– ¿No te parece que está bien, Mateo? Recuerdo que eras un crío y ya querías irte a Abisinia a disparar contra los etíopes. Ahora, a Finlandia. ¿Es que no puedes vivir sin una arma en la mano?
Mateo se quedó pensativo. Realmente, su padre había dicho la verdad… ¿Qué le ocurría? Por un momento se preguntó si no le roería por dentro algún resentimiento. "¡No, no! -protestó para sí-. ¡Simplemente estoy siempre presto a servir a una causa grande!". Por fortuna, a los pocos días llegó una noticia que acabó con su vacilación: Inglaterra y Francia, las dos "odiosas democracias", se ponían del lado de Finlandia. Mateo renunció en el acto a cruzar Europa vestido de blanco. "¡Estaría bueno -le dijo a Pilar, dándole un beso más fuerte que de ordinario- que tuviera yo que luchar a las órdenes de un coronel inglés!".
La guerra ruso-finlandesa dio origen a un milagro. Gerona tomó conciencia de lo que significaba vivir en paz. Ni la guerra polaca, ni los combates aéreos y marítimos -ahora los alumnos del Grupo Escolar San Narciso, a la hora del recreo, jugaban a "hundir buques ingleses"- habían operado de modo tan directo sobre la población. Los documentales de cine en los que aparecían los "gigantes rusos" avanzando con inesperada dificultad por las carreteras nevadas de la "poética Finlandia", fueron el aldabonazo clave. ¡Qué bien se estaba en casa, sin el temor de los aviones! ¡Qué agradable salir a la calle con la certeza de que no tabletearían las ametralladoras! Las mujeres, muy numerosas, que llevaban un hijo en las entrañas, se miraban como diciéndose: "¿Por qué no? El futuro es de color azul".
"España está en paz, nada hemos de temer". No fue una frase, fue un grito. Un grito que de pronto brotó aquí y allá, que apareció escrito en todas partes como si por la ciudad hubiera pasado el ángel de la buenaventura. La gente paseaba y al detenerse ante las carteleras de los espectáculos le parecía leer, en vez de los títulos de las películas, el estribillo: "España está en paz". Los amigos, al saludarse, lo hacían con tal alegría que era como si se dijeran unos a otros: "España está en paz". 'La Voz de Alerta', en la Sección "Ventana al mundo", escribió: "Nada hemos de temer"; y las locomotoras de los trenes repitieron la frase por las llanuras. Las mecanógrafas en las oficinas tecleaban: "España está en paz". Algo parecido le ocurría a Matías en Telégrafos: todos los telegramas decían: "Nada hemos temer". Las campanas de la Catedral repicaban el mismo sonsonete y el barbero Raimundo lo tarareaba mientras les enjabonaba la cara a los soldados.
A tenor de este sentimiento produjese una exaltación patriótica que recordaba la que subsiguió a la terminación de la guerra. Cuando en los cines de pronto sonaba el Himno Nacional, los espectadores volvían a ponerse en pie como accionados por una fuerza magnética y extendían el brazo con tenaz inmovilidad. Cuando pasaba el coche del Gobernador Civil, la gente se agachaba un poco para reconocer el rostro del camarada Dávila al otro lado del cristal, y lo saludaba con una sonrisa. Y sobre todo, la figura del Liberador, del Caudillo, se apoderó de nuevo de las mentes. El Caudillo continuaba permaneciendo neutral -María del Mar había dicho de él: "Su mejor cualidad es la prudencia"- y el público era informado de los mínimos pormenores de su vida. Por ejemplo, la Hoja Dominical que dirigía mosén Alberto publicó sobre él la lista, completa e inédita, de los nombres que recibiera en la pila bautismal: Francisco, Paulino, Hermenegildo, Teódulo…
Noviembre patriótico, como los exámenes de la Universidad… La exaltación dominante era idónea para honrar la memoria del Ausente, del hombre que dio su vida para que en España reinara ahora la paz y la neutralidad fuera posible. Había llegado la hora de rescatar a José Antonio del oscuro lugar en que fue inmolado, la cárcel de Alicante, y trasladarlo a El Escorial, panteón de reyes. Mateo, que no había podido irse a Finlandia, tendría ocasión de realizar con este motivo una gesta muy distinta pero igualmente emotiva: ser testigo presencial del traslado, participar en él e informar de los detalles a todos los gerundenses, mediante una crónica diaria que transmitía por teléfono a Amanecer.
