José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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La segunda crónica fue más personal: "Aquí, día 21, en ruta hacia El Escorial. El féretro es llevado a hombros de doce falangistas, que se relevan cada cuatrocientos metros aproximadamente. A nosotros nos ha tocado el turno en las inmediaciones del pueblo de Elda. El frío era intensísimo y había un gran silencio en la carretera. Sólo se oía el crujir de la escarcha bajo los pies. El peso de la caja mortuoria era leve, aunque nos obligaba a andar encorvados. De pronto, nuestras botas no han pisado alquitrán sino flores. Los campesinos de la comarca habían tendido una alfombra de flores silvestres en la carretera, para que José Antonio, que tanto amó la tierra yerma de España, caminara sobre su propio amor. A nuestro lado iba un anciano, que había perdido un hijo en la guerra y que cumplía su promesa de hacer todo el trayecto a pie, alimentándose sólo de pan y agua. A trechos encontrábamos, en las cunetas, mujeres arrodilladas que se santiguaban a nuestro paso. En el momento de ceder el puesto a otros camaradas, nos hemos apartado a un lado y hemos visto cómo el cortejo seguía avanzando con una vibración y una fuerza incontenibles. Entonces hemos comprendido más que nunca que la Falange es esto: milicia y relevo, escarcha y flor, yugo y solidaridad. El cortejo en estos momentos ha rebasado el pueblo de Sax. Y mientras tanto, y según noticias, allá en una cantera cercana a Segovia se está extrayendo un bloque de piedra de veinticinco toneladas, que milagrosamente no presenta ninguna grieta y que ha sido elegido Para construir el sepulcro que albergará en El Escorial los severos restos del Fundador".

El día 22, Mateo escribió en singular, puesto que el resto de la delegación, incluida Püar, regresó a Gerona. Dijo que se sentía abrumado por el hecho de haberse quedado solo representando a la ciudad. "Dos ojos, sobre todo si están humedecidos por las lágrimas, no bastan para captar lo que ocurre. En la iglesia de cada pueblo el féretro es depositado en el altar y se canta el salmo De profundis y se entona un responso. Luego prosigue la marcha y no es raro que el vecindario del pueblo correspondiente se una a la comitiva por espacio de varios quilómetros. Siempre se encuentra a alguien que conoció a José Antonio: una mujer que lo alojó en su posada, un sacerdote que le dio la comunión. A veces cuelgan de los balcones mantones de raso, o simples cruces de arpillera. Cuando una representación falangista regional le cede a otra las andas, los camaradas se miran unos a otros con sobrecogedora dignidad. Hoy el cortejo ha encontrado, junto a un mojón de la carretera, un perro que ladraba. Un niño ha corrido a su lado y, acariciándolo, lo ha hecho callar. Entonces ha vuelto a oírse el crujir de los pies sobre el camino helado y, como la luz menguaba, los acompañantes han encendido los hachones y las farolas. Allá lejos esperaba, iluminado, un arco con la inscripción ¡Arriba España!".

La peregrinación había de durar once días. Mateo se mantuvo en su línea de austeridad. De vez en cuando aludía a la ausencia del camarada Rosselló, o de Marta, o de Pablito. Por supuesto, daba testimonio de que la adhesión popular era masiva, sobre todo en Albacete, donde una inmensa multitud se concentró en los alrededores del Parque de Canalejas para esperar la llegada del féretro. Millares de hombres, de mujeres y de niños, cada uno con una oración en los labios; y la carretera salpicada de ramas de resinoso pinar. El frío seguía siendo intensísimo, por lo que en las colinas circundantes, y aun en lo alto de los lejanos picos, la gente llegada muchas horas antes para presenciar el paso de la comitiva encendía fogatas para calentarse, fogatas que adquirían caracteres de holocausto. En una bocacalle de Villatobas, en un lugar donde José Antonio se había detenido a hablar con unos aldeanos, se levantó un obelisco que decía: "En el sitio donde te vimos por primera vez, te levantamos este monumento como recuerdo de que tu espíritu quedó con nosotros". Pero lo más fascinante tenía lugar cuando la noche cerraba del todo. Entonces los hachones fulguraban, tintineaban las arandelas de los ciriales y la blanca indumentaria de los monaguillos fosforecía en la oscuridad. Y las innumerables hogueras rojas aparecidas en las cumbres poblaban el paisaje de centinelas espectrales. Todo ello bajo una gran luna amarillenta que desde arriba se derramaba sobre la España dolorida.

La entrada y el paso por Madrid constituyeron un espectáculo impar. Todas las campanas de la ciudad doblaron simultáneamente, mientras la artillería disparaba las salvas correspondientes a los honores de capitán general con mando en plaza otorgados a los restos de José Antonio. No se produjeron gritos ni vítores; simplemente sollozos y plegarias. En la plaza de la Cibeles se oyó de pronto un toque de atención: eran los clarines de una sección de Caballería. En ese momento se acercaron al féretro gran número de mutilados de guerra llevando una gran corona de flores, con cintas rojinegras. En la plaza de España esperaban el Gobierno y los Consejeros Nacionales, entre ellos, Salazar y Núñez Maza. En el Parque del Oeste la comitiva avanzó por entre las ruinas y destrozos que a ambos lados de la carretera daban fe de los duros combates allí habidos. El trayecto comprendido entre la llamada Casita de Abajo y El Escorial era una alfombra de flores inmensamente mayor que la encontrada en las proximidades de Elda. El anciano que había hecho el trayecto con sólo pan y agua, cogió una de aquellas flores y la besó. Y en El Escorial, la indescriptible ceremonia de la inhumación, a la que asistió en pleno el Cuerpo Diplomático. La presidió el Caudillo. Destacaban, entre las luces, cuatro banderas con la cruz gamada enviadas por el Führer y seis banderines enviados por Mussolini, a los que el embajador de Francia, el mariscal Pétain, que fue el último en llegar, saludó. En el suelo esperaba, en efecto, la piedra del sepulcro, la milagrosa piedra extraída de una cantera próxima a Segovia y que no presentaba ninguna grieta.

