Bueno, y el caso es que, entre norias, algodón dulce y melancolía de las barracas al amanecer, llegó el momento de clausurar la Feria. Ahí el triunfo correspondió a la Junta en pleno del Casino de los Señores: el baile de gala. Celebróse en el Casino el tradicional Baile de Gala, que más tarde Amanecer calificaría de "manifestación de buen gusto y sano esparcimiento". ¡Cómo relucieron las lámparas, lámparas que el Responsable, milagrosamente, había respetado! ¡Qué hermosos vestidos estrenaron las señoras y las hijas de las señoras! ¡Qué buen servicio de bar, según apreciación del capitán Sánchez Bravo! Hasta las mesas de póquer -perdición del camarada Rosselló- fueron arrinconadas en el salón de billar al objeto de ganar espacio. Todo se abarrotó, excepto la biblioteca, instalada en el piso de arriba. La biblioteca estaba siempre desierta, lo mismo si los de abajo celebraban la conquista de Huesca por los milicianos 'rojos' que si celebraban la paz de Franco.
También en el baile de gala hubo triunfadores. En primer lugar, los músicos de la Gerona Jazz, que el 18 de julio hicieron su presentación en la Piscina, en honor de los productores. No sólo el trompeta Damián transportó a las parejas a un mundo irreal, sino que el contrabajo, un hombre ya mayor, llamado Ambrosio, hizo un solo -¡con qué brío pulsó las durísimas cuerdas!- que dejó pasmados a los asistentes. ¡Un solo de contrabajo! No se había oído eso en Gerona todavía. Por otra parte, los músicos estrenaron chaquetón escarlata y corbata de seda del mismo color, e impusieron un nuevo ritmo, la Conga, que consistía en ponerse todos en fila india, asiéndose por la cintura, y en avanzar y dar vueltas moviendo las caderas a placer.
Triunfó, ¡cómo no!, Pila-. Su traje rosa, el que le confeccionaron las hermanas Campisto, gustó a todo el mundo, excepto a Ignacio, que lo encontró ligeramente rural. El Gobernador la felicitó: "Estás preciosa", le dijo. Por su parte, la muchacha, que estaba muy excitada, le susurró a Mateo: "Es como mi presentación en sociedad". Y Mateo, que sentía cómo sus manos se derretían al contacto con el talle tembloroso y joven de Pilar, le contestó, también al oído: "Tenemos que casarnos cuanto antes". Triunfó también, ¡no faltaría más!, doña Cecilia, la esposa del general. Estrenó otros guantes blancos, otro collar y un traje muy escotado. "No se preocupe -le dijo Manolo, acariciándose su barbita de abogado independiente-. El señor obispo sólo está en contra de los escotes en los bailes populares". Doña Cecilia soltó una carcajada. "¡Qué picarón eres, Manolo, qué picarón!". Triunfó Marta. ¡Por fin Ignacio pudo verla sin el uniforme de Falange! Traje negro, tal vez austero en exceso, pero exquisito. "Estás preciosa, Marta". "¿Lo dices de veras, Ignacio? Cuando me piropeas nunca sé si lo haces en serio o en broma". Triunfó María del Mar, la esposa del Gobernador, con sus ojos glaucos y sus buenas maneras. María del Mar iba de un lado para otro como haciendo los honores de la casa. El general inició con ella el baile, y los asistentes estallaron en una cálida ovación. Por último, triunfó también, inesperadamente, Adela, la guapetona mujer de Marcos. Aquella fue su noche: había luchado lo suyo para que su marido fuera admitido en calidad de socio en el Casino y por fin lo había conseguido. Gracias a ello podía, ¡ya era hora!, codearse con la buena sociedad. Sus brazaletes tintineaban como los de doña Amparo Campo y era evidente que los hombres no le quitaban ojo. Triunfó en toda la línea. Marcos era feliz viéndola pasar de brazo en brazo y repartiendo miradas lánguidas. "Espero -dijo- que eso la tranquilizará por una semana".
