Mes de diciembre. La vida continuaba. Prueba de ello eran las noticias que por aquellas fechas Jaime subrayó con lápiz rojo en Amanecer.
"En los Estados Unidos Al Capone había sido puesto en libertad y se había marchado a vivir con su familia a Pensilvania".
"Los generales laureados habían sido incluidos en las listas de honor del Real Automóvil Club de España".
"Los académicos habían comenzado en Madrid la revisión del Diccionario de la Lengua, al que incorporarían los vocablos que con la guerra adquirieron carta de naturaleza".
"En Barcelona habían sido clausurados los canódromos y los bailes-taxi".
"El conocido ex policía gerundense Julio García, que en París llevaba una vida de vilipendio, había sido identificado como espía de los aliados".
"Los ex maestros David y Olga, responsables de tantos crímenes en la provincia, habían fundado en Méjico una editorial cuyo primer título publicado era: Lo que todo el mundo debe saber del marxismo".
"Por orden gubernativa, habían sido retirados los desnudos que figuraban en la exposición de pinturas recién abierta en la Biblioteca Municipal".
Etcétera.
Matías seguía leyendo con delectación las noticias señaladas por Jaime. Pero no se limitaba a eso. Leía también los partes de guerra -los alemanes continuaban hundiendo barcos mercantes enemigos y los rusos no conseguían avanzar en Finlandia- y, con especial atención, los anuncios, pues siempre había creído que éstos eran muy útiles para tomarle el pulso a la sociedad.
¿Por qué -se preguntaba Matías- los anuncios más frecuentes por aquel entonces, con abrumadora diferencia sobre los demás, eran los de aparatos ortopédicos para curar las hernias; los de máquinas usadas; los de productos antivenéreos y antidiarreicos; los que curaban la sarna; el Fósforo Perrero y los productos de belleza para la mujer?
Después de reflexionar con cierta intensidad, Matías sacó sus conclusiones. La gente necesitaba más que nunca fósforo para reforzar la cabeza. La falta de higiene propagaba las enfermedades venéreas y la sarna. Las máquinas usadas y las diarreas eran consecuencia de la lucha sostenida a lo largo de tres años. Las mujeres querían embellecerse -pomadas para el cutis, fijadores para el pelo, barras de labios…- y él tenía en la familia dos buenos ejemplos de ello, cada cual a su manera: Pilar y Paz. Ahora bien ¿y lo de las hernias? ¿Tantos herniados había en España? ¿Por qué? El chismoso señor Grote le decía: "La cosa está clara, amigo Matías. Los españoles, casados o solteros, hacemos muchos ejercicios violentos".
Matías esperaba que algún día apareciera en Amanecer un anuncio que curara los trastornos que, pese a los cuidados del doctor Pedro Morell, sufría Carmen Elgazu. "¿Por qué no aparecerá un remedio eficaz contra esas horribles hemorragias?", se preguntaba. Sí, ésa era la preocupación que gravitaba sobre los Alvear, precisamente cuando se acercaba la Navidad. Las medicinas prescritas a modo de prueba por el doctor Pedro Morell no daban el resultado apetecido. Carmen Elgazu disimulaba, pero desmejoraba a ojos vistas. Pilar e Ignacio se habían dado cuenta de ello y le preguntaban: "¿Qué te ocurre, mamá?". "Nada, hijos. Que no tengo apetito. Y que yo no me pongo en la cara esos potingues que le quitan a una años de encima". No, no era eso. De tal modo, que en la última visita que Matías y Carmen le hicieron al competente ginecólogo, éste había llamado aparte a Matías y le había dicho: "Lamento tener que hablarle así. Vamos a darle a su esposa unas sesiones de radioterapia; pero creo que no quedará más remedio que practicarle la intervención de que le hablé".
Esta vez Matías había afrontado la realidad y le había preguntado al doctor:
– Exactamente ¿qué quiere usted decir con eso?
