de espaldas y, por si te quedara alguna duda, soy negro.

Soltó una carcajada. Una vez más su voz, su manera de hablar y de reírse me transmitieron una honda sensación de calma. Un cuarto de hora después salí de la pensión y dejando atrás el dédalo de callejuelas que la rodeaban llegué al Paseo del Prado. Al otro lado del bulevar, en lugar de edificios había una larga verja y detrás un jardín. Decidí cruzar. Soplaba un viento muy frío, pero al menos no nevaba. Caminaba despacio, como ausente, registrando lo que veía casi sin darme cuenta, mezclando las sensaciones del presente con recuerdos muy lejanos. A primera hora de la mañana -parecía que hubiera sido ayer- había visto la ciudad sin contaminarme de su realidad, como si el taxi fuera una burbuja esterilizada que me salvaguardaba del contacto directo con las cosas. Ahora, al cruzarme con la gente, al pisar los adoquines de la calle y respirar la mezcla de olores que flotaban en el aire, todo era distinto. Madrid. La ciudad se me metía por los poros, por los ojos, por las fosas nasales. Las fotos, las películas, los documentales que había visto tantas veces en el Archivo de Ben, las cosas que le había oído contar a mi padre parecían corresponder a otra dimensión. Era como si me hubiera despertado de un sueño muy extraño para descubrir que la realidad era más extraña todavía.

Si de pronto alguien me pellizcara, haciéndome caer en la cuenta de que estaba paseando por la luna, y me dijera que había nacido allí, no me habría parecido más desconcertante.

Unas horas antes, cuando me devolvió el pasaporte después de anotar los datos en el libro de registro, la mujer de la pensión había exclamado: ¡Pero si es usted de aquí! ¡Quién lo hubiera dicho, con ese nombre! Bajo el efecto de sus palabras, cuando me vi a solas, en la habitación, abrí el pasaporte y leí:

Place of Birth: Madrid, Spain.

Madrid. Spain. Cada una de aquellas dos palabras encerraba tras de sí un mundo. La M, con su forma de sierra, las montañas donde Ben había combatido; la S líquida que los españoles eran incapaces de pronunciar sin arroparla con una e, el laberinto mismo de la contienda. El perfil de las dos letras agrupadas, despertaba ecos de un sinfín de historias. Ben tardaría catorce años en decírmelo, pero yo era español. Otros catorce años después, por primera vez desde que Ben me llevó a América cuando yo tenía unas semanas de vida, me encontraba físicamente en la ciudad donde había nacido. En ningún momento de mi infancia habían dejado de desfilar por mi casa de Brooklyn multitud de ex brigadistas. Todos me mostraron siempre un afecto muy especial, porque sabían que yo era de allí , el único entre toda aquella gente que tenía vivamente clavada en la memoria el recuerdo de los meses o los años que habían pasado en mi país. Para ellos, España era un recuerdo doloroso, por cómo había acabado la guerra, pero también lleno de momentos maravillosos. En eso coincidían de manera indefectible todos. Ben y Lucía no se cansaban de repetirlo, aquella experiencia había sido la más extraordinaria de sus vidas. Y yo, con mi tez morena y mis facciones mediterráneas que me hacían tan distinto de los Ackerman, los dos de aspecto inequívocamente anglosajón, era la prueba viviente de que aquella tragedia (para usar la misma palabra que había empleado Lewis en su carta) no había sido un sueño.

Lancé una última mirada a través de la verja del Jardín Botánico (entonces no sabía lo que era, sólo veía un parque misterioso, en estado de semiabandono, pero impregnado de magia, como tantos rincones del paseo). La nieve cubría los parterres y los senderos sin hollar y se adhería a los troncos de los árboles, reproduciendo las siluetas de los troncos y las formas de los arbustos. Seguí hacia el Museo del Prado, imaginándome que al otro lado de las paredes jalonadas de hornacinas ocupadas por estatuas de diosas desconocidas, las salas estarían vacías, sin sus visitantes habituales, momentáneamente alejados por el frío. Conocía bien muchas de las obras que se albergaban allí. Ben tenía en gran estima un catálogo editado en tiempos de la República. De niño le gustaba enseñarme las reproducciones, acompañándolas de anécdotas y explicaciones que mi cabeza infantil transformaba en historias llenas de magia y fantasía. Más tarde siendo adolescente, las explicaciones cobraron un cariz más técnico. La historia del arte era una de las pasiones frustradas de mi padre. Me había dicho con tanta insistencia que cuando estuviera en Madrid me acercara por aquel lugar extraordinario , y ahora que me sabía a unos pasos de las obras originarias, sentí una extraña emoción. Muy pronto iré a verlas, pronuncié en voz alta, como si Ben pudiera oírme.

Al llegar a la esquina del Hotel Ritz me detuve a contemplar la glorieta de Neptuno y me vino un título a la cabeza: Piedra y cielo . ¿De quién era? De alguno de los poetas que le gustaba leer a Ben, seguramente. Decidí escribir un cuento que se titulara así. Más de una vez me he lanzado a escribir sin tener la menor idea de adonde me podría llevar la imaginación, guiado exclusivamente por la magia que resonaba en un título.

Un tirón en el abrigo me sacó de mi ensimismamiento. Delante de mí vi a un niño de unos diez años que con gesto serio, sin decir nada, me ofrecía un periódico. Vi unos titulares de tamaño descomunal y a un lado, a tinta roja, el nombre de la publicación: Diario Pueblo . Le di la primera moneda que encontré en el bolsillo, pero no quise coger el ejemplar. El diminuto vendedor se encogió de hombros y se alejó corriendo.

Unos pasos más allá, me detuve a contemplar una llama que ardía frente a un túmulo de piedra, al pie de un monolito rodeado por una verja de hierro. Leí una inscripción que aludía a los héroes del 2 de mayo y me vino a la memoria una de las láminas favoritas del catálogo de Ben, los fusilamientos de Goya. Aquellas asociaciones tenían algo de inquietante. Me hacían sentirme partícipe de una historia en la que me negaba a integrarme. Al mismo tiempo estaba impaciente por oír de una vez por todas lo que Abe Lewis tuviera que contarme; para eso había venido. Me volví a preguntar por qué, después de tantas dudas, me había decidido a acudir a una cita con un desconocido al otro lado del Atlántico y, como siempre, se me escapaba la respuesta. Estás obligado a hacerlo, no tanto por nosotros, por Lucía y por mí, como por ti mismo, me había dicho Ben hasta el agotamiento. Yo no lo sentía así. Había vivido veintiocho años sin saber nada de aquel hombre de quien decían que era mi padre, y no tenía ninguna necesidad, ni siquiera curiosidad, por conocer su historia.

Ben otra vez:

Por más que te niegues a aceptarlo, tienes una cuenta pendiente con tu pasado. Sólo yendo a Madrid la podrás saldar como es debido. Sólo si lo haces, podrás decir que tu vida te pertenece plenamente. Y el lugar también es importante. Por supuesto que podrías esperar a que Lewis volviera por aquí, pero no sería lo mismo. Tienes que volver, pisar el suelo de Madrid, oír el idioma que Lucía y yo nos hemos empeñado en que mantuvieras vivo. Pero sobre todo estar entre tu gente, a fin de cuentas es allí donde viniste al mundo.

Después de meses de dudas me resigné a viajar a España, y la cara de alivio que puso Ben cuando se lo dije me hizo sentirme justificado. Pero ahora que estaba allí, solo, había muchos momentos en que el gesto me volvía a parecer completamente absurdo.

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