Ignacio se impresionó tanto viendo a Adela -¿por qué solían gustarle las mujeres cuarentonas?- que la sacó a bailar inmediatamente. Y he ahí que al encontrarse con ella en el centro de la pista y al rodearle vigorosamente la cintura, sintió de pronto un estremecimiento mucho más intenso que el que experimentaba bailando con Marta. Fue uno de esos latigazos que su carne recibía de vez en cuando. Recordó al coronel Triguero, a su coronel en Fronteras: "¡Corrígeme si me equivoco!". "¡Apuesto que…!". Recordó también las muchas veces que por la calle y en el Café Nacional había piropeado a Adela, sin que ésta se molestase. Adela, feliz, le dijo al muchacho: "Bailas muy bien, Ignacio". Ignacio hizo: "¡Psé!". Pero al finalizar la pieza los dos permanecieron como clavados en el mosaico, hasta que la mujer, coloreadas las mejillas, le dijo: "¿Por qué no subes a casa algún sábado por la tarde, a tomarte un café…?".
¡Válgame Dios, aquél era el sueño que Ignacio había tenido en varias ocasiones y del que habló con Mateo al regresar con éste de Barcelona, después de los exámenes!
– Descuida -contestó Ignacio, tuteando a Adela, en tono de complicidad-. No faltaré…
Ignacio acompañó a Adela hasta su asiento -Marcos le dio las gracias al muchacho por su gentileza- e Ignacio se separó. Entonces buscó con la mirada a Marta: Marta bailaba con el Gobernador y desde lejos le hizo una seña amistosa. ¡Oh, claro, el Gobernador, el camarada Dávila, que aquella noche no llevaba gafas negras y que a fuer de buen andarín lo que prefería era el pasodoble, cumplía con su deber: bailaba con todo el mundo! De preferencia, con Pilar… Sí, Pilar era un poco la niña de sus ojos y le gastaba bromas. "¡Ay, Pilar, estás como para mandarle a Mateo una tarjeta y los padrinos!". Pilar fingía escandalizarse. "¡Por favor, qué dislate! ¡Mateo es demasiado joven para encontrarse convertido en Gobernador…!".
La fiesta se prolongó. Hubo serpentinas y bombardeo de pelotas de papel. Se anunció el baile de la escoba: quedóse con ella Esther, que exhibía un traje de raso, largo hasta los pies… Se sorteó un banderín conmemorativo ¡y correspondió al comisario Diéguez, quien llevaba en la solapa su eterno clavel blanco! José Luis Martínez de Soria, que bebió más de la cuenta y se chanceó con los camareros, en un momento dado se acercó a Manolo y lo llamó "jurídico desertor". Manolo no se lo tomó a mal. "¡Qué quieres! -le dijo-. A lo mejor eso nos permite ser buenos amigos". En cuanto al doctor Chaos, bailó también, aunque muy poco. De hecho dedicó casi la vela entera a doña Cecilia, a la que contó infinidad de historietas un poco subidas de tono. "¡Es usted un bribón, doctor! ¡Un bribonzuelo!". El doctor asentía, riéndose a mandíbula batiente: "Más de lo que usted se imagina, doña Cecilia".
A las tres de la madrugada, Damián, acercándose al micrófono, se dirigió a los asistentes:
– ¡Señoras y señores, deseamos que el baile haya sido de su agrado! ¡En nombre del Casino, y de la Gerona Jazz, muchas gracias! ¡Buenas noches a todos… y hasta pronto!
Todo el mundo se precipitó al guardarropa y empezó a desfilar. La majestuosa escalinata del Casino resbalaba -en una ocasión, el anarquista Santi estuvo a punto de romperse en ella una pierna- y había que bajarla con cuidado. Fuera hacía frío. Algunas señoras llevaban abrigo de pieles. Los coches del General y del Gobernador esperaban cerca, en la plaza del Ayuntamiento. Cuando arrancaron, los que estaban cerca aplaudieron. Los borrachos se rezagaban, se empeñaban en permanecer en el local. Pero por fin salieron también y echaron a andar por la acera, pegados a la pared.
Poco después la calle quedó desierta. El sereno del barrio, que se había pasado aquellas horas calentándose en la panadería, y que salió al advertir que la música había cesado, cuando vio que no quedaba nadie hizo sonar su bastón en dirección a la plaza Municipal. Llegado allí miró el reloj del Ayuntamiento, que marcaba las tres y media, y encendió un pitillo. Las ferias y fiestas de San Narciso, patrón de la ciudad, habían terminado.
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