– ¿Por qué quieres hablar de eso? -Es el final de la historia.
Salima se había ido enderezando poco a poco desde la última intromisión del hermano, dispuesta a resistir ella sola -esa resistencia que estaba afectando indirectamente a Martin- la presencia adversa. Por un momento, estuvo lejos de los dos, firme entre corrientes opuestas y recta como si hubiera llegado a la conclusión del choque inevitable si su rectitud y firmeza en ambos sentidos -uno consciente, el otro derivado de esa consciencia por una especie de ley compensatoria y también inevitable- no lo impedía.
– Estabas hablando de ti. De ti entonces y ahora. Lo que le pasó a Abdellah ya ha pasado.
– Sólo quería contártelo todo y que lo entendieras mejor -dijo Martin siendo más sensible a la actitud de Salima que al flujo de la conversación.
– Lo has contado todo y lo he entendido. Quieres tener lo que tenías. Pero has perdido cosas. Ahora te gustaría estar en un lugar como la iglesia, donde todo pasara sin estar tú. Lo he entendido. Siempre te preocupa mucho que lo haya entendido. También he entendido por qué quieres contar el daño que le hicieron a Abdellah.
– Todavía no he dicho nada -protestó sin fuerza, pensando en la iglesia y en Salima, en una soledad en el interior de ellos que detenía el oleaje violento de las cosas y de la que se salía a un paisaje reconstruido.
– No hace falta. Sé que quieres contarlo para sentirte cobarde.
– ¿Cobarde? -Martin sólo pensó en su cuerpo encogido en medio de una gran superficie a la intemperie, tal vez aquella misma escollera de la que todos hubiesen huido para obligarle a su propia soledad retorcida.
– Crees que si eres débil estará todo más cerca. Que si dices lo que más odias de ti, te podrán querer. Querías que yo viera lo que le hicieron a Abdellah y lo que no hiciste tú. Tu cobardía. Que yo te quisiera por medio de tu cobardía.
Martin aplastó la cara contra la piedra. Sintió la frialdad y la presión moldeando los huesos de un rostro nuevo.
– Martin… -ahora sí estaba cerca otra vez y otra vez notó los bordes de su refugio, la dureza que le retenía.
– Quisiera tocarte entera -susurró, tratando de esconder el deseo de la voz.
Ella tenía que llegar ahora. No sabía exactamente lo que tenía que llegar, pero Martin lo esperaba con la sensación de estar convirtiéndose en un animal deforme de grandes agujeros receptivos. Lo único que sabía con seguridad es que estaba pidiendo de nuevo y que no se atrevería a tomar, sin el rodeo y la puerta atrás de la petición, lo que se había hecho deseable hasta el límite de la pasividad.
– Vete -el de ella también fue un susurro-. Vete ahora mismo.
Martin, como si le hubiera arrastrado un ciclón y acabara de aterrizar sobre un suelo irreconocible, tuvo una percepción rápida y puramente física de la escollera, de la superficie fría en la que estaba acurrucado, del mar y del cielo cubierto, mientras la ciudad le enviaba luces aisladas de aviso.
– Quiero que te marches, por favor.
Y después de reconocerlo, reconocer que era el lugar de siempre, sin saltos en ninguna especie de tiempo, sin islas ni posibilidades, el lugar de siempre: una experiencia repetida de desconciertos donde siempre estaba a punto de tocar algo que siempre estaba a punto de desvanecerse gracias a un sistema repentino de alejamiento, de succión hacia afuera.
– He dicho que te vayas. Que te vayas.
Las piernas de Salima se movieron con una velocidad retráctil y desaparecieron. Escuchó alejarse los pies desnudos sobre la roca. Fue contando sus pasos sordos como si tuviera que sincronizarlos con los latidos de un corazón que parecía el suyo. Los pasos se detuvieron inesperadamente y también inesperadamente se llevó la mano al pecho con el temor de que algo más, esta vez dentro, se hubiera parado.
