En los días de viento todo era distinto. El viento excitaba la fantasía y arrancaba de la gente frases de este tenor: "¿No te gustaría ir a Australia?". O bien: "¡A ver si se cae una cornisa y le rompe la crisma a alguien!".
Tal fantasía repercutió, inopinadamente, en beneficio de Paz. En efecto, Dámaso, dueño por partida doble de la barbería de lujo inaugurada en un entresuelo de la Rambla y de la Perfumería Diana, aceptó a Paz en calidad de dependienta, sin rechistar. Con sólo ver a la muchacha y oírle unas palabras, asintió con la cabeza. "¿Cuándo quieres empezar, muñeca? ¿Mañana?". Dámaso, un lince para los negocios, tuvo la corazonada de que la explosiva Paz dispararía, más que el viento, la imaginación de los muchos varones gerundenses que usaban masaje Floid.
El general Sánchez Bravo, que a menudo demostraba una gran sensibilidad para el paisaje -fruto, según él, de la obligada observación de los accidentes del terreno durante la guerra-, prefería con mucho el viento a las nubes, sobre todo porque aquél, de noche, despejaba el firmamento y le permitía contemplar a gusto, con el telescopio, las estrellas.
– Ya conoces mi manía ¿verdad, Nebulosa?
– Sí, mi general.
A Marcos, el aprensivo, le ocurría a la inversa. El viento le daba miedo, más aún que a María del Mar. Sobre todo por esa posibilidad de que se cayera alguna cornisa…
– Hay que ver -lo atosigaba Adela, su vital mujer-. Ya estás pensando en que si se cae una elegirá precisamente tu cabeza. ¿Por qué, si puede saberse? Llevamos catorce años casados y no he advertido en ella nada especial. ¡Qué Dios me castigue si miento!
Si la pregunta "¿No te gustaría ir a Australia?", se la formulaban a Ramón, camarero del Café Nacional, el muchacho contestaba inmediatamente: "¡Ya lo creo! Y de pasada me llegaría a Vladivostok…"
Fuera de Gerona, allá lejos, al otro lado de los Pirineos, vencían las nubes, vencía "el plomo". Europa tenía un otoño pesado y ganas de morir. La guerra no sólo proseguía, sino que se extendía con caracteres alarmantes por el aire y en el mar. La capitulación de Polonia no había traído como consecuencia el anhelado armisticio. El conflicto llevaba trazas de complicarse en gran escala. Los submarinos alemanes, con agilidad que Radio Gerona y Amanecer calificaban de "felina", surcaban los océanos y hundían día tras día buques ingleses y franceses. Se habían producido algunos combates aéreos y se rumoreaba que Alemania concentraba tropas en el Oeste. ¿Qué pretendería el Führer, hijo de un aduanero de la frontera bávara? Las emisoras aliadas afirmaban que los Países Bajos se temían un ataque por sorpresa -el ataque que, en la intimidad de su corazón, deseaba Pilar-, y que debido a ello los ingenieros holandeses habían montado un plan defensivo de tanta efectividad que con sólo apretar un botón podían inundar extensas zonas de su territorio. Nadie comprendía qué razón podría aducir Hitler en el caso de atacar a Holanda, y la opinión en los medios oficiales gerundenses era que se trataba de un bulo que las democracias hacían circular. "Que Alemania atacara a Rumania, en busca de petróleo, de acuerdo. Pero ¿qué se le ha perdido en Holanda?".
Por otra parte, Francia seguía movilizando más gente y muchos de los puestos de trabajo abandonados por los soldados eran cubiertos, sobre todo en el campo, por exiliados españoles.
¿Por qué ocurrían esas cosas? ¿Por culpa del viento, por culpa de las nubes? La gente vivía zarandeada. Matías decidió encerrarse de momento en su caparazón y hacer la novena a Santa Teresita del Niño Jesús, suplicándole que sanara de su dolencia a Carmen Elgazu. Antonia Rosselló había decidido lo opuesto: olvidarse de sí misma y, pensando sólo en los demás, ingresar sin demora en el noviciado del Buen Amor, de Ávila, con el propósito de irse a misiones. Aunque tal vez el ideal fuera -caso de la Torre de Babel- adoptar ambas posturas a un tiempo y por un lado escuchar Radio Pirenaica y Radio Moscú, para enterarse de "la verdad" de los acontecimientos mundiales, y por otro lado decirle a Padrosa, el otro veterano del Banco Arús: "Creo que estamos perdiendo el tiempo en esta maldita oficina. Deberíamos emanciparnos. Deberíamos montar una Agencia propia. ¡Hacer algo!".
