Antonio Soler - El Nombre que Ahora Digo
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Se reía Montoya en aquella habitación estrecha y con literas mientras Ansaura, el Gitano, ya en la cama y con el tajo negro del flequillo desbaratado, miraba al techo moviendo los labios, rezando, sólo que en vez de rezos cristianos lo único que hacía era repetir un nombre, siempre el mismo, cien, doscientas veces cada noche, Amalia, Amalia, Amalia, Monedero. Amalia, Amalia Monedero, Amalia, que era el nombre de su mujer y que él había empezado a recitar el día que había salido de Barcelona. Al verla corriendo entre el público que despedía el desfile en el que él marchaba, entre las ovaciones y los gritos de la gente, murmuró el soldado, Amalia, Amalia, que nos separan, que no voy a verte más, Amalia mía, Amalia Monedero. Y, según le había confesado en medio de una borrachera a Paco Textil, fue en ese instante cuando pensó, Cuántas, cuántas veces voy a decir tu nombre antes de que te vea otra vez, Amalia, Amalia, y empezó a contar las veces que murmuraba el nombre de su mujer, revuelto en no se sabe qué cadencia con el apellido, Amalia, 1, Amalia, 2, Amalia Monedero, 3, Amalia mía, 4, Monedero, Amalia, 5. Desde ese momento, allí en Barcelona, Ansaura, el Gitano, tuvo la ilusión de que antes de que pronunciase el nombre de su mujer, Amalia, 6, Amalia, 7, un millón de veces volvería a verla y a besarle los ojos, que, según aparecían en la foto que por las noches colocaba bajo la almohada, también eran negros, como el carmín de los labios, no se sabe si contagiados por los de él o por su propia naturaleza, quizá también gitana.
Amalia, Amalia Monedero, Amalia, no paraba de murmurar aquel hombre mirando al techo. Y mientras él susurraba yo me vi en un espejo borroso que había en la pared sin saber si era yo el que estaba allí asomado, al otro lado de las aguas movidas del cristal, al otro lado del mundo. Con mucha dificultad me miraba la cara, que yo entonces tenía estrecha y de hambre, el pelo revuelto y corto, castaño claro, y unas manchas de barba suave a medio afeitar. Y apenas veía mis propios ojos, cansados y ya no sé si del color de los ríos en los días limpios, con sombra de árboles y barro. Mira, mira la cara que tiene el nuevo, oí la voz del Textil, y también, en el espejo o en lo hondo de mis ojos, vi su cara, la cicatriz doblándose por la risa. Me tumbé en la litera bajo el rezo de Ansaura, el Gitano, que al rato se mudó en una respiración ronca, negra quizá. Y en medio del sueño vino de nuevo la guerra, la otra guerra, la cara de una niña, un muerto que aunque estaba muerto lloraba lágrimas, un caballo pasó al galope, oí la voz de una mujer y allí estaba la melena con reflejos de fuego, el abrigo color remolacha y aquellos ojos que tenían la luz de un verano al caer la tarde. La mujer subía las escaleras de un subterráneo y por el cielo gris, muy bajo, cruzaba un avión arrojando bombas que no explotaban.
La mañana era gris. El cabo Solé Vera, Doblas, Ansaura y un hombre con el pelo muy peinado con oleaje de rizos y hondas hablaban al lado de los camiones. El cabo levantó la vista hasta la ventana en la que yo estaba, me miró y con la barbilla le señaló mi figura al hombre del pelo rizado. Por encima del jardín abandonado, allí donde las nubes eran más grises, vi el resplandor blanco de un rayo, y no supe si era el inicio de una tormenta o una bomba que caía en el frente y mataba hombres.
En el desorden de su escritura, en el ir y venir de la memoria en el que todo lo mezcla, Sintora habla de una mañana gris, quizá la primera de las que vivió en la Casona, cuando en aquel lugar rodeado de árboles se reunió con los hombres que componían el destacamento, el cabo Solé Vera, Doblas, Enrique Montoya, y Ansaura, el Gitano. El teniente Villegas dio las órdenes del día. Llegaba el primer calor que anunciaba el verano. El cabo llevaba abierto su chaquetón de cuero, fumaba, y le hizo un gesto a Sintora: -Ven, muchacho -le dijo-. Vamos a trabajar.