– Temsamani -la oyó decir marcando aquel nombre de una forma que parecía colgar detrás de ella y arrastrarse por las oquedades, grietas y aristas de la pendiente.
Temsamani, llegó a decir él en voz alta. Un reconocimiento más y también la denuncia de que, mientras él había decidido aislarse con Salima, Salima cargó con la presencia de Temsamani, se hizo totalmente responsable mientras Martin se ausentaba al interior de ella y se fortificaba en el deseo que Salima tendría que compartir con la presencia y la tensión extrañas.
Levantó la cabeza y miró pendiente arriba. Los dos hermanos se habían quedado de frente, con la misma expresión terminante, callada y resentida que hacía más semejantes las dos caras, una mucho más oscura que la otra, pasada por un tinte artificial y que, a ojos de Martin, sólo podía ser una derivación defectuosa del molde perfecto y claro de Salima. Antes de ir hacia ellos, notando el hormigueo de la sangre que comunicaba vitalidad urgente a los músculos, pensó en la semejanza que se dividía a favor y en contra suya y a la que se enfrentaría pronto con la confusión de su propia mirada, una mirada que vería en la cara hostil de Temsamani la cara deseable de Salima y quizá algún día, quizá en ese mismo momento, por efecto de la animadversión rotunda de Temsamani imprimida con un golpe de sello en esa mirada, la cara hostil de Temsamani en la cara deseable de Salima.
Salima le cortó el camino retrocediendo un paso y dando otro a su derecha con un giro de compás. No necesitó mirarle para situarse en la intersección y detenerle. La figura longilínea quedó parada y mirando por encima del cuerpo menudo la presencia más elevada de Temsamani en la pendiente, no tan alto como el blanco, pero de una complexión más equilibrada y, en ese equilibrio, más segura. Temsamani no dio señal de su aparición. Se limitó a buscar la posición que le dejara de nuevo frente a su hermana.
– Qué estás buscando aquí -llegó a decir Martin por encima de la cabeza color caoba.
La cara de Temsamani se crispó, aunque los ojos no se movieron de Salima.
– Estoy con él y voy a quedarme con él -también Salima pareció alejarse con la forma de decir «él», un «él» fuera de allí.
Martin adelantó el último paso y llegó al contacto con la espalda pequeña. Apenas duró un segundo. Salima, sin mirarle, y después de haber posado la mano otro segundo bajo el pecho de Martin -un segundo de permanencia cuya interpretación debía bastarle a «él»- le empujó con una firmeza controlada devolviéndole al paso anterior, sin que a «él» se le ocurriese siquiera la posibilidad de resistir.
Pensó que Salima prefería estar sola, sola de él y de Temsamani, mientras estuviera en medio de los dos, y que esa soledad ya decidida le igualaba al otro en la ejecución instantánea de un rechazo.
– Sabes que no puedo irme si él se queda -por vez primera sintió la calidad material de la otra voz y la colocó sobre el rostro desencajado, hecho también materialmente de fragmentos cuya desfiguración pertenecía más a un reino inanimado que al de los tejidos vivos.
– Te irás siempre y él siempre se va a quedar. Desde ahora. Yo no quiero que te acostumbres a eso, Temsamani, yo quiero que lo aceptes ahora.
– Ven conmigo, Salima. Se ha hecho muy tarde -el doble oscuro de Salima no la había escuchado, no la escucharía nunca.
Desde la espalda, Martin pudo reconstruir el gesto de impotencia de Salima, el desfondamiento ante una pared que todavía se está empujando. Temsamani ladeó la cabeza hacia el camino de vuelta sin dejar de mirarla y mirándola menos, haciendo de ese gesto una orden más inapelable que todo lo dicho.
– Entonces, vete -dijo ella.
– Vamos – Temsamani extendió un brazo y la mano hizo un movimiento de acarreo indiferente y hostil, dirigido a algo que no es capaz de entender excepto si la mano lo conduce.
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