José Gironella - Los Cipreses Creen En Dios
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Ésta crónica de la época de la Segunda República es la novela española más leída del siglo XX. José María Gironella relata la vida de una familia de clase media, los Alvear, y a partir de aquí va profundizando en todos los aspectos de la vida ciudadana y de las diversas capas sociales.
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En cuanto al Responsable, proyectaba no sé qué represalia, pero Porvenir le tomó la delantera. Porvenir cogió la calavera -de mujer-, la pintó de negro, acopló a ella una peluca de pelo menudo y rizado, de forma que la imagen etíope era perfecta, y seguido de unos cincuenta partidarios se dirigió hacia la casa en que vivía un comerciante italiano, que ejercía las funciones de Cónsul. Los cristales fueron rotos, y la fachada quedó pintarrajeada con amenazas.
Pero, a la postre, lo importante fue el clima que se creó, el efecto producido sobre los tibios y la clase media. Julio dijo en el Neutral: «Mussolini nos ha prestado un gran servicio». El Demócrata , en una página extraordinaria, describió el éxodo etíope, bajo una lluvia de bombas. La figura del Negus con su paraguas adquirió caracteres de leyenda. Gente que nunca había imaginado ser extremista se conmovió y hablaba en términos de gran dureza. Matías Alvear miró de otro modo a Marta cuando la chica llegó a «congeniar» con Pilar; y desde luego miró de otro modo a Mateo, de lo cual éste se dio perfecta cuenta.
Don Pedro Oriol, en ausencia de «La Voz de Alerta», tomó en El Tradicionalista partido por la aventura mussoliniana. Ello desató los ánimos y fue la señal inicial para que dos hombres recuperaran el terreno perdido: los Costa. Los Costa vieron la ocasión y la aprovecharon; además de que sentían la causa sinceramente. Rompieron lanzas en favor del Negus. Abrieron una suscripción, encabezándola con una suma enorme, lo cual les ganó muchas simpatías. Izquierda Republicana fue el partido que inició la campaña más sistemática, más razonable e inteligente en contra de la acción italiana.
Izquierda Republicana llevó las cosas con tanta habilidad, que se decidió a dar un paso delicado: invitó al doctor Relken a dar una conferencia en el local.
«Abisinia, su vida y sus costumbres.» Esto rezaron los folletos anunciadores. ¡Magnífico! El doctor conocía el país al dedillo. El Demócrata publicó en primera página una fotografía en la que se le veía en Addis Abeba al lado de un camello.
Mosén Alberto, que a través del catalanismo estaba interiormente por los negritos, y a quien el tema de la conferencia interesaba en grado sumo, lamentó mucho que el acto tuviera lugar en Izquierda Republicana, donde no podía asistir. Sin embargo, no se notaría su falta. Los muros casi reventaron; tanta gente se reunió. Uno de los Costa hizo la presentación. Y luego el triunfo del doctor Relken fue total. No se refirió para nada a la guerra; sólo dijo que aquellos que suponían que la civilización etíope era primitiva desconocían por completo la cuestión. La civilización etíope, antiquísima, era rica y floreciente, y si muchos de los pueblos de África habían superado el estado salvaje era gracias a la influencia etíope. Por ejemplo, en el aspecto musical gracias a ella algunas tribus, como la de los Bongos, habían alcanzado una rara perfección. El doctor Relken, por medio de proyecciones, mostró al auditorio arpas, pequeñas guitarras, mandolinas, y a medida que la zona se orientalizaba, flautas, instrumentos usados en el interior de África gracias a los etíopes. Luego esculturas, tallas en madera, etc… Para no hablar del tamtam . El tamtam no era de origen exclusivamente etíope, sino característico de todos los negros del continente; pero, según el doctor Relken, en Abisinia resonaba de una manera especial. La emoción del público cuando el doctor, con la simple ayuda de sus manos y una mesa, imitó múltiples variedades de tamtam , todas de ritmo obsesionante y base indiscutible de la revolución musical en el mundo y en el jazz , fue indescriptible. Todo el mundo sintió su piel convertirse en tambor, y vio hogueras y desiertos y negros danzando; negros danzando la danza de la muerte , en torno a los tanques italianos. La ovación dedicada al doctor Relken fue apoteósica. Era la mejor conferencia que se recordaba en la ciudad.