Al contrario que Matías, Europa estaba definitivamente decidida a no encerrarse inmóvil en su caparazón. Europa, de pronto, hizo crujir sus huesos, crac-crac, como el doctor Chaos hacía crujir los suyos. Humeantes aún las ruinas de Varsovia, Rusia declaró la guerra a Finlandia y, fiel a su histórica costumbre, cruzó las fronteras del pacífico territorio.
La nueva detonación paralizó las conciencias rectas. ¿Por qué todo aquello? ¿A quién amenazaban los finlandeses, con sus bosques, con sus noches eternas y sus rebaños de renos? ¿Qué ganas de vivir le habían entrado a Stalin? ¿Acaso quería bañar sus bigotes en el Ártico escandinavo? ¿Qué argumento le facilitarían a Cosme Vila en la Escuela de Formación Política, de Moscú? ¿Qué les diría la maestra asturiana, Regina Suárez, a sus alumnos de Toguskaia? ¿Qué arenga le enviaría Gorki, desde Toulouse, a su radioescucha más adicto y ambicioso, la Torre de Babel?
Ignacio, al ver las primeras fotografías de la guerra ruso-finlandesa recordó su estancia en Esquiadores. Las noches de luna en la nieve, el frufrú de los esquís, las guardias solitarias, las cartas que Cacerola escribía a sus madrinas a la luz del candil. Por su parte, Alfonso Estrada, en Salvoconductos, primero le dijo a Pilar que Sibelius era un músico inmortal y luego le contó a la chica cuentos finlandeses de terror y de muerte, cuentos protagonizados por el frío y por los mosquitos que, allá en la frontera fino-sueca, atacaban en bandadas a los lapones y a los esquimales. "En Finlandia hay sesenta mil lagos y se dice que en cada lago se ha ahogado una mujer de cabellos rubios. Tal vez los dirigentes del Kremlin crean que dichos cabellos se han convertido en oro debajo del agua y quieran ahora apoderarse de él. Si no, no me explico…" José Luis Martínez de Soria les dio a los acontecimientos una interpretación acorde con su obsesión mental: relacionó el ataque ruso con la figura de Satanás, sobre la que poseía una bibliografía cada vez más abundante: "El demonio Bylet es el que manda las tropas rusas. Fue, en el Cielo, del Coro de las Potestades y espera volver a ocupar allí el séptimo trono. Es un demonio fuerte y terrible, que aparece con un caballo blanco, como el conde Aldo Rossi por los caminos de Mallorca… Su consejero político es el diablo Rimmón, Embajador de todas las Rusias. ¡Oh, no, no os riáis! No te rías, Marta; no te rías, María del Mar. Los diablos son una realidad tan real como los árboles de la Dehesa, y viven y actúan organizados como nosotros, los hombres. Su reino es ahora invisible; pero día llegará en que los conoceremos como nos conocemos los que estamos en esta habitación".
Sin embargo, la reacción más activa corrió a cargo, como siempre, de Mateo. Mateo se enteró de que en Madrid se hablaba de enviar a Finlandia un grupo de voluntarios españoles, una fuerza combatiente simbólica que se enfrentara cara a cara, como había ocurrido en Belchite, con los tanques soviéticos. Inmediatamente llamó por teléfono al camarada Núñez Maza, Delegado Nacional de Propaganda. "¡Contad conmigo!", gritó Mateo. Núñez Maza, al otro lado del teléfono, procuró aplacar los ánimos de Mateo. "Calma, muchacho, calma. Es sólo un proyecto. Te tendré al corriente".
Mateo no se calmó… La idea le encandilaba tanto que hablaba de ella con todo el mundo. El Gobernador le prohibió publicarla en el periódico, pero no hacía falta y él mismo se imaginaba ya cruzando Europa vestido de blanco. Y entonces ocurrió lo inevitable: Pilar se puso nerviosísima, al igual que don Emilio Santos. "¡No quiero que vayas!", exclamó Pilar, echándose al cuello de Mateo. Por su parte, don Emilio Santos, que seguía paso a paso, con temerosa expectación, las andanzas de su hijo, miró a éste con semblante triste y le dijo:
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