Y juntos subieron al camión. También Doblas. En la caja, Ansaura y Montoya. Se despidieron del teniente, que los vio marchar calándose unas gafas oscuras. Se adentraron con ruido de grava y lentitud hacia el interior del jardín y en un camino que rodeaba una fuente de agua estancada se cruzaron con un coche negro y de morro largo que también llevaba en la puerta y en el motor pintadas las letras UHP, sonó el claxon del coche y por su ventanilla asomó la cara del Textil, su cicatriz con la sonrisa, el bigote de púas y una gorra gastada y en forma de vaina sobre la frente, La leche que mamaste, Solé. La mano quedó flotando en el aire al alejarse. Se perdió el coche hacia la salida del caserón.
– El Textil no es del destacamento -miró mi padre a Sintora.
– Qué más quisiera -habló por primera vez Doblas, morado, respirando y sin apartar la vista del frente. Tenía voz de sarcófago.
Al fondo de aquel camino flanqueado por dos hileras de árboles muy altos y verdes había otro edificio, amarillento, destartalado y con algunas ventanas con la tizne negra de un incendio reciente. Detuvo el cabo Solé el camión y los miembros del destacamento descendieron del vehículo. Montoya silbaba. En el hombro llevaba echado el traje de torero con el que se había vestido el día anterior. Delante del portón del edificio estaba el hombre del pelo rizado. Corrons, dijo mi padre señalándoselo a Sintora, que a pesar de lo borroso de su visión observó cómo el hombre aquel tenía los ojos medio descolgados y apenas lo saludaba. Labios de carne, era una cara de tortuga o de muerto, de bicho disecado al que sólo se le adivinaba la vida en el borde aquel de sangre y agua que tenía debajo de la mirada y que en cualquier momento se le iba a derramar cara abajo en una lágrima de color naranja. Corrons. El Muerto.
Corrons habló en voz baja con el cabo, y después éste hizo un gesto a los soldados de su destacamento y empezó a andar hacia el portón. Tras él, además de Sintora, avanzaron Doblas y Montoya, que ahora cantaba en voz baja y que interrumpió su cante para decir, Sintorita, atiende, explicasión importante, aquí es donde les echan sursidos a los trajes de los toreros y hasen uniformes o lo que sea para la tropa, remiendan trajes de muertos y de artistas, de noche seguro que también les ponen pespuntes a los propios muertos para sacarlos por la mañana al frente, cosas de comunistas, la canalla, ya sabes, Stalin. Entraron en el edificio.
Era una nave amplia y en penumbra que tenía bombillas colgando del techo con un cable muy largo. Una bombilla encendida sobre cada máquina de coser y cada costurera. Las máquinas tenían un ruido de trenes pasando por encima o por debajo del edificio, estremeciéndolo dulcemente, y mezclado con ese temblor había un rumor de voces, y ecos. Dejando todas las filas de máquinas a su izquierda, el cabo Solé Vera andaba el primero y algunas mujeres levantaban la vista y saludaban a la gente de mi destacamento cuando pasaban por su lado, con una palabra, con una mueca, con sonrisas.
Llegaron hasta el fondo de la nave. Allí había unas mesas grandes cubiertas de ropa enmarañada encima de la que Montoya soltó con un gesto de asco el traje de torear. Y también había una especie de mostrador, con unas hornacinas tras él que estaban llenas de fardos y ropa doblada. Entre las hornacinas podía verse la sombra de una cruz y sólo entonces, mirando a su alrededor y viendo ladrillos desnudos y algunos muros derribados, comprendió Sintora que aquel trozo último de la nave eran los restos de una capilla.
De entre las últimas filas de máquinas se levantó la sombra de una mujer que empezó a andar en dirección al grupo. Saliendo y entrando de un foco de luz en otro, Gustavo Sintora reconoció a la mujer que la noche anterior había visto en la entrada del caserón, sólo que no tenía el abrigo de color remolacha y el pañuelo anudado al cuello ahora lo llevaba abierto, con las puntas colgando sobre el inicio del pecho. Los ojos y la melena, a lo lejos, sí tenían un resplandor de fuego, de atardecer rojo que las bombillas alumbraban y apagaban a cada paso.
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