El doctor le había contestado, haciendo un expresivo ademán:
– Extirpación…
El aldabonazo había sido más tremendo que el que pegaba Jaime en las puertas al repartir el periódico. Matías, exceptuando lo de César, no estaba acostumbrado a noticias de esa clase, que afectasen a su casa de modo tan vital. Ésta la subrayó él mismo, con lápiz rojo, en el alma. Matías había creído siempre que su mujer era invulnerable, que era eterna. La palabra extirpación había desmoronado en su interior algo muy arraigado y profundo.
– En todo caso -había preguntado-, ¿quién se encargaría de la operación?
El doctor Morell había contestado sin vacilar:
– Yo les aconsejaría el doctor Chaos.
¡Doctor Chaos! ¡Precisamente el doctor Chaos…! A Matías le había parecido aquello una muy triste ironía del destino.
Y no obstante, era preciso seguir disimulando. Por Carmen Elgazu. Por los hijos. Y porque se acercaba la Navidad.
El abogado Manolo Fontana leía también las noticias y los anuncios de los periódicos, pues su curiosidad era muy grande y quería estar al corriente de todo lo que ocurría. Además, tenía fe en las asociaciones mentales. Si por algo se alegraba de su condición de universitario y de su pasión por la lectura era porque ambas cosas le permitían abordar los temas desde ángulos diversos. Siempre decía que con la guerra, carrera con meta única, sufrió grandemente "de claustrofobia ideológica". Por si fuera poco, en su obligado trato con la gente se daba cuenta de que la mayoría de las personas no tenían más allá de cinco o seis ideas en el caletre. Con eso se las iban arreglando; se las iban arreglando para desembocar en el tedio.
Manolo, sobre todo desde la apertura de su bufete de abogado se había hecho popular. Sin duda habían contribuido a ello su perilla a lo Balbo y su indumentaria, siempre alegre y vistosa. Ahora por ejemplo, desde la llegada del frío, llevaba un sombrerito tirolés, verde y pequeño, muy gracioso, que divirtió a sus conciudadanos. El sombrerito, en el que los domingos se colocaba una pluma irónica, y su gabán con cuello negro, de, piel, le daban un aspecto cosmopolita en perfecta concordancia con su personalidad. Como decía el profesor Civil: "Acaba uno pareciéndose a aquello que admira". Además, tenía una voz rotunda, de amplios registros, que en la Audiencia, cada mañana -gracias a que su bufete se veía muy concurrido- lo ayudaba en gran manera.
Esther estaba tan contenta con las perspectivas profesionales que se le ofrecían a Manolo que, a imitación del Gobernador, había empezado a organizar en su casa amistosas meriendas. Con la ventaja de que ella podía elegir a sus invitados. María del Mar le decía: "Ay, hija, a eso le llamo yo tener suerte. ¿Sabes quién viene mañana a casa a cenar? ¡El delegado de Sindicatos! Cosas de mi maridito… Seguro que se presentará vestido de "productor".
Manolo y Esther llevaban mucho tiempo deseando recibir en su domicilio a Ignacio y a Marta, reunirse con ellos y charlar. Pero Ignacio continuaba con sus periódicos viajes a Figueras y a Perpiñán -el coronel Triguero, en Fronteras, sin Ignacio se sentía desamparado-, y los días habían ido pasando sin que se presentara la oportunidad.
Por fin la reunión iba a poder celebrarse, aprovechando unas pequeñas vacaciones que Ignacio consiguió. Esther, al enterarse, llamó por teléfono a Marta y le dijo: "Si no tenéis ningún compromiso, os esperamos a las seis, a tomar el té. Queremos que conozcáis nuestro piso. Y que veáis nuestro árbol de Navidad".
Ignacio no pudo disimular su alegría. También los asuntos del muchacho iban viento en popa. ¡Esperaba para fines de enero, o para febrero lo más tarde, la licencia! Y ahora, la invitación de Manolo y Esther, por quienes sentía una inclinación especial.
Marta le dijo:
– Ponte el traje azul marino. Y córtate las uñas, por favor…
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