El éxito del acto organizado por los Costa fue tal, que en seguida surgieron imitadores. David y Olga le dijeron a Casal: «Deberíamos invitar al doctor a dar una conferencia aquí». Casal contestó: «Bueno, pero… en todo caso no ahora, más tarde». También se recibieron invitaciones de varios pueblos. En cambio, Cosme Vila juzgó todo aquello muy hábil, pero se encogió de hombros. «Prefiero invitar a Vasiliev.» Quedaba claro que el doctor Relken no era comunista, y Cosme Vila no admitía heterodoxos en el local.
El orador, personalmente, le dijo a Julio, sonriendo: «Nunca había tenido tanto éxito». Se acostó temprano y rehuyó las aclamaciones. Y a pesar de los ruegos reiterados, mostró no tener prisa en repetir la sesión en algún otro lugar. Aseguró que hablar en público no le gustaba. Prefería evidentemente las pequeñas reuniones. «Soy hombre de… ¿cómo se llama esa palabra tan bonita que tienen ustedes…?»
– ¿Para indicar qué?
– Un grupo de personas que se reúnen con asiduidad.
– ¿Tertulia…?
– ¡Eso es! Tertulia. Soy hombre de tertulia.
Era cierto. El doctor Relken prefería, a los discursos ante numeroso público, improvisar una reunión, por ejemplo en el Neutral. Improvisar; ésa era la palabra. Porque, en realidad, siempre se presentaba allí solo, a lo más acompañado de Julio. Pero el grupo llegaba a no tardar. La figura del doctor siempre llamaba la atención como su extrema seriedad, a pesar de la constante sonrisa. Pronto se formaba un pequeño corro a su lado, especialmente si Julio levantaba la voz o hacía alguna pregunta a los vecinos. En este caso el doctor aceptaba de buen grado una conversación general. Y siempre ocurría lo mismo: pronto se hallaba describiendo países lejanos, cosas lejanas que había visto, y que hacían las delicias de Ramón. Y a medida que hablaba el auditorio se iba haciendo más nutrido. Al final, surgía espontáneamente el capítulo que Julio acabó por llamar de ruegos y preguntas. Preguntas extrañas y dispares, que nunca quedaban sin respuesta, excepto si contenían intención humorística. En este caso el doctor Relken clavaba los ojos y daba la impresión de que no había comprendido. Fue por su falta de sentido del humor por lo que Matías Alvear dijo de él: «Al dominó y a otras cosas le gano yo; y don Emilio Santos también le gana».
– ¿Es cierto, doctor, que en Rusia los obreros viven como rajás?
El doctor contestaba que Rusia era muy grande. Que desde luego, en los lugares equivalentes, vivían mejor que en España. Tal vez trabajasen más horas… pero es con carácter voluntario. Quieren elevar el país.
– ¿Y en Alemania?
El doctor se quitaba los lentes.
– Pues… Hitler intenta hacer lo mismo en Alemania; pero a Hitler los obreros le tienen sin cuidado. Los halaga por conveniencia; pero lo que quiere es dominar, dominar. Confía en sus astros…
El tema del nacionalsocialismo, del Fascismo y, de rebote, el de la Falange, eran frecuentes, pues a causa de la guerra de Abisinia se había desencadenado la primera ofensiva seria contra Mateo y sus camaradas; si bien muchos se reían de éstos, diciendo que eran cuatro desgraciados y que ya se les iba dando su merecido, «como ocurrió en Valladolid».
Al oír esto, el doctor volvía a erguir el cuello. No compartía la opinión de los que se reían.
– Están ustedes equivocados tomando a los falangistas en broma, porque son pocos. Los nazis empezaron siendo unos cuantos en una cervecería y en los comienzos de Mussolini ocurrió lo mismo. Aquí, por lo que veo, el fascismo basa su doctrina en teorías muy antiguas, que datan de la expulsión de los judíos y de la Inquisición. En este aspecto, claro está, se estrellarán contra el conocimiento que todos ustedes tienen de estos hechos. Pero, en cambio, son astutos en otros aspectos; por ejemplo, ensalzando la conquista de América, sin explicar al pueblo los… asesinatos en… masa -y perdonen ustedes la dureza de expresión- que realizaron los conquistadores. Y, sobre todo, son astutos infiltrando en sus cuadros una idea política muy peligrosa: la de la Unidad. Eso es, en efecto, algo más serio de lo que parece. Hitler combatió con esta arma, lo mismo que Mussolini. Verán ustedes cómo irán ensanchando sus cuadros, y cómo los militantes se irán pareciendo entre sí. Unidad, unirse todos para crear una fuerza. Es una idea que, repetida, acaba siendo arrolladora.
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