José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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– ¿Por qué dices eso? Todo tendrá su interés, ¿no?

Manolo depositó en el suelo la varita de bambú y tomó un sorbo de té.

– No lo creas -contestó-. En general, a un abogado que empieza no se le encomiendan más que pleitos perdidos. Y perder tiene un interés profesional muy escaso, la verdad…

Ignacio se rascó con la uña la ceja derecha.

– ¿Querrás creer que no te imagino perdiendo?

Manolo se encogió de hombros.

– ¿Pues qué quieres que haga? Multas por estraperlo; multas por escuchar la BBC; colonos a los que sus amos quieren expulsar de la finca; inquilinos urbanos a los que los propietarios les han cortado el gas y la electricidad… ¿Cómo quieres defender eso?

Ignacio preguntó con estupor:

– Pero ¿cómo puede multarse a alguien por escuchar la BBC? ¿Y cómo puede cortársele a un inquilino el gas y la electricidad?

Manolo tuvo una expresión casi cómica.

– De una manera muy sencilla. Colocando en la denuncia la palabra desafecto… El eterno sistema, ya sabes.

Marta, cuya expresión era ahora seria, preguntó:

– Pero ¿y si la denuncia está justificada? Quiero decir, ¿si esos denunciados eran rojos de verdad?

Manolo miró con fijeza a Marta:

– Por favor, Marta. En Auditoría quedé harto de esa palabrita…

Esther procuró amenizar la cuestión. Se puso de parte de su marido.

– Manolo lleva razón -dijo-. Pensando en el futuro, es preferible que defienda ahora a los débiles, para que todo el mundo sepa a qué atenerse con él.

Marta parecía sentirse incómoda y Manolo intentó explicarse. Lo normal era que los fuertes abusasen, aprovechándose de la situación.

– Querida Marta, un día me dijiste que, gracias a Dios, en España ya no se hacia política; en mi despacho te darías cuenta de que eso no es verdad… Muchos alcaldes, o ex cautivos, o ex combatientes, se atreven a talar árboles sin permiso; o a instalar un matadero clandestino; o a poner en la leche el cincuenta por ciento de agua… Naturalmente, en todo esto ha influido la guerra europea. Algunos artículos empiezan a escasear y ello ha despertado la ambición -marcó una pausa y añadió-: Es una verdadera epidemia, te lo aseguro. Como el Gobernador no acierte a parar esto, dentro de seis meses media población vivirá del robo.

Marta se escandalizó mucho más de lo que se escandalizara por dentro al ver el árbol de Navidad.

– No lo entiendo -dijo-. Mi impresión es que todo el mundo procura ganarse lícitamente el pan.

Manolo apuntó con el índice a Marta, como siempre que alguien hacía un comentario que era acertado sólo a medias.

– En muchos casos así es. Pero luego hay los aprovechados. El dinero fácil tienta, ¿sabes, Marta?

Ignacio, que escuchaba particularmente interesado -recordaba los comentarios de Ana María sobre "los viajes que su padre realizaba a Madrid"-, inquirió:

– ¿Y quiénes son los aprovechados?

Manolo se acarició la barbilla.

– Los hay de dos clases -explicó-. Los que cuentan con mucho dinero; y los que disponen de un teléfono oficial… -Observando que Marta ponía cara de pocos amigos, se dirigió a ella y añadió-: Lo siento, Marta, pero es el pan nuestro de cada día.

Marta protestó. Estaba convencida de que en todo caso "se trataba de incidentes aislados" y de que la buena fe de la mayor parte de los españoles sepultaría todo intento anómalo o de malsano egoísmo.

Manolo negó con la cabeza.

– No te hagas ilusiones, Marta. Y no olvides que tengo algunos años más que tú. Nuestra raza es peligrosa, créelo. Existen personas íntegras como el Gobernador, y como el profesor Civil, y como tu madre… Pero existen también personas que están siempre a la que salta. Y esas personas han encontrado la fórmula: la Sociedad Anónima. Es decir, fundan Sociedades Anónimas, en las que unos ponen el dinero y los otros el teléfono oficial…

Ignacio se echó para atrás en el sillón.

– ¡Vaya, vaya! -exclamó-. Conque ¡ésas tenemos!