Tratábase de una peregrinación de signo wagneriano. Tal como había sido anunciado, el glorioso féretro que contenía los despojos del Fundador sería conducido a hombros por escuadras falangistas procedentes de toda España. Dichas escuadras avanzarían a pie por la carretera de Madrid, turnándose, relevándose en los lindes de las provincias que atravesaran; provincias que, como la de Albacete, habían sido, por azares de la geografía, Cuartel General de las Brigadas Internacionales.
La fecha señalada para el inicio de la peregrinación era el día 20 de noviembre, oficialmente declarado Día del Dolor. La delegación de Gerona estaría compuesta por Mateo, en calidad de jefe, y por los camaradas Rosselló, José Luis Martínez de Soria y Alfonso Estrada. Representando a la Sección Femenina, Marta, Chelo, Gracia Andújar y Pilar. Representando a las Organizaciones Juveniles, el hijo del Jefe de Policía, Juan José Ferrándiz, y, naturalmente, el hijo del Gobernador, Pablito, quien sentía por José Antonio una admiración incondicional.
El día 17, víspera de la salida de la delegación gerundense con destino a Alicante, Pablito dio la sorpresa a la ciudad: publicó en Amanecer un canto a José Antonio que mereció aplauso unánime. El lenguaje empleado por el muchacho era un tanto ingenuo y mimético; pero sus palabras tenían un temblor que prendía en quien las leía. Pablito, consecuente con su temperamento, afirmó que era una calumnia decir que José Antonio había muerto. "José Antonio no morirá nunca, puesto que está y seguirá presente y vivo en nuestros corazones". Al final del canto lo llamó Aquél.
La madre del chico, María del Mar, experimentó fortísima emoción, ¡ya era hora!, al abrir el periódico. "¡Mira la poesía que ha compuesto nuestro hijo!", le dijo al Gobernador. Doña Cecilia comentó: "¿Es posible que esto lo haya escrito el chaval?". Sí, lo era. Pablito había escrito aquello de su puño y letra en un rapto, sin pedirle ayuda a nadie. El único que no se sorprendió de la hazaña fue Mateo, quien recordó que Pablito, en el Campamento de Verano, le había dicho que su ambición era ésa: escribir.
El notario Noguer hizo una mueca de las suyas y comentó:
– No me gusta que el chico, a sus años, haga juegos de palabras con la vida y la muerte.
No eran juegos de palabras… Muy pronto las crónicas de Mateo, que el día 19 llegó con su séquito a Alicante, demostrarían que en ciertas ocasiones era válido relacionar a cualquier edad ambos extremos. La primera de esas crónicas, muy escueta, tuvo la virtud de hacerse enormemente popular, hasta el punto que personas tan inmunizadas contra el entusiasmo, como podían serlo mosén Iguacen o el ginecólogo doctor Morell, la devoraron y sintieron en la espina dorsal lo que la madre de Marta, la viuda Martínez de Soria, llamó "el escalofrío de la autenticidad".
Decía así: "Aquí, Alicante. En el día de hoy, 20 de noviembre, Día del Dolor, han sido exhumados los restos mortales de José Antonio. Hemos tenido el privilegio de presenciar la ceremonia, mientras las baterías instaladas en el castillo de Santa Bárbara hacían las salvas de ordenanza, los buques de guerra del puerto disparaban sus cañones y ciento cincuenta barcas de pesca tocaban sus sirenas, con la tripulación formada sobre cubierta. Imposible describir nuestra emoción. Aquellos despojos de apariencia inútil pertenecían al hombre que nos enseñó a los españoles la doctrina y el ritmo, al hombre que presintió correctamente la hora de España en el mundo. Inmediatamente se ha procedido a la formación del cortejo fúnebre, que avanzará por las rutas de España precedido siempre por varias cruces, símbolo del martirio de José Antonio. Los cazas han volado sobre el féretro dejando caer encima de él flores y laureles. ¡Camaradas de Gerona! Alguien, un muchacho de quince años, escribió hace poco que José Antonio no había muerto. ¡Es cierto! ¡Está presente! Gritad conmigo: ¡José Antonio, presente!". Vuestro jefe, Mateo Santos.
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