La última crónica de Mateo fue la más breve. "Aquí, El Escorial. Día 1 de diciembre. A las seis de la tarde inicióse el acto de la inhumación. Mientras la losa sepulcral cubría el féretro de José Antonio, el Caudillo ha repetido las ya clásicas palabras: "Que Dios te dé el eterno descanso y a nosotros nos lo niegue hasta que hayamos sabido ganar para España la cosecha que siembra tu muerte".

CAPÍTULO XXV

No todo, por fortuna, había de ser guerra y trasiego de cadáveres. La vida múltiple ofrecía también aspectos estimulantes. Uno de ellos, las Ferias y Fiestas del patrón de Gerona, San Narciso; las ferias y fiestas que con tanto fervor había preparado la Comisión de Festejos del municipio.

Fue un acontecimiento que mudó por unos días la faz de la ciudad. Las norias, los tiovivos, las barracas, que efectivamente acudieron en gran número, se instalaron a lo largo de la Gran Vía. Desde el balcón de la Delegación de Abastecimientos, Pilar podía contemplar el bullicio humano; la bobaliconería de los campesinos llegados en autocar, vistiendo el traje dominguero; el frenesí de los niños. Durante toda la semana quedó patente que los gerundenses, de acuerdo con los deseos del Gobernador y del general Sánchez Bravo, querían recuperar el tiempo perdido, divertirse. La Andaluza podía dar fe de ello. "Como esto siga así -dijo-, no me quedará más remedio que traerme aquí un contable".

Varias personas triunfaron en aquellas fiestas. La primera, 'La Voz de Alerta'. 'La Voz de Alerta', como alcalde, izó la bandera de cobertura de las obras de la Plaza de Abastos -la promesa se convertía en realidad-, sita a orillas del Oñar, por el lado de los cuarteles de Artillería. En el Café Nacional, Galindo, Marcos y el señor Grote bromearon lo suyo a costa del emplazamiento elegido, dado que justo allí se erguía el monumento a los Héroes de la Independencia, con un león en lo alto de la columna. "Ese león -dijeron- bajará por las noches y se zampará toda la carne guardada en las cámaras frigoríficas". Otra persona triunfante fue Esther, la esposa de Manolo. Consiguió inaugurar las obras para la construcción de dos pistas de tenis, precisamente en el Estadio de Fútbol. Los hermanos Costa, desde la cárcel, subvencionaron el costo de las redes y de las correspondientes jaulas metálicas. Esther, en el acto de la inauguración, apareció radiante. Su talle era tan fino y deportivo que nadie hubiera dicho que tenía dos hijos. Su presencia provocó un ¡ah! de admiración entre los asistentes, aunque algunos, por envidia o lo que fuere, decían de ella que era excesivamente moderna y que lo único que pretendía era llamar la atención. Tenía un admirador secreto, un defensor a ultranza: el camarada Rosselló. El camarada Rosselló, contemplando a Esther, conseguía olvidarse del Penal del Puerto de Santa María. Lo que el profesor Civil aprovechaba para decirle: "¿Por qué será, amigo Rosselló, que la gente elegante suele ser anglófila?". Otra persona triunfante: el capitán Sánchez Bravo, presidente del Gerona Club de Fútbol. El día cumbre de las ferias, el día de San Narciso, jugóse en el estadio de Vista Alegre, el partido máximo de la temporada -contra el Club de Fútbol Barcelona-, y el club gerundense se alzó con la victoria. Calculábanse en unas doce mil las personas que presenciaron el encuentro, procedentes de toda la provincia. La calle del Carmen, que conducía al Estadio, quedó abarrotada de vehículos de todas clases, entre cuyos conductores un muchacho sordomudo repartía propaganda de un insecticida. El once local hizo filigranas sobre el césped, levantando oleadas de entusiasmo, a las que no fue del todo ajeno Matías Alvear. Ciertamente, Matías iba al fútbol… por culpa de Eloy, de la mascota del equipo. Le hacía gracia ver al chico en la banda, sentado sobre un balón, al lado del entrenador y de Rafa, que hacía de masajista. Cada vez que el Gerona Club de Fútbol marcaba un gol, el "renacuajo" de los Alvear pegaba un salto. Y si quien lo marcaba era su preferido, el delantero centro -un muchacho asturiano, llamado Pachín, que cumplía en Gerona el servicio militar-, Eloy tenía que dominarse para no saltar al terreno de juego y abrazar al jugador. Matías no conseguía interesarse de verdad por las incidencias del juego, que le parecía tan anodino como los toros, pero sí por el resultado final. Carmen Elgazu no hubiera imaginado nunca oírle decir a su marido: "les hemos dado pa el pelo"; "el domingo que viene jugamos fuera"; etcétera. "¿Por qué dices les hemos dado, y jugamos? -le preguntaba la mujer-. ¿Es que se te ha curado el reuma y piensas alinearte de extremo izquierda?".

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