Esther, viendo el semblante dolido de Marta, le dijo, mirando con simpatía a la muchacha:

– Bueno, no hay que tomarse las cosas a la tremenda. ¿Qué creías, Marta? ¿Que nuestra querida España iba ahora a ser perfecta? Deberías acostumbrarte a aceptar los hechos tal y como se presentan.

Marta no estaba para consejos. Pese a que recordó que el propio Mateo le había dicho: "Como no vigilemos de cerca, se aprovecharán de la guerra los obispos y los terratenientes", no dio su brazo a torcer. Dijo que no era en absoluto cuestión de "aceptar las cosas tal y como se presentasen". El sacrificio había sido demasiado duro para permitir que se volviese a las andadas.

Ignacio, viendo la cara de Marta, entendió que aquello estaba desembocando en un callejón sin salida y decidió cortar.

– De todos modos -dijo-, si no existieran estas cosillas, Manolo tendría que cerrar el bufete, ¿verdad?

– ¡Ah, claro! -contestó el aludido-. Todo es cuestión de tiempo. Cualquier día llama a la puerta un mirlo blanco y me da ocasión de lucirme…

Esther, que también quería zanjar el asunto, exclamó:

– ¿Lo veis? Lo que quiere es lucirse… Ya salió el pavo real.

Manolo e Ignacio se rieron. Y éste propuso:

– ¿No dijisteis que teníais en casa un belén como Dios manda? Me gustaría mucho verlo ¿A ti no, Marta?

Esther aceptó encantada. Se levantó sin más, y una vez de pie, ¡qué hermosa era!, se inclinó para marcarse la raya del pantalón. Seguidamente añadió:

– Cuando queráis vamos al cuarto de los niños.

Todos se levantaron. Marta tuvo que hacer un esfuerzo, pues el diálogo le había dejado mal sabor.

El cuarto de los niños, de Jacinto y Clara, era tan original y agradable que actuó de bálsamo. Juguetes aquí y allá y, en las paredes, pintadas con vivos colores, figuritas representando a los protagonistas de los más populares cuentos infantiles.

¡Ah, el belén! Era rústico y encantador. Lo habían instalado en la mesita de cabecera, entre las dos camas de los chicos. La cueva era de corcho, con la estrella y las figuras de la Virgen, de San José, del asno y del buey. Al fondo montañas, también de corcho, y un caminito por el que avanzaban los Reyes Magos, que todavía quedaban lejos.

Esther tomó al rey negro y dijo:

– Ahí tenéis una muestra de mi arte…

– ¿Cómo?

Ignacio tomó la figura en sus manos y le dio varias vueltas.

– Pero ¿tú haces eso?

– ¡Aja! Tengo mi pequeño secreto…

Manolo bromeó:

– Sí, un secreto de barro.

Marta había terminado por integrarse al grupo. Por un momento envidió a Esther, persona múltiple. La felicitó por sus dotes de "ceramista". Luego miró con detenimiento aquel cuarto y soñó con tener algún día en "su hogar" otro igual para sus hijos; y tal pensamiento la emocionó.

Regresaron a la sala de estar. Antes Ignacio pidió permiso para ir al lavabo -donde un eficaz desodorante le llamó la atención-, y al reunirse con los demás, otra vez en torno a la chimenea, se encontró ¡con que Esther había encendido una pequeña pipa! Una pipa… alemana, obsequio del Gobernador.

Aquello dejó fuera de combate al muchacho. Decididamente, Manolo y Esther eran excitantes. Tenían estilo. Ignacio sintió repentinos deseos de ponerse a su altura, de impresionarlos a su vez. Sintió ganas de soltar una de sus parrafadas, pues sabía que, hablando, a veces su cerebro se ponía febrilmente en marcha y que entonces era capaz de establecer también hermosas asociaciones mentales.

Lo difícil era encontrar el tema adecuado. Viendo de reojo el árbol de Navidad se le ocurrió una idea. Dijo que en los países nórdicos, al acercarse el veinticinco de diciembre, se produciría en los bosques de abetos un pánico tremendo. Los pobres árboles debían de saber que llegarían inexorablemente hombres con sierras y hachas, dispuestos a efectuar la gran exterminación.

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